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UN OBRERO, SU LIBRETA, MEDIO SIGLO DESPUÉS

Le quedan en su libreta de enrolamiento que atesora y que sacó hace medio siglo sólo dos casilleros para las dos votaciones que restan este año. Aquí se cuenta la historia desde la primera votación, comenzando por el trámite que casi impide un funcionario burócrata y el significado que siempre tiene la palabra obrero impresa en el padrón para la justicia electoral.

Por Armando Vidal

Hace cincuenta años, con los 18 cumplidos, el joven llegó un domingo alrededor de las 9 de la noche, para hacer cola con el propósito de ser uno de los primeros al día siguiente en el Registro Civil que entonces funcionaba en la calle Carlos Pellegrini, cerca de la esquina Vicente López, en Quilmes Oeste, a unas dos cuadras y un cachito de la estación ferroviaria.

Iba a sacar su libreta de enrolamiento. Sentado en el piso, pasó allí toda la noche hasta que a las 8 de la mañana pudo ingresar después de unos pocos aspirantes al mismo trámite. Para su sorpresa, el encargado que lo recibió le dijo, secamente, que se habían acabado los turnos y que volviera al otro día.

Frustrado regresó a su casa. Su madre, una pelirroja evitista muy brava cuando se enojaba, reaccionó como cuando los jeeps con soldados iban a buscar a su marido gremialista en tiempos de la “Libertadora”. Por lo tanto, largó el delantal y se mandó hacia el Registro con el muchacho que no podía contenerla hasta que entró hecha una furia y le enrostró a los gritos la arbitrariedad cometida al jefe del Registro, un señor más bien mayor, que no dijo nada porque lo que se precipitaba era un escándalo de aquellos.

- Pase, le dijo de inmediato, secamente, al aprendiz de adulto mientras la indignada madre salía de escena un poco más tranquila pero todavía enojada.

Después de algunas cuestiones previas y aporte de datos llegó la pregunta de rigor:

- ¿Profesión?

- Obrero, contestó el pibe que trabajaba en el taller mecánico de la fábrica de telas Intela, en Bernal, de 7 a 12 y de 14 a 17, de lunes a viernes. Pudo haber dicho estudiante porque también lo era ya que cursaba de noche en el viejo Colegio Comercial de Quilmes de la calle Alsina, frente a la plaza principal. Estaba en el sexto y último año debido a que en el turno de mañana había repetido tercero, en 1958, por la huelga en defensa de la educación laica contra la privatización de la educación privada que propiciaba la Iglesia y que la dictadura de Pedro Eugenio Aramburu le había concedido por decreto que finalmente se transformaría en ley por intermedio de un solo artículo.

Respondió que era obrero –lo era desde los 16 años- porque lo hacía sentir más hombre y no ese nene de un metro ochenta, piel blanca, ojos verdosos, nariz mediana y sin señas particulares visibles, datos que quedarían consignados en su libreta.

De modo que desde esa mañana del 3 de marzo de 1961 quedó para siempre establecido en los padrones electorales que el ciudadano en cuestión era obrero.

Cincuenta años después, ese hombre difiere un poco del joven de medio perfil, saco blanco, camisa a rayas y corbata al tono que muestra la foto de la libreta de enrolamiento, en la que le quedan dos casilleros en blanco, justo para llenar con las votaciones que confía hacer en estas primarias y en las realmente válidas del 23 de octubre.

Dos únicos y definitivos casilleros que una vez cubiertos dirán que la libreta cumplió su ciclo desde su primera votación el 18 de marzo de 1962 – elección con el peronismo proscripto que en la provincia de Buenos Aires ganaría para gobernador el compañero de su padre Andrés Framini y que diez días después le costaría el gobierno al radical intransigente Arturo Frondizi- hasta la última registrada el 31 de julio de 2011.

De esas treinta votaciones en las que participó, veintiséis pertenecen al ciclo más largo de nuestra democracia iniciado el 30 de octubre de 1983. La única vez que no pudo votar –además, obviamente, de los catorce años repartidos equitativamente entre dos dictaduras, la llamada Revolución Argentina, de 1966 y la del Proceso de Reorganización Nacional, de diez años después- fue el 7 de julio de 1963. Fue porque estaba realizando su servicio militar en la Policía Federal, en la dirección de Comunicaciones, como telegrafista en distintas comisarías de la ciudad de Buenos Aires.

Y que tendría para él una particular coincidencia ya que el 12 de octubre de ese año fue asignado como agente de seguridad en la esquina del Congreso de la Nación de Hipólito Yrigoyen y Entre Ríos, con motivo de la asunción esa mañana del presidente Arturo Illia, a quien, dejó escrito en su diario de colimba, le hubiera gustado votar con tal de que no ganase Aramburu, que salió segundo.

La libreta abierta, atesorada y cuidada, tras ver en el canal Encuentro – canal que es una avanzada del país que sueña-, una clase pública por parte de un funcionario de la justicia electoral para un grupo de hombres y mujeres que este domingo 14 de agosto habrán de asumir la responsabilidad de presidir una mesa electoral.

En todos estos años, a él nunca lo convocaron para tan alta misión que el Estado debe ahora pagar por falta de voluntarios ad honoren.

Suele pasar con los obreros.