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LOS MIEDOS DE AYER Y LAS CACEROLAS DE HOY

La política, como pasión, en un clima de intolerancia promovida por las partes, divide como pasó con el primer gobierno peronista.  El Cuervo Andrés Larroque, con su discurso en Diputados, generó lo que aquí se cuenta.

Por Armando Vidal

Desde los tiempos del gobierno de don Juan Manuel de Rosas (1835/1852), política, poder, periodismo y pueblo fueron parte de profundos y patéticos pasajes en nuestra

historia. La irracionalidad se halla en la misma cimiente de Mayo (fusilamiento en 1810 de Santiago Liniers, el héroe de la lucha contra los ingleses en las invasiones inglesas) y en el capítulo inaugural de la organización (fusilamiento en 1828 de Manuel Dorrego por Juan Lavalle).

Hechos y palabras que son hechos se desparraman generosamente sobre un campo ya bicentenario que va definiendo su identidad de raíz hispana, quizás mejor que cualquiera de la ex colonias del gran imperio de España donde nunca se ponía el sol, hoy aferrada a las estribaciones de Europa.

Si los hechos pegan en los cuerpos, las palabras pegan en los espíritus que empujan a los hechos. Por eso hay que cuidar el uso de las palabras. Cuanto más alto sea el ámbito institucional o de poder que se pronuncien, más deberán ser palabras pensadas.

Van ahora algunas precisiones para nuevos lectores: el que escribe trabajó muchos años en Clarín y apoya decididamente la aplicación plena de la ley de medios audiovisuales. Mantiene a distancia su relación con el Congreso, alimenta esta página en la que no quiere avisos y suele ser consultado sobre asuntos parlamentarios debido su larga experiencia.

El jueves 1º de noviembre, por la tarde, lo llamaron desde la producción de Telenoche y aceptó que una cámara registrase su opinión acerca de lo que el día anterior, en el debate sobre la ley que concede el derecho a votar a menores de 16 años, había tenido por protagonista al diputado K Andrés Larroque. Su iracundia y falta de tacto pusieron en peligro la aprobación de la ley ya que sus palabras terminaron arrojando del recinto a radicales y socialistas, entre otros, que estaban dispuestos a votar en general la ley que reclamaba 129 votos afirmativos, o sea una mayoría especial.

Ese jueves, por la noche, en una clase de tango en un centro deportivo de Barracas, donde el veterano escriba hace de variador (que es quien en el baile saca a mujeres para que los hombres vean ellas cómo bailan por aquello de "no saqués paquetes que dan pisotones...") cumplió el ritual con un ojo en la pantalla del televisor. Y llegado el anuncio del tema dejó todo y se sentó junto a una barra de muchachos que venían de jugar al fútbol y un canoso que les hacía comentarios a medida Larroque entraba en calor.

- Tiene razón, tiene razón-, decía el canoso como para subrayar el pasaje en el que el dirigente de La Cámpora afirmaba que los radicales no podían manejar ni una calesita.

Y siguió apoyando otra palanganada de Larroque, que el milonguero en cuarto intermedio del otro lado de la mesa miraba más que escuchar porque entre la música, los muchachos y el canoso - que a esa altura se había agarrado con los viejos que había en el Congreso-, el barullo era muy grande.

De pronto, en pantalla, con la misma camisa, los mismos anteojos y la misma cara aparece el milonguero en cuarto intermedio. O sea el fulano que el canoso tenía casi al lado.

- No ven que son todos unos viejos, ¡ése tiene como ochenta años!- dice el canoso.

- ¡Setenta!-, lo corrigió con tono muy fuerte el de la tele que tenía sentado a un metro y medio, sin que el canoso acusase recibo alguno.

El hombre que está en la tele sigue allí sin que nadie lo escuche, ni siquiera él que está sentado tratando de escucharse cuando el canoso exclama:

- ¡Los políticos son todos iguales!

-- ¡Ese es periodista!--¡, le aclaró también con un grito, sin que ni el canoso ni los muchachos lo mirasen siquiera, que era lo que el veterano pretendía para darles la noticia del que el de la tele estaba allí, con ellos. Era para reir juntos y no para discutir nada.

De inmediato, todo terminó y él volvió al tango con la impresión de que si nadie lo había mirado ni respondido había sido para evitar algún entrevero. O sea que había sido confundido con un provocador. Y para colmo, sospechado de gorila.

Una semana después, jueves 8, en la noche de la protesta anti K, en el mismo lugar, luego de la clase de tango, el periodista-milonguero comía con familiares y amigos cuando vio Página /12, diario que tenía su hijo y cuya tapa exhibió para compararla con la de Clarín que no tenía a mano.

Fue entonces a pedirle el diario al bufetero, quien le dijo que lo tenía un señor que estaba en otro sector con su familia, a quien el propio interesado fue a buscar y que gentilmente cedió el ejemplar apenas se lo pidieron.

La explicación de por qué se lo habían pedido la dio después  el propio solicitante:  cotejar el modo drásticamente diferente que ante un mismo hecho –nada menos que el resultado de las elecciones presidenciales norteamericanas- habían hecho Página /12 y Clarín. Página porque había dado toda la tapa al triunfo de Barack Obama del martes 30 (el 31 no hubo diarios), con el ingenioso título de Renovación y Cambio, mientras que Clarín solo le había concedido una minúscula y tangencial referencia, en un rincón, abajo, con el título de Obama dijo que escuchó a quienes lo votaron.

- Clarín, miente-, dijo el señor con tono de chanza.

- Peor fue en las elecciones de 1976 cuando ganó James Carter, que eran lo que decían todos los diarios al día siguiente, salvo Clarín que tituló: Reñida elección en los Estados Unidos-, apuntó el hombre que devolvía el diario.

Volvió entonces a su mesa donde se enteró por su mujer que el hombre amable con el que acababa de hablar era el mismo canoso del jueves anterior.

Lejos, transcurría para todos la promocionada marcha de las cacerolas.