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VINIERON Y CAMBIÓ LA HISTORIA

¿A quién le habló Miguel Pichetto cuando ante dos improvisados jefes de la ex SIDE, cuyos pliegos luego aceptaría,  se manifestó contrario a la llegada de tres mil sirios a la Argentina, misión avalada por el Papa?  Aquí se le recuerda al piamontés de Río Negro cuál fue el significado de la inmigración.

 Por Armando Vidal

El miedo de Miguel Pichetto a la llegada de tres mil sirios (1) podría explicarse si en lugar de estar en el Senado, al frente de una bancada claramente mayoritaria y teóricamente opositora, hubiera estado en la otra Cámara, cerca del diputado Eduardo Oliver, en la sesión del 27 de junio de 1910.

Hace apenas 106 años y algunos días.

Una sesión iniciada precisamente con la intervención del diputado Oliver (provincia de Buenos Aires) en la que citó como buen ejemplo lo que había que hacer para reprimir los actos terroristas.

Y lo dijo por un episodio cercano a ese día que mostró cómo había reaccionado la policía yanqui frente a la caída de tres efectivos en medio de una batahola generada por la represión a una manifestación de protesta de trabajadores.

¿Qué hizo la policía?

Ante la imposibilidad de ubicar a los responsables de los disparos decidió matar a todos los obreros que habían participado de la asamblea que había declarado la huelga.

“Ese fue el escarmiento, eso fue lo que se merecían, eso es lo que hay que hacer” dijo Oliver con palabras de fuego bajo los aplausos de los conservadores que lo rodeaban.

Evidentemente, un estado de emoción violenta en el teatro mayor de la política como es es el recinto de la Cámara de Diputados de la Nación debido a que la noche anterior, un anarquista había arrojado desde el gallinero del Teatro Colón una bomba que cayó en un extremo del flamante escenario produciendo varios heridos, algunos de gravedad.

¿Qué antecedentes preludiaron ese dramático trance?

Dos, en lo más cercano.

El primero, la matanza de seis obreros en el acto conmemorativo en Plaza Lorea en homenaje el 1º de mayo de 1909 a los Mártires de Chicago,  operativo a cargo del propio jefe de la Policía, el Cnel. Ramón J. Falcón.

El segundo, la respuesta a esa criminal acción: la bomba del anarquista Simon Radowitzky, arrojada en el interior del carruaje al paso que le costó la vida a Falcón y a su joven secretario Juan Alberto Lartigau, ajeno por completo al episodio que generó la reacción. Fue el 14 de noviembre del mismo 1909.

El anarquismo era –es- una causa ideológica contra el Estado, autoridad y propiedad privada, pero por entonces con una violencia ínclita a tono con el ojo por ojo, que comenzó a estremecer a una sociedad porteña con la llegada de las oleadas inmigratorias europeas que también portaban banderas socialistas.

Violencia de arriba, violencia de abajo, violencia contra violencia como tantas veces en la historia argentina.

Violencia también con las mismas implosiones internas, como la desatada por Bartolomé Mitre –una revolución golpista- contra el recién elegido presidente Nicolás Avellaneda, en 1874.

O la propia guerra fraticida por la federalización de la ciudad de Buenos Aires, en 1880. O la mal llamada Campaña al Desierto del año anterior -un genocidio padecido por los pueblos mapuches, tehuelches y ranqueles, en especial- pagada por el tercer Martínez de Hoz del apellido –insisto: el apellido- que llegó a estos lares desde Castilla a finales del siglo XVIII.

Un Martínez de Hoz que fue uno de los fundadores y el primer presidente de la Sociedad Rural, nacida en 1876 y a cuyos recién cumplidos 150 años asistiera Mauricio Macri.

Violencia también fue el modo en que las tierras fueron pasando a manos de pocos.

No sólo pobres bajaban de los barcos. Bajaban también las ideas de esos pobres.

Por esas ideas emergieron aquí líderes y partidos, líderes como Leandro N. Alem, uno de los fundadores de la Unión Cívica Radical, en 1891 y socialistas como Juan B. Justo, médico, uno de los fundadores del partido en 1896.

Frente a ellos,  la elite predominante cuyos componentes participaban de un sistema de elección  con voto  cantado ante cuchilleros atentos y que en la mitad final del siglo XIX intentaban organizar un país con referentes  como Bartolomé Mitre, Domingo Sarmiento, Nicolás Avellaneda, Adolfo Alsina, Julio A. Roca y Carlos Pellegrini mientras iban llegando los que huían del hambre en Europa.

 Así fue hasta que cambió la historia con las revoluciones de Hipólito Yrigoyen y el coraje cívico del conservador Roque Sáenz Peña que pactó con el caudillo radical e impuso la ley que en 1912 dignificó las urnas con el voto secreto y obligatorio.

Como está dicho en el trabajo que encabeza esta tapa de Congreso Abierto, se necesitaba mano de obra, razón de la constante llegada de inmigrantes, entre los que fueron llamados y que los que llegaban espontáneamente, unos seis millones en unos cincuenta años (1880/1930), de los cuales se calcula que la mitad prefirió volver para morirse de hambre en su tierra antes que morir acá por cualquier otra razón.

Los llegados no eran los que hubieran preferido Juan Bautista Alberdi, más allá de que respondían a su consigna de que “gobernar es poblar”. Menos aún para Sarmiento para quien, encima, había que terminar con el gaucho y obviamente con el indio. Claro que Sarmiento reclama siempre una mirada  especial porque respecto de los italianos (la mitad de la inmigración) decía que primero se educaban aquí y luego volvían para educar a ”los ministros” de allá.

Y además era uno de los que, siendo senador, después de haber sido Presidente, insistía con que el inmigrante “tierra quiere”. 

Si hay algo que demuestra la  jovialidad del pueblo argentino es la evidente incapacidad de organización, motivo de su obstinado hábito de tropezar más de una vez con la misma piedra.

Y si hay un tema que lo ejemplifica es el de la inmigración. Podría decirse que los Estados Unidos –país sin nombre, según Eduardo Galeano- fueron la proliferación de ingleses nacidos y extendidos a lo largo de la coste este del norte al sur americano, entre el Atlántico y los Apalaches, donde estuvieron casi 200 años antes de lanzarse a la aventura del lejano oeste (far west), mientras que por aquí pasaron los españoles, cargaron el oro y la plata, fundaron ciudades, inseminaron y se fueron.

Los españoles que vinieron a la Argentina tres siglos después empujados por las necesidades debieron hacerlo porque las riquezas de los conquistadores no sirvieron para otra cosa en España que alimentar sus guerras por toda Europa (guerras con Francia) y generar industrias y riquezas ajenas (industria textil inglesa, madre de la Revlucion Industrial).

Esa inmigración que quiso encausar el presidente Avellaneda con su ley 817 de 1876 fue clave aun en medio de las grandes dificultades y aportó mucho a la simiente argentina, si bien no prosperaron para ella, ni tampoco para la colectividad italiana, las colonias  promovidas por esa norma.

De todas, sólo quedaron dos; la llamada San José, en Entre Ríos y Esperanza en la provincia de Santa Fe, en ambos casos con inmigrantes suizos.

Unos y otros, cualquiera sea la suerte que les haya tocado, recibieron fuertes influencias que acriollaron al gringo, al punto de hacer de un hijo de Jehová un gaucho judío, muchos gauchos judíos (2).

O como diría el tano en una parodia de sí mismo:

Mo gusta cimarroneare/come cualquier camposino,/ E com’el gaucho arquentino/ también mo gusta poliare. (3)

Miguel Pichetto no sería motivo de orgullo alguno que el descendiente de un inmigrante piamontés quiera emular al porteño unitario Miguel Cané –ese personaje nacido en la otra orilla de la patria de Artigas, la Patria Grande soñada- que al final de su carrera en su corta y activa vida logró en el Senado la aprobación de su proyecto que se transformó en la malhadada ley de Residencia, en 1902. No lo merecían nuestros abuelos, por los menos el mío por parte materna, Filomeno Fabio, napolitano, que tendió vías de subte, tranvías y tren y las quiso tanto que en un accidente de tren, en Quilmes, que ni siquiera lo tocó, murió pegado a ellas atravesado en el plexo por una herramienta.

Todo inmigrante dejó su memoria.

Por eso Pichetto no debe olvidarse de Elías, Elías Sapag, legendario senador peronista, fundador del Movimiento Popular Neuquino, que era sirio libanés, el ex carnicero con su hermano Felipe de Cutral Có.

Vaya en su homenaje y a todos los inmigrantes que llegaron a esta tierra tan generosa, de pueblo tan joven, las palabras del libanés Sélim Abou: “¿Qué importa que estas gentes venidas de los cuatro rincones del mundo constituyan, con sus descendientes, más del ochenta por ciento de la población del país? Su historia es miserable. La historia de la Argentina es la de los conquistadores y los libertadores y no la de los inmigrantes (…) Y sin embargo los conquistadores y libertadores sólo fundaron el Estado, los inmigrantes formaron la Nación”. (4)

(1) "Argentina tiene muchos problemas especialmente en el ámbito de seguridad y de migraciones donde no tenemos control tecnológico. No nos compremos un problema”. No fueron éstas declaraciones espontáneas arrancadas a Pichetto con una pregunta específica por un movilero apurado. Fueron declaraciones inoportunas y equivocadas de mucha mayor seriedad que el lapsus que tuvo en su discurso de aprobación en el Senado del tratado de la Argentina con Irán, el famoso Memorándum para intentar activar la causa judicial por el atentado a la AMIA y que sólo sirvió para ayudar a los Estados Unidos a que recuperase sus relaciones con la estratégica Irán. Alli dijo Pichetto que había que “tratar de encontrar en el diálogo las respuestas a un hecho denominado ‘atentado de la AMIA’ que les costó la vida a argentinos de religión judía y a argentinos que estaban en ese lugar”. La DAIA –no la mutual- lo acusó de "propagar una visión", según la cual "los judíos nacidos en la Argentina no serían suficientemente argentinos", lo cual, obviamente, motivó el inmediato pedido de disculpas del senador rionegrino nacido en Banfield.. Fue mucho más serio en esta ocasión porque no se desdijo de lo sostenido sin ninguna necesidad en la reunión de la Comisión de Asuntos Constitucionales cuando se evaluaban las condiciones de dos inexpertos para hacerse cargo de las tareas de inteligencia de la ex SIDE, Gustavo Arribas y Silvia Maidalani. Pichetto fue más allá y volvió a fustigar a sudamericanos “del mundo del delito” que “cometen delitos de alta complejidad” y entran “de manera legal en la Argentina” y con “doble legalidad”, añadió. Arribas arriesgó que “había que cambiar la ley de migraciones” y hasta se atrevió a proponer una policía especial. Pero lo importante no fue lo que dijo Arribas, que hará lo que le digan, sino la voz oficial del presidente del principal bloque opositor sin tomar en cuenta la posición del Papa Francisco sobre el tema cuando poco antes había dicho ante los grandes jefes europeos en la ceremonia del entrega del Premio Carlomagno de Aachen, el de mayor prestigio en el viejo continente:: "Sueño una Europa, donde ser emigrante no sea un delito, sino una invitación a un mayor compromiso con la dignidad de todo ser humano”. Ante una gran decisión de naturaleza humana, identificada con nuestra historia por parte del actual gobierno, Pichetto habló para que lo escuchara el Pentágono impulsor de instalar bases militares yanquis en la Argentina y en transformar a nuestras Fuerzas Armadas en meras policías al servicio de la política de los Estados Unidos que, dicen los especialistas, en materia de narcotráfico sólo están interesados en impedir que crezca el consumo en su propio territorio con la misma preocupación de asegurar el suministro interno porque la falta de droga allá mata también con balas.
(2) Con relación a la colectividad judía en nuestro país, de tradicional convivencia con otras colectividades e identificada con el estilo de vida argentino, no hay un solo registro que relacione con pruebas fehacientes a ningún miembro de una colectividad extranjera con los atentados a la embajada de Israel (17/3/92) ni al de la AMIA (18/7/94) ni ningún hecho de cualquier envergadura vinculado con la crisis en Palestina desde la creación del estado de Israel en 1948 en Tierra Santa, que los religiosos ortodoxos en el propio Israel no reconocen. “Antes éramos hermanos”, dicen, según puede verse por Internet. La situación se ha agravado desde que Benjamin Netaniahu llegó al gobierno de Israel, después del asesinato de Isaac Rabín en 1995, y la siguió con su retorno al gobierno con una política militarista agravada por la necesidad creciente de sumar jóvenes a su ejército de ocupación, acción fuertemente resistida por los ortodoxos con adhesiones en todo el mundo. Esa política de ocupación está en línea con la representación de la AMIA y DAIA y ha dividido posiciones entre en la colectividad y en particular entre periodistas, puja alimentada por la desmesura de los medios tradicionales en su guerra contra todo vestigio kirchnerista.
(3) Primeros versos de Come cualquier arquentino, de Omar J. Menvielle. Todo el poema de tono satírico es reproducido con las correspondientes aclaraciones por Antonio Pérez Amuchástegui en Mentalidades Argentina 1860/1930. Eudeba, Ed. Colihue, 1988.
(4) Inmigrés dans l’autre Amérique, Paris, 1972, cita en Historia genealógica argentina, de Narciso Binayaaán Carmona, Emecé, 1999. Pag. 16. . .