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CUANDO VEINTE AÑOS SIGNIFICABAN MUCHO

En esta nota testimonial, el editor recuerda la experiencia  de su servicio militar  hace medio siglo cuando con tal de no caer en manos de los militares optó por ser policía por un año. No le fue mal. Conoció chicas, fue útil, aprendió a manejar la teletipo y luego desplegó su vocación en otra tarea. 

Por Armando Vidal

El 12 de octubre de 1963 asumió el presidente radical Arturo Illia, elegido en las elecciones de julio de ese año con un porcentaje de votos positivos que osciló en el 25 por ciento, suficientes para triplicar al ex golpista y fusilador Pedro E. Aramburu (Udelpa), quien salió tercero, luego de Oscar Alende (UCRI).

La ceremonia en el Parlamento tuvo a un joven presente pero no adentro, que no conocía, sino afuera, en la esquina de Av. Entre Ríos e Hipólito Yrigoyen. Y no como periodista si no como policía conscripto de la Dirección Comunicaciones de la Policía Federal. Nunca supo para qué lo habían mandado allí ya que sobraban policías de la Dirección Seguridad. Cinco años atrás había estado allí, en la Plaza, formando parte de la multitudinaria representación estudiantil que se oponían a la privatización de la enseñanza universitaria, sector conocido como laicos

Por estar en la colimba no había votado. Y la cumplia en la Policía -siempre era un año antes, o sea a los 19- porque no quiso ir a parar a cualquiera de las Fuerzas Armadas y menos aún a la Marina. Y no sólo porque significaba dos años de conscripción, en lugar de uno, sino porque era la fuerza más antipopular por los bombardeos de 1955 y su enconado antiperonismo.

Salvo por la locura de la guerra de Malvinas en 1982 y la cobardía de los mandos militares de la dictadura que precipitó el choque y envió al campo de batalla a esos chicos vestidos de soldados, la experiencia del servicio militar desde comienzos del siglo veinte hasta 1995, cuando cesó tras el escarnio de un crimen por abuso de autoridad (caso Carrasco), tuvo resultados positivos.

Por principio, era un sondeo anual a fondo sobre el estado físico y mental, tras un estudio completo que se realizaba, muchacho por muchacho.

También determinaba cuál era el grado de nivel escolar y formación alcanzada, razón por la cual se contemplaban el derecho a pedir una postergación en caso de estudios superiores. Muchos analfabetos dejaron de serlo en el servicio militar.

Por otra parte, en los regimientos y cuarteles convergían jóvenes desde distintos puntos del país, sin distinción de clases sociales, lo que en términos llanos era un modo de que ricos y pobres compartieran una experiencia sujeta a rigores y privaciones pero también a una franca camaradería. Muchos amigos para siempre surgieron de aquellos días.

En la Policía Federal sucedía lo mismo con una instrucción acotada a tres meses y con la enorme diferencia de que al final del largo día –carreras, saltos de rana, cuerpo a tierra y malos tratos, primero en la Escuela Ramón Falcón y luego en las dependencias de Cava y Figueroa Alcorta, en los bosques de Palermo- los conscriptos volvían a casa apaleado y feliz porque lo aguardaban las reparaciones de cada mamá. En ese período no usaban la ropa azul sino un uniforme de fajina con birrete (quepis). La madre no podía con su genio de ponerle algo de almidón que el mozo toleraba. 

Había que aguantar la rutina de cada día, el atropello de quienes de quienes creían que así, a palos, se forjan los hombres.

Un coloradito pero no tanto al que un tal César Walter Martínez, su furioso oficial instructor tenía al trote, era uno de esos pibes que aguantó sin chistar. Tan importante fue la experiencia que cincuenta años después le tiende la mano a Martínez -cara de malo- para levantarlo del piso por haberlo desparramado al salir brutalmente del arco. El oficial era el 2 y el coloradito el arquero del equipo del oficial en el partido de despedida de la promoción 49 que ya estaba en condiciones de salir a tomar servicio. También Martínez se la bancó.

Poco después, quizás al día siguiente, preguntaron quién sabía escribir a máquina, el coloradito levantó la mano y le dijeron -siempre a los gritos- que debía presentarse en ese momento en el Departamento de Policía, piso quinto, Dirección Comunicaciones.

Fue entonces. Por primera vez entró al edificio de la calle Belgrano, llegó al quinto piso y  a un sector que estaba lleno de chicas sentaditas ante unas máquinas de escribir que él no había visto en su vida, lo cual pudo percibir de reojo porque un oficial principal -otra cara de ningún amigo- le decía en tono fuerte que al día siguiente debía presentarse a las 6 de la mañana en la comisaría 26, en la Av. Montes de Oca al 800, para hacerse cargo de la oficina del Telegrafista.

Y remarcó algo que lo sorprendió. “Usted no recibe órdenes de nadie, ¿me entendió?. De nadie, usted depende de Comunicaciones, no de Seguridad”, subrayó.

Pegada al despacho del comisario -otro caracúlico llamado Horacio Héctor Rivas- estaba la oficina del telegrafista donde lo esperaba una Motorola que luego de una sirena comunicaba los partes de paraderos y secuestros, de los que el jóven agente debía tomar prolija nota.

Los paraderos eran por las personas perdidas y los secuestros por vehículos robados.

Tomaba nota y escribía con carbónico en una Remington para dar copia a cada agente y suboficial que salía a cubrir las paradas callejeras en los respectivos turnos, todos los cuales desfilaban ante él, transformadose así en una autoridad dentro de la comisaría.

En su caso  estaba cubriendo a un oficial que se encontraba con parte de enfermo. Seguría luego con otros relevos en distintas comisarías como la 14, 15, 16, 18, 22, 24, 1ª, 2ª, 3ª., 4ª., 5ª, 6ª, 45, 48 y otras  de las que ya no se acuerda. Siempre la pasó bien. En la  4ª, de la calle Tacuarí, cuando no había jefes a la vista iba a ver a las chicas que habían sido detenidas por infracción a un edicto ( por Escándalo 2º H) con que se reprimía la prostitución. Pobrecitas, sentía, caían cuando algunos de los oficiales de civil que caminaban por la Av. de Mayo, los viernes por la noche, también jóvenes, pintones y vestigos de traje, se cruzaban con alguna y le preguntaban cuánto cobraba. Suficiente con decirlo. Chamuyo, teléfono pùblico, patrullero y adentro.

Domingo por la tarde, telegrafista por el patio, todo tranquilo.

Y al pasillo.

Pasillo largo, al fondo, orientado hacia el río, luz mortecina sobre paredes que alguna vez fueron de un pálido amarillo

- Vení. ¿No tenés un cigarrillo?

- No pero te consigo. ¿Querés un caramelo?

- Si, ¿no tenés para las otras chicas? 

- Ahora traigo. ¿Te dije que sos muy linda?, imagina hoy que le dijo.

Cerró su experiencia policial en la oficina del Telegrafista del Hospital Churruca. Fue en diciembre de 1963 y recuerdo que el último día, camino a tomar servicio, se sacó la única foto que tiene como policía. Un policía sin bastón pero con una 45 Colt que sólo usó en prácticas de tiro.

Conserva un cuaderno donde están pegadas las tiras de papel de las teletipos con los diálogos que mantenía desde cada comisaría con las chicas de turno que estaban en el Departamento, diálogos que muestran el indisimulado intento de levante de alguna de esas empleadas que bien lo merecían, con alguna de las cuales tuvo cita y dio origen a comentarios favorables entre ellas, suponía.

Todo iba muy bien hasta que un día el terrible principal Laforgia –tenía una fama que asustaba- se enteró que, saltando de comisaría en comisaría, andaba por ahí un recluta que nadie controlaba y, encima, levantándole las minas.

Ordenó que compareciera a la tarde siguiente.

Veamos la escena.

Llega el pibe al Departamento de Policía, sube al quinto piso, informa al control que está citado y lo hacen pasar. Traspone la puerta del sector Comunicaciones y ve de frente el amplio salón con todas las chicas sentaditas frente a las teletipos y, le parece, mirándolo de reojo. 

Impecable su pinta, su uniforme, con la raya planchada del pantalón azul sobre sus botines negros y brillantes, como todo su correaje, su gorra perfecta que, solía usar con un suave toque ladeado, en la mano. La chaqueta ajustada la cintura, 1,80, 72 kilos, aire de deportista, color cobre su pelo peinado, ojos verdes, algunas pecas y una sonrisa contenida que le había traído más de un problema porque le daba cierto aire sobrador.

Al ingreso del salón, a la derecha, una gran oficina de vidrio, desde la cual se veía todo el personal y a la que lo hicieron hacen pasar.

- Permiso señor, agente 18.543, a la orden señor-, dice en posición firme.

El hombre que lo escucha y mira sin responder está sentado. Tiene una pila de años, como 50 o algo así. Bigotes negros, pelo negro entrecano, mirada que quema, boca curvada hacia abajo, voz de trueno:

 - ¿Cómo se llama?

- Armando Vidal, señor.

- Ahhh…es usted…

- Sí señor.

- ¡Usted está castigado por mantener diálogos inapropiados con el personal! ¡Vaya al rincón mirando la pared!-, gritó con un gesto teatral.

- Si señor-, dijo el pibe, giró a la derecha, dio cuatro o cinco pasos y se detuvo en el rincón. ¡Estaba en penitencia!

Entró una agente secretaria, salió; entró otra, salió, llevaban y traían papeles, todas seguramente con alguna sonrisa oculta, lo mismo que todas las chicas que miraban lo que pasaba desde afuera.

El principal volvió a tronar:

- ¡Venga para acá! ¡Tome ese cesto y vaya a juntar los papeles en el piso de todos los escritorios!

Era un cesto de alambre, solo apto para bollos pero nunca para contener las picaduras del papel.

- A la orden señor-, dijo el pibe y salió poniendo el pecho al ridículo.

Un cometido que resultó mucho más reconfortante de lo que esperaba porque las chicas –todas mayores de 21 años pero no mucho más- iban tirando bollitos y él se inclinaba como en oración ante tantas piernas a la vista. Sonreía. Ellas, con disimulo, también.

Principal Laforgia... ¿habrá conocido lo que vino después con otros pibes?

Pasaron 50 años y lo cuenta aquí porque fue parte de una singular experiencia, que hoy cuesta imaginar. Eran chicos con uniforme pero respetados por la gente.

No le escapa que el año anterior, en 1962, había sido secuestrado en la propia Capital Federal por la policía bonaerense otro joven, de 22 años, Felipe Vallese, militante peronista del gremio de la UOM, el primer desaparecido político, un hecho del que no recuerda haberse enterado en su momento.

Tampoco sabía en aquellos días que ser agente coreano en la Policía Federal significaba estar sujeto a un viejo acuerdo suscripto por la Argentina en tiempos de la guerra de Corea (dividida en norte y el sur) por el cual en caso de necesidad debían ser los primeros en ir en apoyo de los yanquis y tropas de la ONU en aquella contienda al final de la Segunda Guerra. Un conflicto aún vigente.

Allá poco cambio entre las dos Corea pero aquí en la Argentina sí y fue para peor porque hoy no sabe cómo está la salud y la educación de su juventud, preanuncio de un futuro con mayor marginalidad que la del presente que no es poca.

¿Por qué no ir pensando en un servicio social obligatorio, con formación y entrenamiento sin armas pero aprendiendo a cumplir consignas y también órdenes? ¿Por qué no pensarlo bajo la tutela de la democracia y los reconocidos organismos de derechos humanos? ¿Por qué no enseñar a ayudar?

Podría ser una herramienta contra la resignación de ver a tantos jóvenes entregados en nuestras calles al paco y al alcohol cuando el país tanto los necesita.

Para el muchacho de esta historia el servicio militar fue una escuela y una oportunidad porque, tres años después, entraba a Clarín…como teletipista.