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LA GRAN PELÍCULA DE DALMAU, ESCRITA POR ÉL

El firmante recorre su vida y se detiene en los consejos de su padre, hijo de un activista radical amigo de Leandro N. Alem e Hipólito Yrigoyen. Política, corrupción y, al final, datos para ilustrar. No se la pierda.

Por Héctor Dalmau

Por esos intrincados designios de Dios, se parecen a una caja de sorpresas los cursos de mi vida en los más de quince lustros que llevo invertidos en ella, lo que no deja de sorprenderme, siendo yo creyente.

Contra ello, lo que manda y está escrito, no existe by pass posible. Si  hay persona común alguna que se encontró con la obligación de cumplir con los libretos más raros e impensados, ése soy yo.

Todo comenzó cuando estaba a punto de recibirme de maestro y preparado para seguir estudios universitarios en la ciudad de Rosario (donde pensaba trabajar, dado que mis padres no podían mantener a un hijo universitario), a la que se llegaba navegando desde Misiones aguas abajo por el Pariente del Mar, que es el Paraná.

El viaje reclamaba tomar dos vapores (Paquetes, como se les decía). Uno, chico, hasta la ciudad de Corrientes para que pudiera bajar los saltos del Apipé, hoy sumergidos por la represa de Yacyretá (Luna-lugar). Y el otro,  grande,  desde allí hasta la ciudad de nuestra Bandera.

Me acuerdo como si fuera hoy, venía pedaleando en mi bicicleta desde la cancha de básquet de un club retirado de mi casa, en Posadas, bajo una tenue llovizna, que mezclada con la bruma transformaba, al decir de Nervo, todo en fantasmas, es decir en siluetas, cuando casi al llegar a la esquina de mi casa, iluminada por el único foco colgando sin pantalla alguna en el centro mismo del cruce de las dos calles, una de esas siluetas, se transformó en la figura de mi noviecita, filito, amor de estudiante.

Casi empapada, temblorosa y no de frío, me dijo: “estoy de encargue”.

Fue como el león de la Metro, o sea el inicio de una larga, impensada, pero no por eso menos hermosa y apasionante película, que todavía hoy me tiene  clavado en la butaca sin darme cuenta de que el protagonista soy yo, y nadie más que yo.

Sin dudas a nadie le interesará el desarrollo de la trama pero creo que algunos hechos merecen contarse, sin modificar una coma, porque además transcurren en escenarios tan disímiles, como impensados.

Escenarios que fueron mutando desde ser el maestro en un galpón para secar tabacos, transformado en escuela, hasta ser considerado un personaje merecedor de presidir un congreso de la UNESCO, en Australia, con todas las indescriptibles estaciones intermedias, situación que me convenciera de que, en la vida, nada es lo que los seres humanos creen que es.

Como en toda película, al protagonista lo rodean actores de reparto, que no aparecen en las marquesinas pero que, sin lugar a dudas, son imprescindibles para el lucimiento del que aparece con letras muy grandes.

Y son tantos que me obligarían a una más que difícil selección, que más allá de mis esposas (la del cielo y la de aquí),  mis hijos y hermanos de importantísima participación, debo concluir en una sola persona: el que más me enseñó.

Y así es que como Burruchaga se cortó sólo tras el pase de Maradona para darnos con su gol el segundo campeonato mundial en México, mi Burru, se llama José, o el Tata Pepe, como lo llaman mis hijos.

José Dalmau, mi padre, hijo de quien fuera un amigo de Leandro N. Alem, de Hipólito Yrigoyen, y aparcero de los Kennedy de La Paz, Entre Ríos, en tiempos que cubren desde 1878 a 1939, incluyendo la Revolución del Parque, en 1890, supo conocer tanto a la filosofía de los políticos, que cuando uno de sus hijos sin que él lo impulsara, le comentó que se dedicaría a la política, posando el mate sobre la mesa, le diijo:

- Me encantaría que hagas política, como la hizo tu abuelo, que si bien nos dio una vida muy intranquila, por estar llena de sobresaltos, incertidumbres y hasta miedos, y hacernos pasar de una posición relativamente acomodada a una casi de pobreza, hizo que nos sintiéramos orgullosos de pertenecerle, como hijos.  Ahora bien -prosiguió-, antes de cruzar el portal de la política debes tener muy en claro el para qué vas a traspasarlo...

-.... 

- porque que la política es una novia muy cara, si la vas a querer cortejar con tu dinero, y esto te puede llevar a cometer actos de corrupción, que desde ella son muy fáciles, y hasta tentadores; pero que mientras te puedan enriquecer monetariamente, cada día te empobrecerán moralmente, al punto de que tus culpas sean una insoportable condena, que nadie sabrá, pero que vos si que lo sabrás.

- ...

-..y en cada hospital en que falte un peso para los remedios; como  también en cada libro y/o cuaderno, o plato de comida, como los que hoy faltan en tu escuela, estará tu culpa, que ocupará tus noches por el insomnio que ella causa. Y por otro lado, si fueras como lo fue mi padre, honesto a rajatablas, tenés que saber que  la política, desde que el mundo es mundo, es un sistema corrupto, que admite a los honestos hasta cierto grado de poder, pero de allí en más aplicará sus resortes para eyectarte, si no cumplís con lo establecido-

 

- ¿Pero por qué, papá?-, finalmente lo interrumpí.

- ...porque en la política, un honesto es un seguro traidor seas camarada, correligionario, compañero o lo que seas y porque si uno de ellos roba y tu lo sábes, seguramente lo denunciarás y tendrás tu merecido ya que actitudes como ésa son imperdonable en el sistema.

En la película de mi vida, esta fue la única escena en que yo conocía el libreto, y también su resultante.

  

                                                                  ooo000ooo 

Nota del Editor
Héctor Chiquito Dalmau, nacido en Concordia, Entre Ríos en 1938, fue maestro y director de la escuela de Campo Ramón y después intendente de ese pueblo misionero de frontera.
En 1973, fue elegido diputado provincial por el justicialismo y ocupó la presidencia del bloque hasta el golpe de 1976; en 1983, fue electo diputado nacional por Misiones y, en 1987, renovó su mandato hasta 1991, momento en que fue designado subsecretario de Ambiente y Desarrollo Sustentable, en la cartera que encabezaba la ucedeista María Julia Alsogaray, con quien nunca tuvo una buena relación –ni con ella, ni con su padre- desde que los tres eran diputados nacionales.
El choque mayor con ella se produjo cuando María Julia quiso lograr un crédito del Banco Mundial por 1.000 millones de dólares para una supuesta limpieza del Riachuelo al que Dalmau –cuya firma de aprobación era imprescindible-, se opuso, tras lo cual -y por las propias-, consiguió, sin que le significara ninguna erogación al Estado, un estudio de una institución especializada de Alemania que aconsejaba no remover en nada las cimientes del Riachuelo por ser depósitos de plomo, material empleado por las curtiembres de la zona, que extenderían la contaminación a las aguas del Río de La Plata.
Ese informe fue elevado por Dalmau al Banco Mundial, que finalmente no concedió el préstamo cuya inspiración por parte de la ministra era altamente sospechosa de corrupción.
La causa que el propio Dalmau llevó a la Justicia fue incorporada al expediente que finalmente llevó a la cárcel –hoy, favorecida con permanecer en su domicilio- a la hija del ex capitán marino.
Desde ese momento, hace veintidos años, Chiquito Dalmau quedó por completo afuera del circuito político nacional.
Sólo por una acción del ex diputado Marcelo Vicentini (PI, Frente Grande), que bien lo conocía, llegó a ser funcionario del entonces gobierno porteño de Jorge Telerman para ocuparse de obras de ordenamiento de las márgenes del Riachuelo, que significaron un importante avance con relación al cuadro inhumano que presentaba, hasta que llegó Mauricio Macri y prescindió de sus servicios.
Hoy, Chiquito Dalmau sigue como puede sus tareas de ayuda a los más necesitados y vive de su jubilación de diputado en un pequeño departamento que alquila en la Capital Federal, sin que en estos veintidós años ningún político ni ningún representante de la prensa nacional se haya interesado en su obra y, sobre todo, en sus proyectos como, por ejemplo, el de los llamados Kibutzs criollos.
Contra cualquier opinión autorizada en contrario, Dalmau sostiene que la Argentina podría pagar su deuda externa con sólo aprovechar la riqueza del agua dulce que se pierde en el mar.
Argentina, madre de corruptos en la política y en otras actividades afines, tiene en él una excepción, reconocida y valorizada por quienes lo conocen, como el editor de esta página que lo cuenta como fiel colaborador y que, por su largo trabajo en Clarín, lo conoce desde 1975.
Esta acotación a su bella nota humana pretende ilustrar su vida y su obra, de la cual su gran familia y los hijos de los hijos podrán sentirse orgullosos.
Vale precisar por último que el título original de su artículo era “Gracias, papá”.
Gracias, Chiquito.
Y a seguir aportando tus grandes lecciones, aquí y en toda tribuna que se presente, porque siempre alguna semilla germina.