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NAGUIRETAZO

Un lengua suelta en el Estado siempre será bien recibido por la prensa pero difícilmente por el gobierno al que pertence. Aquí se cuenta lo que un funcionario dijo donde no correspondía ni como correspondía

Por Armando Vidal

Todo empezó en una conferencia en la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos, del barrio porteño de Belgrano, en agosto de 1995. Allí, el entonces titular de la secretaría de Lucha contra la Drogadicción, Alberto Lestelle, incurrió en lo que sus contrincantes siempre esperaban de él: soltó su lengua.

Dijo como si hablara en la intimidad con alguien de su confianza y no en un auditorio de gente desconocida que en el Congreso había legisladores que “están toda la noche dormitándose en sus bancas y de pronto explotan como una bomba, con un discurso magnifico.

Seguro que antes –especuló- pasaron por el baño a darse un nariguetazo de cocaína`.Las afirmaciones, que quedaron registradas en el grabador de un periodista, serían su epitafio político. Tuvieron amplia repercusión en los medios, siempre ávidos de sangre del Congreso.

Hasta ese momento, Lestelle llevaba seis años al lado del presidente Carlos Menem y mantenía varios frentes de pelea, entre ellas una muy dura con el diputado radical Juan Pablo Baylac, otro amante de los revuelos.

Lestelle conocía bien la Cámara ya que había sido diputado del peronismo renovador en el período 1985-1989, en tiempos cuya voz más calificada en los debates por su generalmente originales enfoques como opositor era la del joven médico y presidente del bloque, José Luis Manzano.

En enero, siete meses antes de las escandalosas afirmaciones del otrora farmacéutico de Olavaria,, el presidente de la Biblioteca del Congreso Nacional, el diputado del PJ, Lorenzo Pepe, le había requerido que investigase un posible accionar de narcotraficantes en las mismas instalaciones de la Biblioteca, dentro del Palacio del Congreso.

Lestelle asumió la tarea y dispuso que un agente encubierto apareciera por el sector como un empleado nuevo, cometido en el que insumió varios días hasta que le dejó su informe por escrito. Los responsables eran empleados de bajas categorías, unos pillos que, como tantos, navegan sin reservas morales en las aguas de la política y llegan al Congreso (la Biblioteca y la Imprenta son sus puertas más grandes).

Por sus dichos en la Sociedad Italiana, Lestelle debió concurrir al tiempoa la Comisión de Asuntos Constitucionales de la Cámara, donde nadie lo defendió, ni siquiera los legisladores oficialistas. Tampoco él mismo.

Entre los diputados que lo despellejaron estuvieron su archienemigo, el bahiense alfonsinista Baylac y el frepasista Chacho Alvarez, todavía de filosa lengua que el paso del tiempo iría menguando.

Lestelle dijo que “entre el honor y el escándalo me quedo con el honor” que así, sin justificación alguna, pareció una frase para otra clase de contexto y, sobre todo, para otra clase de personaje.

Sin embargo, habrá que reconocerle que en lo que concierne al escándalo tenía razón porque de haber apelado al informe confidencial del agente encubierto fechado el 14 de octubre de 1995, que tenía en una de las tres carpetas que llevó a la reunión, el Congreso habría agravado su creciente desprestigio derivado de las privatizaciones de las que fue responsable por obra del menemismo.

No lo hizo, habló como para el bronce, tomó las carpetas y se retiró.

Ese mismo día presentó su renuncia al cargo y se fue de la política. /