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FARMACITY QUIERE SI O SI COPAR LA PROVINCIA

La poderosa Farmacity ocupa un lugar de privilegio en el bolsillo macrista, que ya en la ciudad de los porteños le permitió hasta arrebatarle la venta de caramelos y alfajores a los kioskos familiares. Su ex Ceo, el vice de la jefatura de gabinete, presiona para entrar en la gran provincia.

Por Alejandro C. Tarruella (*)

En provincia de Buenos Aires, los remedios no tienen remedio. Tienen presión corporativa. La información periodística señala que la ministra de Salud, Zulma Ortiz, amenaza con renunciar en medio de una apretada de Farmacity. Claro, la funcionaria llegó bajo la tutela de Mario Quintana.

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¿Y SI LOS POLÍTICOS SE HACEN VEGANOS?

No matar, no dañar, no explotar, serían las consignas de vida, según este reportaje a David Román, de la Unión Vegetariana Internacional. ¿Por qué los políticos no cambian la dieta para ver si conducen mejor?

Por Solovegetales.com

El veganismo es la filosofía y práctica de la vida compasiva. El término vegano fue acuñado para distinguirlos de los vegetarianos, si bien solemos incluirnos en este amplio colectivo, a veces nos llaman "vegetarianos estrictos".

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PLAN DE DUCHA EN LA BOCA

La Boca es un receptorio de la marginalidad, empujada por intereses económicos  y abandonada por quienes nacieron políticamente desde ese popular barrio y su emblemático club. Aquí, un plan de lucha por...una ducha para chicos en edad escolar  condenados a la suciedad. 

Por Armando Vidal

Agua caliente, como lluvia divina y jabón perfumado como caricia purificadora es lo que no tuvieron los hijos de los conventillos de La Boca, que hoy son abuelos, sin hablar del baño compartido entre muchas familias, tema de amargo recuerdo en cada evocación de aquella infancia.

Que también tuvo sus rasgos gratos, como la tranquilidad en las calles y el placer para los varones, los domingos, de ver y acompañar hasta la parada del colectivo a más de un crack xeneize, bolsito en mano, luego del partido.

Semejanzas y contrastes con el pasado del barrio más popular de la Argentina y de mayor renombre internacional.

Pero un hombre de ambos tiempos, Miguel Vayo, médico psiquiatra, uno de los siete miembros de la comuna 4, compuesta por La Boca, Barracas, Parque Patricios y Pompeya, quiere atenuar en algo la falta de higiene que padecen los chicos que van a la escuela.

Y que tampoco es como la de antes: cúmulos de errores gubernamentales de distinto signo y origen, a lo largo de décadas, la han transformado en una especie de guardarrails antes de la ladera. Vayo piensa en un primer paso, elemental y posible, como sería conseguir un lugar para instalar duchas por lo menos para que puedan ser empleadas por los alumnos de las escuelas primarias de la zona. Un cometido que demanda organización y solidaridad por parte de la gente y apoyo mínimo y elemental por parte del estado porteño.

Lo más dificultoso hasta ahora es encontrar el ámbito físico. Uno, al menos, para usar de modelo y continuar con otros.

Este hombre sereno y reflexivo, que soslaya caer en pequeñeces que tanto enturbian la práctica política, ya verificó, igual que todos los comuneros, cuán grande es la desproporción de los sueños de mejorar las condiciones de vida de los vecinos con las posibilidades concedidas para hacerlo.

Como lo padecen todos, cualquiera sea el barrio y el partido político al que pertenezca, Vayo confía en contar con el apoyo de sus colegas (son cuatro comuneros macristas y dos kirchneristas) con quienes tiene buena relación, quizás, además de los méritos que se le reconocen, por pertenecer a Proyecto Sur, una fuerza menor.

 Vayo es el mismo médico que hace unos años llevó adelante un plan piloto de salud mental, que funcionó entre comienzo de la democracia recuperada y comienzo de las privatizaciones entregadas, o sea entre Alfonsín y Menem.

Cientos de chicos y adultos participaron de esa experiencia cuyo resultado significó para muchos el hallazgo de un camino, la solución de un problema y la conciencia de cuán curativo es el uso de la palabra. Gratis, sin recursos, una obra de puro corazón, que también fue un dique de contención contra la droga y su comercio, lo cual generó entonces reacciones y, entre ellas, las surgidas de estructuras de punteros partidarios de otras épocas.

“Caminé, hablé con los chicos, con autoridades y maestras, anduve por clubes” dice Vayo en diálogo con Sur Capitalino, café por medio, en un bar de la zona.

Cuenta que el sondeo entre sus pares comuneros fue positivo, que quedan ajustes y presiones por efectuar, tarea en cuya elaboración se encuentra porque debe lograr con un proyecto fundamentado y viable, mover desde abajo toda una estructura para lograr la convalidación legal por parte de la Legislatura. Dice que no importa quien lo impulse sino alcanzar un objetivo concreto y factible.

 “Si no somos capaces de hacer algo así entre todos, nada de lo comunero tendría sentido” señala.

Hay en camino otros aportes relativamente afines planteados desde otra óptica como la del diputado macrista Oscar Moscariello, vicepresidente de Boca Juniors, quien alienta la construcción de baños públicos pagos en las plazas porteñas, aunque de entrada barata, al estilo de las grandes capitales turísticas europeas.

Eduardo Cichero, el pediatra de casi medio siglo del Hospital Argerich y que ordena la memoria según el lugar donde tenía su consultorio en La Boca, recuerda todavía hoy lo que medio siglo atrás le dijo una madre que le llevaba a su pequeña aseada y vestida de un modo impecable y a quien él elogiado por eso:”Si viera doctor qué difícil es ser limpio en la zona donde yo vivo”.

Sí, claro, también es un problema de educación.

Fuente: surcapitalino.com.ar, agosto, 2012

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EL NEGOCIO DEL POLLO EN URUGUAY

Largo e interesante artículo para especialistas de la industria avícola y para todo interesado en saber qué come cuando come carne de pollo, destino final de una vida de unos 40 días hecha de mentiras, totalmente contraria a la que tenían los nacidos y criados en el gallinero de la infancia.

Por Fundavida

Matilde tiene ocho años. Hace poco sus padres se dieron cuenta de que le habían empezado a crecer las mamas. Pidieron hora con su pediatra y la primera pregunta los descolocó.

- ¿Le dan mucho pollo? - preguntó la doctora, en el consultorio de una mutualista montevideana.

No es rara esa pregunta a los padres de Matilde (el nombre de la niña fue cambiado).

Cuando aparece un caso de pubertad precoz como éste, los médicos suelen recomendar suspender el consumo de pollo ante la posibilidad de que tengan hormonas, aunque eso es algo que no ha sido comprobado.

La endocrinóloga pediatra María José Ramírez atiende casos de desarrollo temprano y dice que a veces, al bajar o suprimir la ingesta, desaparecen los síntomas.

Pero también admite que hay muchos casos en los que el pollo no tiene nada que ver e inciden otros factores, genéticos u orgánicos.

En la misma línea, la pediatra Lucía Arzuaga dice que es una recomendación habitual que los niños coman poco pollo o, en todo caso, que se intente comprar pollo de campo.

Un estudio publicado en 2010 por la revista estadounidense Pediatrics indicaba que el 10,4% de las niñas blancas desarrollaba el botón mamario a los 7 años. Y también hablaba de una tendencia a la baja pero no establecía causas concluyentes.

En Uruguay la Sociedad Uruguaya de Pediatría (SUP) estudia actualmente el tema.

 “Nos preocupa si se realizan agregados hormonales a los alimentos”, dice el presidente de la SUP Walter Pérez, “pero no solo al pollo”.

La industria avícola, mientras tanto, sostiene que el pollo uruguayo es “sanitariamente bueno” y que lo de las hormonas es un mito ya que hace décadas que los pollos no reciben estrógenos. Un decreto de 1962 los prohíbe. Eso no impide, de todos modos, que se pueda violar esa norma en algún establecimiento.

El Ministerio de Ganadería realiza controles esporádicos en las granjas, en las plantas elaboradoras de ración y de faenado. Y no ha detectado hormonas en las aves pero sí residuos de medicamentos coccidiostáticos, que se usan para luchar contra los parásitos, dice Fernando Etchegaray, jefe del departamento de campo de Sanidad Animal.

Si una persona come pollo con esos residuos luego puede generar resistencia a esos antibióticos.

Cesar Vega, un ingeniero agrónomo que cría pollos en su chacra en Punta Espinillo y que lidera el Partido Ecologista Radical Intransigente, sostiene que no está tan claro que los pollos no tengan hormonas pero sobre todo cuestiona la forma en que se crían a escala industrial. Dice que la industria del pollo “es la más vertical del mundo”, donde el productor no sabe qué contienen las raciones, proporcionadas por las empresas que hacen las faenas.

La base, dice Vega, es maíz que en un 66% es transgénico y soja 100% transgénica.

“Pero, además, si hay 10 pollos por metros cuadrado, las raciones también tienen que contener antibióticos”, explica el ingeniero. Hay un decreto de 2011 que, con el objetivo de “proteger a los consumidores”, prohíbe el uso de antibióticos para engordar los animales. Pero la prohibición se limita a la carne de vaca y oveja, no incluye a los pollos porque el tipo de crianza (miles de animales encerrados en galpones) es más intensivo.

Ese decreto se firmó para ingresar carne uruguaya a Suiza: en ese país la carne que no es incluida en el “cupo de alta calidad”, lleva un rótulo en su envasado advirtiendo que procede de animales en los cuales se podrían haber utilizado antibióticos en el engorde.

Aunque parezca raro, la propia Cámara Uruguaya de Procesadores Avícolas (Cupra) dice que el ministerio controla más bien poco y ha reclamado auditorías más fuertes para evitar que “alguna granja engorde a lo bandido”, dice su secretario, Carlos Steiner.

Un eventual certificado del Ministerio de Ganadería ayudaría a que el pollo uruguayo ingrese a mercados que exigen controles, como Estados Unidos, la Unión Europea, Sudáfrica o Chile.

Lo cierto es que desde hace años que crece el consumo de pollo. Y no solo acá, el consumo mundial aumentó 41% en una década. Creció seis veces más que la carne roja y el doble que la carne de cerdo, que es la que se vende más. El pollo pasó del tercer al segundo lugar del ranking.

Acá, en Uruguay, también es  segunda la carne y 2012 fue el año de mayor consumo (...). El precio es una variable a tener en cuenta: el kilo sale casi la mitad que el de carne (76 pesos contra 139 en mayo, según el INE) y además hace algunos años que el pollo, al igual que el cerdo y los cortes ovinos, no paga IVA.

Eso responde a una política del gobierno de estimular el consumo de carnes alternativas a la bovina. Hoy se comen 24 kilos per cápita. Los empresarios uruguayos quieren que se consuma más, como en Argentina, Brasil o Venezuela, donde se ronda los 40 kilos. Y por eso preparan una campaña publicitaria pero discuten cómo financiarla. También reclaman crear el Instituto Nacional de Avicultura y Afines (...). Del galpón al matadero. La granja Redención está en un perdido camino del Montevideo rural. Y es una de las tantas granjas de engorde que hay en esta zona del país. Acá arranca el proceso que siete semanas después terminará con el pollo preparado para la venta. La granja tiene cuatro galpones, el más grande de ellos con un sistema que llama “dark house” (casa oscura).

En Uruguay es la última tecnología pero en los países vecinos ya existe desde hace al menos 10 años y en Estados Unidos desde la década de 1980. En este galpón hay 26.000 pollos “parrilleros” con 15 días de vida. Son más o menos 14 pollos por metro cuadrado.

Para entrar, hay que ponerse bolsas cubriendo los zapatos, de modo de evitar contaminaciones.

Lo primero que se ve es un manto blanco: son esos miles de pollitos acurrucados uno al lado del otro, que casi no se mueven pero sí pían y mucho.

Todos son iguales: en la cabeza y el cuello llevan un leve color amarillo y el resto del plumaje es blanco.

Adentro del “dark house”, este galpón completamente cerrado y de ambiente controlado, cuesta respirar. Parece que no hay aire, aunque sí lo hay pero el necesario para las aves. La ventilación es la mínima indispensable para que los pollos vivan y está controlada por computadora. La temperatura también está controlada: se encienden o se apagan las campanas de gas en forma automática, de modo que siempre haya 25 grados.  

*Muertos de calor

En verano funciona el sistema “cooling” que baja la temperatura ambiente. Eso es para evitar que los pollos literalmente mueran de calor como pasa en los galpones tradicionales (el 24 de diciembre pasado, con aquellos calores, murieron miles en Uruguay). Si algo funciona mal, suena una alarma que avisa al fazonero (como se le dice al que cría los pollos) que la temperatura, la luz o la ventilación no es la correcta.

Adentro del galpón también hay un olor fuerte, que por momentos se torna insoportable. Es amoníaco, producto de la descomposición del excremento de los pollos, que queda en el suelo.

Por eso el piso, hecho con cáscaras de arroz, cada cierto tiempo se remueve.

En este galpón no entran los rayos del sol y lo que hay es luz con lámparas LED, que generan un amanecer y un anochecer artificial.

El pollo come cuando hay luz porque “piensa” que es de día y duerme cuando está oscuro.

En la primer semana se le da 23 horas por día de luz.

En las siguientes dos semanas son 18 horas de luz por día y las últimas cuatro semanas son 20 horas de sol artificial. Estos 26.000 pollos pasarán unas siete semanas comiendo, tomando agua y defecando. Y engordando. Hasta que un día se los llevarán a la planta de faenado.

Lo habitual es que las hembras se faenan a los 48 días y los machos a los 42.

Además del olor y la falta de aire, a los minutos que uno entra al galpón empieza a molestar un ruidito constante que hacen los pollos al picar la punta de los bebedores para tomar agua.

Estar allí un buen rato escuchando ese ruidito podría ser torturante.

La veterinaria María José Irigoyen muestra orgullosa las instalaciones. Le gusta lo que hace, esta es su vida, tanto que de chica vivía enfrente a la planta de Avícola del Oeste.

Ella dice que en este galpón “dark house” se maneja “la zona de confort” del pollo.

- ¿Pero allá en el fondo no está un pollo arriba del otro?

- Arriba no, está uno al lado del otro. Si no, se lastimarían y no queremos eso -responde Irigoyen.

La ración entra por unos caños y cada pocos metros hay comedores automáticos, que se van llenando a medida que se vacían. El agua también entra por tuberías y hay cientos de bebederos.

La veterinaria dice que es una ración balanceada, que sigue los lineamientos de la empresa que les vende la línea genética “Ross” de pollos. Las gallinas, los huevos y a veces también los pollitos nacidos de un día se importan desde Brasil. Irigoyen presenta a su colega Jorge D`Alessandro, quien elabora esa “fórmula mágica” que hace que los pollos engorden rápido.

D`Alessandro dice que la ración que da su empresa contiene en mayor proporción maíz, luego soja y harina de carne. La ración también incluye vitaminas, minerales, aminoácidos sintéticos y medicamentos. La mortandad habitual es el 3% de los pollos que se crían.

Es curioso que se cuide tanto a un animal (que no se rasguñe, que no se enferme) para después matarlo en unas semanas.

Pero, se sabe, el proceso industrial es así. La composición de la dieta varía según el momento de la vida del pollo. La ración de retirada, por ejemplo, se da en las últimas dos semanas y se supone que no tiene medicamentos, para que al consumidor no le lleguen residuos de esos productos.

* ¿Hormonas?

D`Alessandro se irrita cuando le hablan del tema de las hormonas. “Eso es una burrada más grande que una casa”, protesta, “y lamento que los que hablen a veces sean nutricionistas o médicos”.

Entonces sostiene que es un mito y que eso viene de la década de 1960, cuando se precisaban unos cuatro meses para producir un pollo de dos kilos y medio.

Hoy, dice, no servirían para nada e incluso atrasarían el crecimiento de los animales. La diferencia, explica el veterinario, no está en las hormonas sino en el mejoramiento genético de los pollos y en sistemas nuevos como el “dark house” que permiten ambientes controlados donde los pollos se mueven menos que en los galpones tradicionales.

Entonces, consumen menos energía y se precisa menos ración para llegar al peso necesario. La ecuación económica es favorable. Los pollos llegan a 500 gramos en dos semanas con el sistema tradicional y a 535 gramos con el “dark house”.

Así lo explica Irigoyen: “Eso es económicamente favorable para ellos (para el fazonero) y para nosotros. Porque dentro del costo de la crianza, lo más caro es la ración”. Esta granja cría pollos para Avícola del Oeste.

El sistema es así: el dueño de la granja pone mano de obra e instalaciones. La avícola, los pollos bebé, el asesoramiento y la ración para el engorde. Y paga por el kilo de pollo a faenar. Los demás galpones de la granja son más viejos. El sistema es el convencional y la ventilación no está controlada. De día la luz es solar y se abren las cortinas del galpón cuando el tiempo está lindo. Hoy los rayos de sol entran por todos lados y los pollos se mueven mucho más que en el otro galpón. Están más activos, saltan, revolotean.

Se nota la diferencia con el ambiente controlado del “dark house”.

* La fábrica de pollos

 A unos pocos kilómetros de la granja Redención está la planta de faena de Avícola del Oeste, una empresa que es “de lo más serio” de la industria, según el ecologista Vega. Allí, a media mañana un puñado de operarios saca pollos de cajones. Todos tienen más o menos el mismo tamaño. Algunos se quieren escapar pero no pueden. Los funcionarios los van enganchando uno a uno, cabeza para abajo, y una línea automática los introduce en la planta de faenado.

Los animales todavía pían y se mueven, pero en unos segundos no lo harán más.

En una hora serán embolsados e irán rumbo a un congelador. O tal vez su carne se utilice para hacer milanesas o brochettes. En esta avícola matan 67 animales por minuto, 4.000 por hora, dice a Qué Pasa el encargado de la planta, Hugo Bentancor, vestido de blanco desde las botas hasta el gorro. Se trabaja de seis de la mañana a 10 de la noche. Ahora toda la producción es para el mercado local, pero esperan una carta de crédito para vender a Venezuela, el principal mercado de exportación.

Eso se debe a que en Venezuela se comen pollos grandes, de dos kilos y medio, como acá. En otros países lo habitual es comer pollos chicos, de kilo y poco. “En Uruguay el pollo tiene que ser grande, los tomates tienen que ser grandes, hasta las arvejas tienen que ser grandes”, se ríe Steiner, el secretario de la cámara de avícolas.

Cuando uno come una pechuga generalmente no piensa (a veces es mejor no pensar) en todo lo que pasa antes. No piensa en cómo ese animal fue matado, despellejado y trozado.

* Calvario final

Una vez que entran al matadero, los pollos primero pasan por agua y les dan un shock de electricidad. “Eso los insensibiliza”, dice Bentancor. Los animales se desmayan o quedan medio aturdidos.

Pero no mueren.

La teoría es que se busca que el ave sufra menos, pero el shock también relaja los músculos que sostienen las plumas y ayuda al proceso posterior de desplume. Y se supone que hace más fácil lo que se viene: el degüelle.

Algunos operarios se encargan de hacer, uno a uno, un tajo en el cuello de cada pollo: cortan la vena yugular para que los animales se desangren.

Todavía con las plumas intactas, los pollos siguen su camino y algunos corcovean, se mueven, agonizan, hacen el último intento por sobrevivir.

Abajo, el piso de chapa es de un color rojo furioso. La línea automática ingresa al agua caliente, que está a unos 54 grados, y ahí los pollos quedan sumergidos un par de minutos. Y mueren, claro.

Luego van directo a unas máquinas que los despluman.

El piso, debajo de las máquinas, es un colchón de plumas y sangre.

 Después empieza el trabajo más manual: a medida que pasan los animales, les van sacando la cabeza, el cogote y las patas. Los operarios en esta parte de la planta de faenado tienen el delantal blanco todo ensangrentado.

Llevan protectores en los oídos y tienen cubierta casi toda la cara: solo se le ven los ojos.

En los azulejos de la pared, también blancos, hay sangre por todas partes.

La línea sigue y los empleados, ahora en su mayoría mujeres, van limpiando cada animal y quitando los menudos. Antes de eso cada pollo es abierto con una “pistola de cloaca”, que evita heridas intestinales.

Abajo, en un piso de metal, corre agua con sangre y restos del pollo. Hay mucho vapor y un ruido ensordecedor, por las máquinas. Los pollos circulan aún ensangrentados.

Luego pasan por hielo para su enfriamiento y unos minutos después quedarán tal como los compramos en el supermercado. Pero en esta planta hay un salón de desosado, donde unas 48 personas también se dedican a trozar con cuchilla los animales para sacar diferentes cortes: patas, muslos, alas, supremas. El piso está lleno de agua. Al final del circuito queda solo la carcaza, el esqueleto, que se procesa y se vende como comida para animales. En una esquina de la sala hay una mesita donde preparan pollos arrollados.

En una bandeja hay fetas de queso, en otra jamón, en otra aceitunas y en otra diferentes tipos de morrón. Más allá hay una sala aparte donde filetean pechugas y preparan milanesas.

Ahí reina la tranquilidad. Los que trabajan ahí son los privilegiados de la fábrica.

Otros pollos se embolsan para la venta así nomás, enteros, con un peso final cercano a los dos kilos y 300 gramos. Pero el proceso no se detiene y en este mismo momento hay otros 67 animales que están a punto de entrar al matadero. 67 pollos son faenados por minuto en una sola plantea de Montevideo, la de Avícola del Oeste. 4 pollos mueren en una hora. Se trabaja en dos turnos, de seis de la mañana a diez de la noche. 39 millones de pollos parrilleros se faenan cada año en el sector. Un pollo vive siete semanas. Luego de que lo despluman con agua caliente, le sacan la cabeza, las patas y los menudos. Muchos son trozados para hacer diferentes cortes.

Parte de la producción se destina a milanesas.

El proceso dentro de la planta termina en 70 minutos. (...)

* Proyectos

 La Cámara Uruguaya de Procesadores Avícolas (Cupra) presentó en el Parlamento un anteproyecto de creación del Instituto Nacional de Avicultura y Afines (Inava), que elaboraría las políticas generales para el sector. Eso se debe a que, a su vez, hay un proyecto de ley que fue sancionado esta semana y modifica la ley orgánica del Instituto Nacional de Carnes (INAC).

Allí se integra a las empresas avícolas dentro de una comisión asesora del INAC, que no tiene poder de decisión. Pero lo que más molesta a la Cupra no es eso, sino que el nuevo proyecto le obliga a aportar al INAC un 0,7% de sus ventas en plaza, alrededor de 1.700.000 dólares. Así, el pollo queda en igualdad de condiciones con las demás carnes, que ya aportaban.

La ley original de 1984 dice que las empresas deben aportar el 0,7% del precio de venta de carne y menudencias “de las reses faenadas”. Pero ese fue un error porque por definición la res tiene cuatro patas, y el pollo tiene dos. En su momento la Justicia absolvió a las empresas avícolas a realizar el aporte, pero ahora lo deberán hacer con la nueva ley.

Pero la Cupra quiere que se destine ese 0,7% de las ventas a un instituto del pollo y no al INAC. Carlos Steiner, secretario de la Cupra, dice que no tiene sentido que el pollo se integre al INAC, dado que las avícolas compiten con la carne roja. “Es como que en el Inavi estuviera la cerveza y no solo el vino”, dice Steiner.

 “Éticamente no corresponde que dos competidores integren una agremiación y uno de ellos, nosotros, no tiene voz ni voto”. Pero es difícil que el Inava sea creado, al menos por ahora. El diputado frenteamplista Hermes Toledo dice que la idea no tendrá andamiento porque el gobierno no quiere crear nuevos institutos. “Las avícolas igual están conversando con el ministro buscando alternativas”, indica Toledo.

En el sector trabajan más de 8.000 personas en forma directa en nueve plantas y en cientos de granjas de engorde y de huevos. Cien mil pollos más en 10 años Hace diez años se vendían 550.000 pollos por semana en el mercado interno. Hoy se venden 650.000 por semana. Las exportaciones también han crecido desde 2008, a un ritmo de 27% acumulativo anual, principalmente a Venezuela.

En 2009 el gabinete productivo aconsejó que el país desarrollara el sector avícola exportador. Esto se debe a que los países con gripe aviar no pueden exportar.

* Pollos de campo o caseros

Las opciones para comprar pollos que no sean de producción industrial son escasas. Ecotiendas, una cooperativa que tiene su local en la calle Maldonado, en Montevideo, vende pollos “caseros”. “No podemos decir que sean pollos orgánicos porque los granos que comen no son de origen orgánico, pero sí están criados en mejores condiciones”, dijo una encargada.

Sus pollos son criados “sueltos” por tres productores en el doble de tiempo que la producción industrial, “no reciben hormonas ni antibióticos” y la ración no tiene granos transgénicos, dicen en Ecotiendas.

Fuente: Fundavida.org.ar

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UN CENTRO DE SALUD MENTAL POR BARRIO

El especialista italiano Franco Rotelli, presidente  de la Conferencia Permanente para la Salud Mental en el Mundo, elogia la ley argentina en el campo de la salud mental pero recomienda que su aplicación parta desde donde vive el paciente, con él en primer lugar, o sea desde el  barrio hacia los grandes centros especializados. En su visión, los manicomios son cosa del pasado.

Por Pedro Lipcovich

¿Qué cambios en salud mental destaca en el mundo, en los últimos años?

– Los cambios han sido lentos en relación con nuestra esperanza. Sin embargo, en los últimos años, distintos países han mostrado que quieren reformas importantes en el campo psiquiátrico: es el caso de Turquía, de algunas naciones del Este europeo y de Australia, China, Irán. En Brasil se viene impulsando fuertemente la creación de servicios psiquiátricos en la comunidad: allí las camas en hospitales psiquiátricos se reducen continuamente y se desarrollan servicios de salud mental en el interior de los sistemas de salud en general. Hay países donde la reforma está más avanzada, como Gran Bretaña, donde ya fueron cerrados la mayoría de los hospitales psiquiátricos. En Estados Unidos, en la década de 1960 había medio millón de personas bajo internación psiquiátrica y hoy quedan muy pocos. En otros países no es fácil imaginar que quieran un cambio. Claro que el neoliberalismo, al afectar el desarrollo de los sistemas públicos de salud, conllevó dificultades para tratar en forma decente los problemas de salud mental de la población. Como señala la OMS, en muchos lugares no hay atención en salud mental y en muchos todavía se encuentran formas arcaicas de tratamiento.

¿Cómo ve la situación en la Argentina?

 – En la Argentina, la actual Ley de Salud Mental (26.657, promulgada el 2 de diciembre de 2010) es incluso mejor que la ley italiana: define de manera muy precisa los derechos de los pacientes, tanto civiles como sociales, incluidos los de tener casa, trabajo, ayuda social, protección; esto importa porque es evidente que los problemas sociales van junto con los trastornos mentales y la atención en salud mental debe acompañar un proceso de inclusión social. Ahora, si quieren aplicar realmente la ley, necesitan un plan nacional y un plan en cada provincia. Hoy ya sabemos que la forma correcta de atender a la gente es en el territorio donde reside, mediante centros de salud comunitarios, departamentos protegidos, cooperativas sociales y algunas camas, pocas, dentro de hospitales generales. Entonces, hay que armar una arquitectura: cómo deben ser los centros de salud comunitaria, cuántos hacen falta; cuántos profesionales, psiquiatras, psicólogos, enfermeras, son necesarios; qué se puede hacer para crear cooperativas sociales que integren en el trabajo a personas con problemas de salud mental. El trabajo es muy importante para mantenerse en relación con los otros y para luchar contra la exclusión; sin trabajo, es muy difícil que pueda haber bienestar social.

Todos estos instrumentos –continúa Rotelli–. son necesarios y hay buenas experiencias para decir que son útiles y eficaces. Conviene pensar que el sufrimiento mental es una condición humana común y extensa; en el marco de este sufrimiento, hay personas que tienen problemas importantes, lo cual no les impide vivir en la comunidad. Lo mejor es un sistema general de salud pública centrado en el territorio; dentro de este sistema, que la salud mental cuente con sus servicios, integrados con los demás servicios de salud. Y hace falta sectorizar a la población: en una ciudad como Buenos Aires, hace falta un sistema de salud mental para cada barrio: en cada barrio debe haber un servicio integral que se ocupe de la asistencia domiciliaria, de atender a la gente cuando necesita tratamiento y de seguirla para que el tratamiento no sea necesario. Los profesionales deben llegar a comprender que la ley puede dar a su actividad una nueva perspectiva, un nuevo campo, una nueva legitimación. Claro que no es fácil el pasaje a servicios abiertos, democráticos, no totalitarios, de inclusión y no de exclusión, donde los profesionales trabajan en relación de reciprocidad con los pacientes.

Empezó diciendo que los cambios fueron más lentos de lo que se suponía: ¿qué factores señalaría entre los que se oponen?

–Ha habido equivocaciones. Nosotros hemos hablado de cambiar la psiquiatría pero mucha gente entendió esto como destruir la psiquiatría; hemos dicho que se puede trabajar sin hospitales psiquiátricos, sin manicomios, y mucha gente supuso que los gastos del hospital psiquiátrico podrían ser entonces derivados a otras especialidades médicas; hemos dicho que la locura no puede ser entendida sólo en una perspectiva biológica y mucha gente dijo que, entonces, si no se trata de tratar daños cerebrales, no hacen falta médicos; dijimos que hace falta desinstitucionalizar la medicina y mucha gente creyó que, si no es una enfermedad como las otras, no hacen falta estructuras sanitarias ni servicios específicos. Pero las cosas son más complejas que antes, no más sencillas: se necesita una articulación más rica, un conjunto de servicios más amplio.

En la Argentina se ha señalado la resistencia de profesionales y también empleados de los hospitales psiquiátricos: ¿cómo evalúa el papel de estos sectores en la posibilidad del cambio?

– Cuando un profesional trabaja durante años en el interior de una institución, se le hace difícil imaginar cambios tan importantes como los que estamos tratando. Pero hay políticas públicas para reducir estas resistencias. Desde ya, hay que mostrar a esta gente que no existe riesgo de que pierdan su trabajo. Las enfermeras, los psiquiatras, los psicólogos se necesitan en el territorio, todavía más que dentro del hospital psiquiátrico. Y el trabajo en la comunidad es mucho más interesante, más rico y más eficaz, más gratificante, que el trabajo en el manicomio. Se ha visto que, en lugares donde el proceso es liderado por alguien que trabaja bien, los que aceptan al líder también aceptan cambiar junto con su líder. Y la administración del Estado cuenta con instrumentos económicos para incentivar el proceso de transformación. El que acepte el cambio tendrá una recompensa, esto es correcto y normal. Los profesionales deben llegar a comprender que la ley puede dar un nuevo campo y una nueva legitimación, un nuevo campo a su actividad. Y hay que apoyar las experiencias buenas cuando las hay. A veces pasa que se hacen buenas leyes pero no se apoya a los que hacen buenas cosas: las buenas prácticas necesitan legitimación; cuando esta legitimación se verifica, los profesionales empiezan a hacer lugar a la nueva perspectiva, que así no es ya ideológica sino concreta y se ha constituido en una política. Si esta política se lleva adelante, si el sistema público realmente crea nuevos servicios y da recursos para trabajar de otra manera, muchos pueden cambiar su actitud. Pero, cuando piensan que se habla de cambio pero no se lo apoya en lo concreto, entonces sienten que se arriesgan a perder lo que tienen a cambio de nada. Por eso es necesario que los políticos aporten un mensaje muy claro de apoyo a la implementación de la ley.

Usted mencionó la importancia de contar con camas para internaciones breves en salud mental en hospitales generales...

– Sólo algunas.

Algunas camas. Se ha señalado que en la Argentina suele ser difícil que los hospitales generales acepten esto. ¿Cómo se encara este problema, en su experiencia?

– Lo importante es crear un sistema: contar con algunas camas en el hospital general tiene sentido si en el territorio existen herramientas para que este recurso sea realmente excepcional. En ciertos momentos de crisis y por algunos días, puede ser que una persona necesite un lugar muy protegido como es un hospital. La cuestión es si en la comunidad hay servicios que, lo antes posible, la tomen a su cargo. Si no, esas camas en el hospital general llegan a ser pequeños manicomios, y al hospital efectivamente se le crean problemas. Por eso siempre digo que hace falta un plan. Supongamos, Franco Rotelli tiene problemas psíquicos: en su barrio hay un servicio que cotidianamente trabaja con él; y, si Franco Rotelli tiene que ir a un hospital general porque sufre una crisis aguda, profesionales de ese servicio van al hospital general a atenderlo, para que el tiempo que pase en el hospital sea el menor posible. De otro modo, el hospital general va a decir que no, que esa persona crea problemas; se crearán así situaciones de rechazo y es criminal crear situaciones de rechazo. Hoy, en diversas áreas de la medicina se plantea la cuestión de las enfermedades que requieren tratamientos por un tiempo indefinido.

Usted llegó a dirigir el sistema de salud de Trieste...

 –Efectivamente, durante ocho años dirigí el sistema de salud de Trieste y pude trasladar a distintas enfermedades crónicas la experiencia que obtuve con la psiquiatría. En la diabetes, por ejemplo, la persona necesita prestar atención a lo que come, lo que bebe, lo que hace en su vida cotidiana. La mayoría de los que tienen complicaciones con la diabetes son personas que no dan suficiente atención a su propia salud. En Italia, hay ciudades donde todos los días se amputan piernas por diabetes y otras donde esto no pasa nunca, porque la atención es distinta. En estos años, en Trieste, hemos creado centros de atención en la comunidad; los especialistas trabajan con los médicos de atención primaria que a su vez trabajan con las familias, con los vecinos; los enfermeros van a las casas, los farmacéuticos entregan los medicamentos a la gente que vive en el barrio.

– Aplicó el modelo comunitario construido en la reforma psiquiátrica...

– Lo que aprendimos en psiquiatría vale para las enfermedades cardíacas, el cáncer, la enfermedad de Alzheimer. Es que la gente debe comprender que todas estas enfermedades son la vida; que la mayoría tiene problemas, directamente o en su familia. Entonces, hay que imaginar y crear sistemas de atención en la comunidad donde los pacientes y las familias puedan poner en juego sus propios recursos; que yo pueda contar con servicios médicos y sociales que lleguen hasta mi casa, no que me agarren y me pongan en un hospital, en un lugar que no es el lugar donde yo vivo y donde sólo contaré con recursos profesionales específicos; donde los recursos de mi familia, mis vecinos, mis amigos, no tendrán interés ni utilidad.

 Y, volviendo a la psiquiatría –destaca Rotelli–, es claro que no tiene otra alternativa. A una persona que tiene un problema de salud mental no se la puede ayudar sin trabajar con sus relaciones, con su vida cotidiana. No quiere decir que no se necesiten profesionales, pero los profesionales deben estar donde está la gente, no la gente donde están los profesionales. En este orden, no hay duda de que todo el mundo tiene problemas y, si alguien tiene problemas más importantes, esos problemas no se pueden delegar en los profesionales; los profesionales son importantes pero no pueden ser el único recurso. Los profesionales suelen entender: O somos el único recurso, o no somos. Los profesionales pueden ayudar, pueden ser imprescindibles para ayudar en un proceso, pero sólo en cuanto acompañen a la gente en su propia recuperación, en la perspectiva de que estas personas ganen poder, obtengan voz y respeto desde sí mismos y desde los otros.

En los últimos años, en salud mental ha habido experiencias de organización de los usuarios de servicios de salud mental. ¿Cómo las evalúa?

– Es uno de los hechos más importantes de estos años. La organización de los pacientes, y también de los familiares, produce un cambio extraordinario. Y esto se vincula con el importantísimo efecto que tiene la posibilidad de trabajar en cooperativa, la puesta en juego de la capacidad de organizar un trabajo en forma conjunta: no ya sólo la palabra, sino el trabajo. También hemos encontrado que la gente que tiene alucinaciones auditivas, que oye voces, gana mucho cuando comparte su problema con otras personas que también lo tienen. Ganan en fuerza y en capacidad de vivir con ese problema que les resultaba tan destructivo: “Si tú también tienes este problema, entonces tal vez se pueda vivir con el problema; los dos tenemos este problema, tratemos de arreglarlo; veamos cómo lo arreglas tú, como lo arregla él”. Es una experiencia nueva, que para mí ha sido impresionante: en estos últimos años hemos ido encontrando esta capacidad de la gente para hablar de sus propios problemas, y el cambio es muy interesante. Yo tengo cuarenta años de trabajo en este tema pero encuentro resultados nuevos y muy importantes en la capacidad de la gente para tomar su propio problema e intercambiar.

 – ¿Qué destaca de su actual trabajo en la Conferencia Permanente para la Salud Mental en el Mundo?

 – Estamos intercambiando experiencias entre distintos países. Por primera vez hemos viajado a China: en Beijing y otras ciudades nos dicen que están interesados en la experiencia que Basaglia inició en Italia. Ellos no tienen experiencia en esto y quieren ver qué se hizo, cómo se hace. En varios países está pasando esto. China no se ha destacado por tener gobiernos muy atentos a los derechos humanos, pero el hecho es que hoy allá se plantean la cuestión de los derechos en salud mental y quieren capacitarse. La Conferencia intenta hacer esto con los países que lo necesitan, y apoyar a países como Australia y Brasil, que están haciendo cosas importantes y a su vez pueden ayudar a otros. Se trata de propiciar intercambios entre países que trabajan en la perspectiva de una reforma integral, por un cambio de paradigma en salud mental.

 – Usted utilizó el término “reciprocidad” para caracterizar la actitud que se espera de los profesionales en salud mental. ¿Podría precisar el concepto?

– La psiquiatría trata de sujetos, no de objetos; se ocupa de personas. Y, si no hay reciprocidad, ¿dónde está la persona? La persona existe, habla, tiene su propio pensamiento, su propia actitud. Es un individuo y necesita relacionarse con individuos. Entonces, la terapia requiere una relación de reciprocidad: preguntas y respuestas, una negociación continua entre las personas, entre el que cura o dice que cura y el que quiere ser curado. Y, ¿sabe quién entiende muy fácil esto? El que tiene dinero. La persona que tiene mucho dinero puede contar con un psiquiatra con el que se relaciona de este modo; no acepta un psiquiatra que le diga que debe hacer esto o lo otro. Y bien, todos tenemos necesidad de un sistema de salud democrático, donde el paciente sea por lo menos tan importante como los profesionales, y donde los profesionales tengan la felicidad de entablar relaciones con personas que no son dependientes de él, que están en el mismo nivel en una relación de construcción de libertad: de emancipación.

Volanta, título y bajada: Franco Rotelli, un precursor de las banderas de la desmanicomialización/  “El paciente debe ser por lo menos tan importante como el profesional” / Es un experto italiano y desde 2010 preside la Conferencia Permanente para la Salud Mental en el Mundo, que asesora a los países que inician la reforma de la atención psiquiátrica. En su paso por Buenos Aires, explicó cuáles deben ser los ejes de esos cambios. Elogió la ley argentina y señaló qué se necesita para implementarla con éxito.

Fuente: Página /12, 3/9/12.