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LA DEUDA Y LAS ARMAS

A treinta años del escándalo del "diputrucho", el Congreso de la Nación se sumergió en un debate histórico sobre el apátrida y repudiable préstamo del FMI a Mauricio Macri como el mal menor pero tormentoso y desgarrador para un pueblo empobrecido  que deberá pagarlo como  lo hizo con la deuda privada contraída en dictadura por millonarios, merced a los servicios de Domingo Cavallo. La Argentina, hoy, en su propia guerra contra la injusticia y el hambre.

Por Armando Vidal

Hace treinta años, el 26 de marzo de 1992, en la Cámara de Diputados de la Nación, los periodistas parlamentarios evitaron que falsos diputados votaran la privatización de Gas del Estado, de lo cual hay mucha información en este mismo sitio. En síntesis, una pirateada descubierta  in fraganti y reconocida por uno de ellos en el mismo recinto, motivo por el que esa desmesurada acción jamás vista en el Congreso se conoció en un primer momento como “el diputrucho”.

Fueron varios más (ver Grandes Escándalos). A la semana siguiente se votó la ley como correspondía sin que a la cúpula de la bancada justicialista se le cayera la cara de vergüenza.

Ese capítulo con el voto popular de diez años, el menemismo,  de raíz peronista y  encabezado por  un caudillo  simpático y falaz, tres lustros después lo retomó una la banda organizada en torno de un medroso y protegido empresario deshonesto.

Lo que hizo Carlos Menem con las privatizaciones que despanzurraron al Estado y su “relación carnal” con los Estados Unidos, lo profundizó Mauricio Macri, cargándole además la pesada deuda con el FMI para maniatar a la Argentina al imperio del norte.

Si “la Argentina se da todo los gustos”,  como bien decía con relación a la irrupción de Menem, el querido compañero de Clarín, Oscar Raúl Cardoso, uno de los mejores periodistas argentinos de todos los tiempos fallecido el 1º de julio de 2009, la aparición de Macri como presidente de Boca Juniors, luego diputado nacional por un rato (mutis en la banca cuando iba, si iba), después jefe de gobierno porteño (la antesala por la que había pasado sin problemas Fernando de la Rua) y después Presidente de la Nación, más que un capricho criollo como el caso de Menem  fue más bien una oba diseñada por el poder de facto.

Algo así como la revancha de los que derramaron lágrimas, como diría Rodolfo Puiggros, cuando los patriotas echaron a los ingleses en las invasiones de 1806 y 1807.

El nexo con el presente, que va completando la historia de los primeros cuarenta años de democracia que se cumplirán el 10 de diciembre de 2023, fue el par de años del fracasado gobierno de la Alianza de De la Rúa y la transición  para completar su mandato con la semana del pasajero Adolfo Rodriguez  Saa y el resto a cargo de su boicoteador Eduardo Duhalde.

Siguieron los doce años del kirchnerismo peronista, primero con Néstor Kirchner, iniciado en el 2003, seguido con los dos mantados de Cristina Kirchner, tras lo cual  por errores propios de candidatos elegidos por ella y aciertos ajenos, con el estímulo de la prensa dominante y la embajada, llegó Macri para complacer pedidos.

Hoy, una guerra distante y ajena acrecienta los dilemas de un gobierno, el de Alberto Fernández,  surgido de la emergencia de frenar al macrismo en el 2019, acierto clave de Cristina, para  enfrentar el desastre que dejó Macri.

Herencia macrista, pandemia y Rusia enojada y a joderse, se diría en buen castellano.

Mientras se dirime el desafío de las acciones rusas  ante tanto silencio e indiferencia a las palabras de Vladimir Putin en cuanto a que Moscú no podía quedar a tiro de cañón de Ucrania al servicio de la OTAN y los Estados Unidos, la Argentina se metía de cabeza en la búsqueda de atenuar  en lo posible los estragos de una deuda  contraída para sumisión  del pueblo que debe pagarla, incluyendo a los  chicos que todavía no nacieron porque sus padres están en un jardín infantil o jugando en el barro de alguna villa.

Meses en búsqueda de un acuerdo con el FMI, finalmente logrado, y un Congreso de la Nación que nunca había tratado una propuesta concreta en materia de deuda externa pese a ser una potestad concedida por la Constitución Nacional desde 1853.

La decisión de abrir ese camino fue propia del gobierno de Alberto Fernández porque sometió lo acordado a la aprobación de ambas Cámaras como si fuera un tratado entre naciones pero con forma de proyecto de ley, lo cual admitía modificaciones de ser menester.

No es la primera vez que un conjunto diverso de ideologías e intereses de hombres y mujeres, hoy 257 diputados y 72 senadores, se encuentran en un trance expectante y tenso, como algunos proyectos de dura puja entre oficialistas y opositores, caso de la ley gremial de 1984 o las relacionadas sobre los alcances del principio de “obediencia debida” por los crímenes de la dictadura militar de 1976, como así se la llamaba en el siglo pasado pues ahora se la define con mayor precisión como dictadura cívicomilitar. Y no sólo  por la influencia de un ministro influyente, como José Alfredo Martínez de Hoz, sino por el entramado de civiles en las acciones previas y posteriores, con el apoyo natural de la prensa tradicional.

Pero ésta fue la primera en tratar lo acordado por parte del PEN.

¿Cuál  fue la primera vez  que se debatió a fondo el tema de la deuda y única hasta hoy? Fue en el gobierno de Nicolás Avellaneda, en una sesión que insumió los días 18, 21, 23 y 25 de agosto de 1876.

La revista Estrategia, publicó un suplemento de 195 páginas, con formato de libro, titulado: “Protección a la Industria Nacional, Debate de 1876, Cámara de Diputados de la Nación”, cuyo editor y prologuista de la obra era el general  Juan E. Guglialmelli, un especialista en temas geopolíticos.

Sí, la deuda externa es un arma estratégica en manos del enemigo, que los cipayos usan contra sus pueblos.

Como hizo Macri.