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POBLAR Y REPOBLAR LA REPÚBLICA ARGENTINA

El gobierno de la Nación debe involucrar a la oposición para consagrar una idea fuerza transformada en política de estado tras abrir un debate sobre una política poblacional destinada a neutralizar las corrientes inmigratorias hacia las grandes urbes. El grito de Villa Soldati no debe ser olvidado como no lo fue el de los chacareros de Alcorta de hace un siglo. Hoy, bolivianos y paraguayos; ayer, italianos y españoles.

Por Armando Vidal

Se fue el primer año de los seis del Bicentenario que, como en 1810 y 1910, abrirá curso determinante a la nación de los argentinos, parte de la Patria Grande de los libertadores de América.

Un año que encerró como en un mismo hecho inesperado la inolvidable fiesta popular de mayo en Buenos Aires, repetida después en distintos lugares del interior y la súbita muerte del ex presidente Néstor Kirchner, mejor conocido a partir de entonces y, quizás por ello, un mito en ciernes.

Una mujer, su mujer, quedó sin él pero no sola al frente del Gobierno al que ya había dado rasgos de su propio estilo antes de ese doloroso 27 de octubre. Otra vez la gente, en primer lugar los jóvenes, ganaron las calles y fueron a la plaza, donde todo comenzó, a llorar su dolor y gritar su esperanza.

Desde el Gobierno, los rasgos de este curso histórico, con sus luces y sombras no siempre evitables, parecen más notorios como parte del futuro que los propios generados por la oposición, pese a los resultados favorables en las elecciones parlamentarias del 2009 en las que el oficialismo perdió el control relativo de ambas Cámaras del Congreso de la Nación.

Como un monumento corroído por la dimensión de otro tiempo permanecía en un lugar que moral y políticamente no le pertenecía un vicepresidente de la Nación, Julio Cleto Cobos, que encumbrados correligionarios de su partido al que un día traicionó despreciaban en silencio.

Extraña obstinación la de este hombre de querer consagrarse como el peor de los infieles compañeros de fórmula del PEN.

Extraña contradicción de la Unión Cívica Radical que transforma en mera retórica toda invocación a la necesidad de fortaliecer las instituciones.

Al margen, lo que si se percibió en 2010 como un punto clave que involucraba tanto al Gobierno como a una oposición desarticulada era la falta de una idea central complementaria al modelo abierto -centralmente económico- tras la crisis de comienzos del nuevo siglo, asegurado con la asunción de Kirchner en 2003.

Una idea fuerza que permitiera vincular producción, transporte y vivienda social con la necesidad de ocupar espacios en los amplios territorios vacíos, incluyendo a la provincia de Buenos Aires que expresa la contradicción de un conurbano superpoblado con pueblos fantasmas a escasos kilómetros de la Capital Federal.

No es sólo cambiar el nombre de una avenida que recuerde a Julio Argentino Roca -para el traslado del monumento porteño falta todavía- sino revertir con acciones concretas y la participación de los gobiernos provinciales la política poblacional vigente, mal nacida con el arbitrario reparto de tierras que dio base a nuestra oligarquía terrateniente.

Las oleadas inmigratorias en el último cuarto del siglo XIXI y el cuarto inicial del siguiente siguieron más el impulso de los recién llegados que del propio Estado como guía hacia donde debían ser orientados, más allá que muchos fueron a trabajar la tierra como lo hacían en sus aldeas allende al mar.

El grito de Villa Soldati de 2010 es el grito de un siglo en su amanecer comparable al de Alcorta para los trabajadores del campo de cien años atrás que en esa localidad santafecina se alzaron contra la desmesura de los arrendatarios de campos en un año de cosechas excepcionales.

Los chacareros de entonces, italianos y españoles en primer lugar emigrados de tierras cansadas del viejo continente, clamaron por el fin de una explotación reñida con toda idea de justicia.

Gobernar, mas que poblar como había pensado Alberdi, parecía limitarse a explotar en beneficio de las minorías, porque paralelamente emigraban desde las provincias pobres hacia Buenos Aires y otras ciudades argentinos en busca de trabajo.

Hoy, paraguayos y bolivianos, en especial, conforman la mano barata de la construcción e industria textil, que viven en condiciones degradantes en las villas miserias de nuestras urbes, lo mismo que centenares de miles de argentinos.

No es por tanto posibilitar el acceso a la vivienda sino el lugar en el que deben ser levantados los nuevos conglomerados habitacionales.

Absurdo es el espectáculo de ver crecer en pleno corazón de Buenos Aires, en las tierras más caras del país, ese monumento a la desesperación de muchos y negocio de algunos sin que el Estado no sea más que un simple testigo desde hace más de cincuenta años. Cuán grande sería el dolor hoy del padre Carlos Mujica cuya acción evangelizadora y social comenzara en esos entonces ramilletes de chapas oxidadas de Retiro.

Una idea como por ejemplo arrojó igual que semilla al viento el ex diputado nacional Héctor Dalmau cuando propuso la construcción de kibutz criollos para unos diez mil habitantes con áreas vecinas de explotación para alimentos provistos por la propia tierra.

Es hora de comenzar a pensar en grande, diría Perón.

Para eso, precisamente, está este espacio, cargado de símbolos y dolores, llamado Bicentenario obligado a imprimir cambios como en 1810 y 1910.