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ESE DIA, ESA ESCUELA Y ESA TEMIBLE VISITA

Otro aporte de un político que fue diputado provincial, diputado nacional y funcionario del PEN, luego de haber sido el fundador y director durante veinticinco años de la escuela Nº 456 de Campo Ramón, Misones. Un relato, que no es cuento,  con todo el color y el clima del lugar y de la época.

Por Héctor Dalmau

Mañana de otoño, 1976, cuarto mes del proceso militar. Desde la ventana del cuartito que hacía las veces de dirección de la escuela  se veía un concierto de hojas verdes con manchones amarillos sobre una alfombra de hojas secas. Pájaros, silencio y el ruido de un motor a lo lejos.

A ese casi rancho, mi pequeño establecimiento educacional, se llegaba por un irregular Camional, camino abierto en la selva, túnel verde por donde se llegaba a la escuela con un vehículo, como era el caso.

Alguien venia a visitarnos y llegaría hasta casi la puerta.

Era una estanciera del Consejo Provincial de Educación y por lo tanto un inspector. No todos eran jodidos pues los había peores. Era uno de ellos, bajó y dejó al chofer en el vehículo.

Vino directo hacia donde yo estaba. Me saludó secamente, como correspondiendo con el estilo de sus ocasionales patrones y comenzó a revisar todo que no era tanto: algunos libros, algunas carpetas, algún bibliorato, todo con la seriedad de un gobernador romano para, luego, recorrer los grados y evaluar el nivel de aprendizaje de lo que ellos llaman, pomposamente, educandos. Y que nosotros, para hacerlo más entendible, llamamos los mitaî (niños, en el bello idioma guaraní).

Comenzó por el grado o mejor multigrado que llamábamos Acoplado, donde un maestro de los pagos del Chacho Peñaloza mientras enseñaba a unos chicos la “tabla del ocho”, a otros les explicaba la raíz cuadrada y a los de séptimo grado el teorema de un tal de Pitágoras, que jamás aplicarían, ya que para cosechar yerba y carpir con los brazos (dar vuelta la tierra para sembrar) les sobraba los rudimentos de las matemáticas, para evitar que los estafen a la hora de cobrar la quincena.

Cerca del mediodía ya el hombre había verificado al evaluar a los chicos de primer grado que en junio la mayoría tenía nociones de la lecto-escritura, tras lo cual dejó el aula, vino a la dirección, me encaró y me dijo:

- Director: Me parece que en esta escuela no se respetan las directivas del Ministerio:

 - ¿Por?

 - ¡Por qué veo que en el primer grado a los chicos ya casi leen!.

 - ¿Y eso está mal?

. Pues claro. ¿: O no leyó la “Circular” número dos del 15 de abril de este año?.

 - Si, la leí.

 - Y si la leyó, ¿por qué no la aplica?

- Simplemente porque la docente a cargo de ese grado, con dieciséis años de enseñar a leer y escribir, entiende que debe seguir aplicando el método que ella creara…

 -…

- Le explico: está el método de las palabras generadores, el método global y el método Gattegno, lo que permite que lean y escriban en un par de meses más y se reafirmen de septiembre a noviembre.

 - ¡Pero las disposiciones de la superioridad se deben cumplir o cumplir!.

- ¿Le parece?

 - ¡¿Cómo me hace esa pregunta, rayana con el desacato?!, estalló.

Cuando estaba por desacatarme en serio ante esa marioneta de los milicos, disfrazado de inspector de escuelas, entra la maestra responsable del grado cuyo nivel superaba el establecido y con la firme suavidad que le era característica, mirándolo a los ojos, le dice:

- Perdón que me entrometa, pero en esta escuela no se puede evitar escuchar todo, señor Inspector: ¡La que decidió no hacer caso a esa circular he sido yo!

- ¿Con qué autoridad se tomó la atribución de hacer que sus alumnos aprendan en primer grado a leer y escribir, cuando las disposiciones establecen que a ese nivel debe llegar en grados superiores?

- La tomé convencida de que no puedo ser cómplice de un proyecto, que condenará a la esclavitud a las futuras generaciones, por no saber leer y escribir correctamente-, contestó con firmeza esa maestra de las selvas.

Con un movimiento casi mecánico, el inspector tomó su portafolios, dijo un seco “buenos días”, bajó los dos escalones hasta el jardín de la Escuela Provincial Nº 456” Islas Malvinas” donde estaba estacionada la estanciera, se subió y se perdió en el túnel verde, dejando tras de sí esa fugaz cortina de polvo rojo.

Mi colega con el rostro mojado en lágrimas acotó:

 - La embarré… quién ahora sabe lo que nos va a pasar

- Que sea lo que Dios quiera, estuviste perfecta. Andá a casa, serenate, que yo atiendo a tus niños. 

Nuestra casa estaba casi pegada a la escuela, y hacia allí fue (1). (*Ante la reacción

Sin dudas esa tarde y la noche, no fueron para nada agradables. Mentiría si digo que dormimos. Como siempre, el concierto de miles pájaros, saludando la salida de “Febo” nos indicaba que el temido nuevo día había llegado. Me levanté, y a las siete y treinta, toqué La llamada. Que era golpear con un hierro a una reja de arado que hacía de campana y que colgaba de uno de los listones del techo de a escuela.

Un sonido que se desparramaba por el monte muchos kilómetros a la redonda.

A la ocho en punto, tras el izamiento de nuestra bandera, que a principio contrastaba con el verde del edén que la rodeaba, pero pasando la mitad de ese palo de guatambú que servía de mástil, comenzaba a fundirse con el cielo, comenzaba la tarea.

Y, en mi caso, con todos los nervios y angustias del mundo, me dispuse a esperar en la dirección.

Cosa rara en ese personaje, se demoraba más de lo que yo podía tolerar encerrado en ese cuartito por lo que, intentando serenarme, comencé a caminar por un sendero del monte que rodeaba al edificio escolar.

Habrían pasado diez minutos de las nueve cuando el ruido del motor de la estanciera, me sonó como la  Marcha Fúnebre de Beethoven. Mientras yo me acercaba presuroso, vi detenerse al vehículo, bajar al inspector con su impecable traje gris, y dirigirse directamente al grado de la docente irrespetuosa de las disposiciones militares.

Y antes incluso de que yo saliera del monte, volvió sobre sus pasos, se subió al vehículo y se perdió en la polvareda.

Llegué casi corriendo al aula de primer grado y encontré a la maestra con el rostro cubierto de lágrimas.

Y una rosa roja en sus manos.

(1) NdE: aunque el autor lo da a entender, la maestra, Lucía de nombre, era su esposa. Habían llegado varios años atrás, recién casados y con una beba de un año cuando él tenía veinte y ella,  dieciocho. Ver en la tapa anterior de Congreso Abierto la nota del mismo autor titulada: Primero te tantean, luego te respetan.