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PARA EL SOLDADO NIÑO QUE CAYÓ EN MALVINAS

Duele Malvinas, duele en el corazón de cada argentino, duele por el dolor de una dictadura entregada al imperio que derrochó sangre argentina derramada con valentía. Duele Malvinas.

Por Héctor H. Dalmau

Estaba en Campo Ramón, Misiones, en la dirección de mi pequeña escuela, el 1º de mayo de 1982 (durante la dictadura no se festejaba el día Del Trabajador y por lo tanto no era feriado), cuando cerca de las 13,

escuché por radio Guaíba de Porto alegre, que era la única que podía captar con mi receptor a baterías, que había comenzado el bombardeo a Puerto Argentino. Por supuesto la información fue escueta y no se repitió.

El desasosiego fue tremendo y tomé mi maquinita Olivetti Letera portatil, me interné en una bosquecito que habíamos dejado muy cerca del patio de esa escuela, y allí, surgieron estos versos, que tuvieron una mención especial en un concurso organizado por el Círculo de Escritores Ibero-Americanos.

Plegaria para el soldado niño  

Señor:
Señor Cielo, Señor Viento,  Señor Mar,
Señor Frío, Señor Roca  y Soledad,
Cuida a mi Soldado Niño,
que se ha ido allí a jugar.
A imitar, como en sus sueños,
 a nuestro  Gran Capitán,
a Belgrano, a Ramírez,
a Rosas, a López Jordán,
al indomable  Andresito,
 a Falucho el inmortal,
que murió por nuestra bandera,
 en el Perú  colonial.
Señor Cielo:
Que desde tu azul infinito dominas
 la escena brutal y cierta,
 de  esa lucha desigual,
Cuida a mi Guerrero Niño,
 que se ha ido allí a jugar.
A ser Cesar o Alejandro,
 a luchar como el que más,
cara a cara con la muerte,
sin pedir tregua ni dar.
Señor Viento:
Absoluto dueño del espacio austral,
al que  en ráfagas violentas,
dominas sin hesitar,
Cuida a mi  Niño Soldado,
 que se ha ido allí a jugar,
A ser grande como Cristo,
 y en sacrificio entregar
la vida  por sus hermanos,
sin pensar en nada más,
que defender las Malvinas,
 a su Patria, a su hogar.
Señor Mar:
De encrespado oleaje,
 que en tus espaldas llevás,
pesada carga de témpanos,
dueños de esa heredad,
Cuida a mi Niño Guerrero,
que se ha ido allí a jugar.
Sin temer al enemigo,
sin detenerse a pensar,
que enfrentará  a mercenarios,
cuya alegría es matar.
Señor Frío:
Tu  que eres síntesis,
de dolor, de mortaja, de final,
Cuida a mi Soldado Niño,
 que se ha ido allí a jugar
Allá, donde el mundo termina,
lejos de  su tierra natal
Para defender nuestra bandera,
con coraje sin igual.
Señor Roca:
Duro   y estoico,
cual Pilatos al juzgar,
Cuida a mi Guerrero Niño,
que se   ha ido allí a jugar,
Para que mañana regrese,
sin odios y sin maldad,
como salió hacia la guerra,
de los brazos de Mamá.
Señor Soledad:
Lejana, como la gloria o la Paz,
Cuida a mi Niño Soldado,
 que se ha ido allí a jugar,
 a ser hombre en esa guerra,
 y la metralla olvidar,
cuando en su fría trinchera,
sueñe con su Papá.
Señor:
Tu que eres todo,
porque eres mucho más,
que el Viento, helado de Polo,
que el Cielo, el Frío y el  Mar,
que la dura antigua  Roca,
y la tremenda Soledad, 
cuida a mi Soldado Niño,
que ya nunca volverá.

 

Quizás a treinta años de lo que pasó pero no al olvido, este ruego solitario en el monte, en el otro extremo de nuestra argentinidad, pueda publicarse como un homenaje.