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MEMORIA Y POLÍTICA EN TIERRA DE TERREMOTOS

¿Hay una idiosincrasia de montañés en los políticos de la región andina, sujeta a los enojos de la Tierra? ¿Vivir en zona de fricción que genera terremotos diferencia a sus políticos de quienes viven en el llano? Las preguntas son parte de una experiencia en San Juan, inolvidable para quien escribe

Por Armando Vidal

El Instituto Nacional de Sismografía está en San Juan porque en San Juan es una zona sensible al roce de dos placas de las siete sobre las que se asienta la corteza, espacio que libera energías generadora de sismos, también llamados terremotos.  Es lo primero que hay que conocer.

Uno de ellos destruyó la ciudad capital y borró en minutos, con la complicidad de fuertes lluvias durante varios días, valiosos documentos históricos.

Desde esa noche del 15 de enero de 1944, San Juan viene haciendo grandes esfuerzos para recuperar y preservar su memoria.

Un estado de toma de conciencia que un viaje reciente a San Juan de quien escribe ha podido comprobar. O, al menos, cree haberlo comprobado.

Pero si ese es el significado que ha tenido sobre su pueblo la dimensión de la catástrofe, -que se repitió, aunque acotada, en 1977-, ¿por qué no ha marcado diferencia en su clase política?

 ¿Es lo mismo un diputado o senador sanjuanino en el Congreso de la Nación que otro diputado o senador de cualquier otro distrito?

¿Es lo mismo vivir y elegir seguir viviendo en un lugar que puede partir nuestro piso o derrumbar nuestro techo?

La pregunta para quien se precia de ser uno de los argentinos que más discursos políticos escuchó en su vida –horas de palco tomando apuntes como quien lo hace en la Universidad- llevaría a contestar que las diferencias no han sido expresadas.

Que la muerte de 10 mil sanjuaninos sobre una población de 90 mil hace casi setenta años no significó nada en el temple de ese pueblo y, por ende, de sus políticos.

Seguramente sus legisladores en el Congreso alguna vez hablaron de la dimensión del drama, especialmente por parte de quienes fueron contemporáneos del hecho como, por ejemplo, el médicol desarrollista don Américo García, gobernador de San Juan entre 1958 y 1962, senador nacional en 1973/76 y a quien el autor de estas líneas recuerda con mucho aprecio por su inteligencia, sencillez y don de gente.

O Leopoldo Bravo, bloquista, también gobernador en su momento (una por las botas, otra por los votos), a quien recuerda por su enfática advertencia como senador nacional, en 1993, acerca del error de terminar con la elección indirecta de la fórmula presidencial porque iba a consagrar al cordón del conurbano bonaerense como el gran elector, como en efecto ocurrió.

Fue en los largos debate de ese año –se cumplen veinte en noviembre, con un antes y un después del Pacto de Olivos- en torno de la ley que declaraba la necesidad de la reforma constitucional. Una reforma que, dicho sea de paso, habría que reformar (apunte al margen de toda especulación sobre Cristina Kirchner).

Pero no marcaron diferencias que se recuerden.

Los peronistas sanjuaninos tampoco lo hicieron como si el terremoto de San Juan fuera sólo aquella circunstancia que en 1944 permitiera que Perón conociera a Evita en el festival solidario realizado en el Luna Park.

¿Por qué no hay una idiosincrasia de montaña en un pueblo de montaña como el sanjuanino, al menos expresada en el discurso político?

¿Es por miedo a asustar turistas? ¿Tan cobarde es el turismo? ¿Quién lo dijo? Si en efecto fuera así, ¿cuántos militantes de la argentinidad, donde confluyen millones de argentinos, irían a cambio?

El ahora gobernador de San Juan, que fuera diputado y senador, José Luis Gioja, tampoco dejó en el recuerdo del debate parlamentario el sello de esta condición de ser distinto por ser parte de una naturaleza distinta al llano.

En cambio ahora, en su función, este hombre de 63 años, parece remarcarlo con sus actos y no sólo por dar franco provecho a la explotación minera –depredación aparte- sino porque todos los años se sube al caballo y se pone al frente de una marcha evocativa del cruce de San Martín por el paso de San Juan que fue por donde lo hizo el ilustre General.

Un modo de plantear un nuevo relato de la historia pero poniéndole el cuerpo a la causa.

¿O es una falsa visión de este editor decir que San Juan le está disputando palmo a palmo el protagonismo cuyano a su hermana Mendoza?

Aquí corresponde agregar que tampoco los mendocinos se han asumido en el plano que aquí le estamos reclamando a San Juan pese a que el 20 de marzo de 1861 la ciudad de Mendoza fue destruida por un terremoto que mató a un tercio de su población estimada en 18 mil habitantes.

* Una imperdible clase 

En el Instituto Nacional de Prevención Sísmica, única sede para todo el país funciona en San Juan desde su creación en 1972 (1), la Ing. Silvana Bustos, especialista en estructuras, da una especie de clase a una treintena de turistas sobre la materia en cuestión, comenzando por el rechazo de toda la mitología en torno de los terremonos, “un fenómeno natural no previsible”, aclaró, lo cual, de entrada, pone en duda el propio nombre del organismo que depende del Ministerio de Planificación de Julio De Vido.

Los terremotos no tienen nada que ver con el clima, con la luna, con el verano ni con las represas, añadiría después ante una de las preguntas. Más bien la prevención estaría referida a no relajarse que es lo que hace la gente, aclaró, en ese espacio impredecible que hay entre los sismos fuertes. Dicho en otras palabras: si los sanjuaninos, para hablar sólo de ellos, hacen caso omiso a las recomendaciones y en caso de un temblor salen todos corriendo de un supermercado, la tragedia la generan ellos. Hay que ejercitar experiencias para no olvidarlas,  como en Japón. Así también aprenden los turistas.

Bustos sí habló de un cambio de mentalidad, después de lo acontecido en San Juan, ya que a los 28 años nació el Instituto, cuya importancia está relacionada con la supervisión de obras públicas en todo el país y, además, de la construcción casas y edificios en zonas sísmicas. Las exigencias de construcción y materiales son mayores a medida que involucran la vida de gente: más gente, mayores exigencias.

A ello atribuyó que el fuerte terremoto del 23 de noviembre de 1977 –que se sintió hasta en la Capital Federal- y que tuvo epicentro en Caucete, sólo haya generado 65 muertos sobre en población de 300 mil personas.

De todas formas, las construcciones de adobe no pueden erradicarse sino es con la intervención de sus ocupantes.

En ciudades como Jachal se ven esas casas altas –unos seis metros- pensadas para enfrentar el verano, las mismas que se derrumbaron sin resistencia en la ciudad de San Juan.

Entre 30 y 50 movimientos registran por día los sismógrafos, un monitoreo constante.

“Todos los sismos son distintos”, señaló Bustos luego de enseñar la naturaleza de las direcciones que toma esa liberación de energía que se filtra en la zona de junta de las placas y emerge por por una falla en la corteza.

Vienen primero como un impacto directo y luego con ondas hacia uno y otro lado. Un impacto directo bajo nuestros pies y luego tironeos hacia izquierda y derecha o al revés.

¿Qué hacer ante lo inevitable? ¿Correr a ponerse bajo el marco de una puerta? No, eso es atávico y viene de esas casas de barro donde lo único firme es el marco, explicó. Mejor zambullirse bajo una mesa o la cama para cubrir el cuerpo de algún artefacto que se desprenda de la casa, desde el techo o muebles.

En cualquier otro lugar, tirarse al piso y cubrirse la cabeza con brazos y manos.

No bajar escaleras porque los escalones se mueven, ni pensar en el ascensor que nos dejará colgados, no correr, nunca correr.

¿Y qué más hacer? Simplemente contar…

Contar ayuda a estar concentrado en la lucha por la resistencia, a no prestar atención al espantoso ruido que semejará un rugido de la tierra, a los gritos vecinos, al estallido de los vidrios, a los armarios y sus contenidos que se precipitan sobre nosotros.

Contar:

1,2,3,4,5,6,7,8,9,10,11,12,13,14,15,16,17,18,18,20,21,22,23,24,25,26,27,28,29,30,31,32,33,34,35,36,37,38,39,40.41.42.42.43.44.45.46…ya está, ya pasó.

Fue lo que duró el terremoto de San Juan.

Aplausos, salimos del salón, la ingeniera nos llevará a la gran cabina de los sismógrafos que están tomando los latidos del corazón de la tierra que pasan como esas rayitas de los corazones humanos, tras lo cual nos despedimos de la ingeniera Bustos, que ya nos parece una hermana, para subir al micro que nos llevará al Museo de la Memoria Urbana.

Gran servicios turístico de la Municipalidad de San Juan, que conduce el menor de los hermanos Gioja, que fuera diputado nacional, de bajo perfil.

* Otra gran lección

Llegamos. Gran salón, fotos del San Juan que el terremoto se llevó, incluyendo la de los diarios que dieron cuenta del hecho, objetos, en fin, todo más o menos presumible y por ende de relativo interés.

 - Señores, terminará esta experiencia para completar lo que han conocido con explicaciones y documentos con este último paso que consiste en que puedan sentir algo de lo que sintió el pueblo de esta ciudad la noche del 15 de enero de 1944. ¿Quiénes quieren ser los seis primeros? - dijo un guía del Museo.

- Los mayores- respondió el que escribe y avanzó decidido con su mujer que no tiene miedo a nada. Luego giró la cabeza y les dijo a la rama jovial del contingente.

- Si gritamos, no entren.

Los pibes rieron.

Los seis entraron a un cuarto especial y oscuro como una enorme caja y tomaron asiento en la única hilera de sillas contra la pared, uno al lado del otro, algo se cerró del todo y, tras ello, se encendió al frente tiene una pantalla como un plasma grande de TV. La imagen parecía clavada en la Catedral iluminada, como aquella noche. Silencio. Quietud. Un perro va atravesando la escena que estamos mirando como desde una ventana. De pronto ruido, un ruido más fuerte, un respingo bajo el asiento, gritos de otros llegados desde algún lugar, un salto en el piso, más fuerte, se mueve todo de un lado a otro, estallan vidrios, gritos, tiembla la Catedral, tañen obligadas las campanas, más fuerte, más fuerte, gritos,  imposible contar, tremendo crujido, se quiebra la parte superior de la Catedral, más ruido, más fuerte los movimientos, gritos, cae una de las campanas a la calle…se cortó la luz, silencio, oscuridad, ya todo pasó.

Silencio en los seis espectadores. Salen y se van dispersando mientras ingresan los primeros chicos al cuarto del simulacro. El mayor de los adultos se queda y escucha los gritos que atraviesan las fuertes paredes. ¿Gritos como en la montaña rusa?. Allí salen esas chicas y chicos adolescentes, no rien, parecen serios y volvieron callados al ómnibus, donde todos tuvieron que esperar al abuelo.

¿Qué hacia? ¿Fue al baño?

No, fue al libro de visitas y en lugar de felicitar al Museo, como era su intención, terminó descargando su bronca contra los políticos sanjuaninos por no  haber dado señales en el Congreso de que algo habían aprendido de tanto, tanto dolor en San Juan.