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VA LLEGANDO LA HORA DE COMENZAR A SUMAR

A veces, una mirada íntima, confesional y creativa dice más que un buen discurso, como parece demostrarlo este joven dirigente de la actividad industrial en este texto, inspirado en un jubilado que piensa en grande, como San Francisco de Asís. 

Por Mario Derch (*)

Si una cámara de cine enfocara un espejo y si ese espejo reflejara el rostro de un abuelo argentino, una expresión combinada de años y cansancios mostraría una mirada sobre diarios, conductas y libros como quien hurga en búsqueda de alguna luz.

Hay lágrimas secas seguro, después de tanta vida, en esos ojos resguardados por lentes gruesos pero, luego, también cierta sonrisa cuando el viejo jubilado del ferrocarril, la industria, el comercio o el magisterio, cerca ya de su propio silencio, se detiene en uno de esos libros, el Cántico al hermano de San Francisco de Asís, expresión suprema del amor.

Piensa en sus nietos, en su hijo que empezaba a arrancar después de tanto esperar ese crédito.

Piensa si en el país de hoy, existe alguna posibilidad de sumar lo mejor de cada uno a su dirigencia, rural, industrial, financiera y política, cambiándola, porque así no va más; quien debería ser la “oposición democrática” se transforma en el “contra-gobierno- permanente” se dice a sí mismo.

Debemos darnos la oportunidad para descubrir también lo positivo, de abandonar los objetivos pequeños, personales y mezquinos que boicotean los destinos de la Nación y su gente.

Ya lo vivimos en 2001 y estallamos en llamas y hubo muertos.

Hay que volver a descubrir aquello que el austero franciscano encontró en la belleza de los "dientes blancos del perro", cuando otros sólo reparaban en la degradación del espectáculo de la muerte del pobre animal.

Y sonríe el jubilado ante la ocurrencia de la metáfora, que hay que llenar de "dientes blancos" a ese pensamiento retrógrado y eterno que ya tiene más años que él. Y esta democracia con casi tres décadas es todavía un contundente fracaso colectivo, comenzando por el papel de los grandes medios de comunicación y, luego, de políticos y dirigentes como éstos que agreden y no proponen.

¿No habrá que revertir la construcción de un sistema transparente y representativo para tomar como base lo que suma y no lo que resta?

¿No es hora, no es mejor, que un legislador que nos cuesta millones, sea elegido por su trabajo? Y no que aparezca de sorpresa en una lista interminable e inapelable por el sólo “mérito” de haber impedido el trabajo de los demás deteniendo el país.

En términos históricos, ¿podría verse como el mejor legado de Juan Domingo Perón que, a dos meses exactos antes del fin de su azarosa vida política, haya expuesto ante la Asamblea Legislativa del 1° de mayo de 1974 que a los argentinos los unían más cosas que aquellas que los dividían?

¿No habrá sido lo mejor de Ricardo Balbín haber saltado aquella tapia en 1972 para abrazarse con el viejo enemigo y poner fin a la partición del pueblo argentino, que había signado las dos primeras gestiones de Perón?

¿Y de allí para acá, en democracia, qué fue lo mejor de cada gobernante y de cada una de estas personas, argentinos también, que nos representan en todas sus variantes?

¿Qué es lo mejor, único, profundo, de los que se perfilaron al fin y al cabo como hacedores del derrumbe argentino y hoy vienen por más?

Ojalá pudieran decirnos mirándonos a los ojos qué fue lo mejor que hicieron, estos dirigentes o políticos eternos, nostálgicos serviciales al retorno de épocas de concentración de riqueza y exclusión de los menos favorecidos.

Así imagina el abuelo, que con la misma pregunta, podría comenzar y finalizar su reclamo. En el medio está su misión de hallar la clave de tanta humillación colectiva en la parte que le corresponde a esta dirigencia que rápidamente se asoció a los autores del agravio y silbatina a Alfonsín, en un viaje imposible hacia su propia conciencia.

Al final, con el Cántico al hermano en sus manos, mira de pie a la generación intermedia que representamos, y con generosa preocupación ruega que no nos confiemos como él.

Que no basta con ser honesto, trabajador, buen padre o emprendedor.

Que actuemos y estemos alertas, “porque esta gente te roba la vida” dice a su parecer como conclusión, tras lo cual, el libro con la obra del santo vuelve al estante de la modesta biblioteca y a las penumbras de la incertidumbre de un futuro, que ya no está en las manos de este abuelo.

Está en las nuestras.

(*) Presidente de la Confederación General de la Industria