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DICEN QUE LAS VACAS VIAJAN MEJOR QUE EN TBA

Otra pintura llena de color, aroma y paisaje misionero de un ex diputado escritor que cuenta cuán más grato es viajar como realmente lo hacen los animales. Historia, política y humor con un trasfondo actual.

Por Héctor H. Dalmau

En 1967 hacía como un año que desgobernaba Juan Carlos Onganía y la cosa en materia salarial, como con todos los gobiernos, se ponía cada vez más fulera.

Una tarde que venía del pueblo, Campo Ramón, se me ocurrió parar en lo que llamábamos la cantina, un almacén de ramos generales, que no eran tan generales, porque el dueño sólo tenía mercaderías para los peones que trabajaban en sus chacras cubiertas de

yerbales y plantaciones de té, incluyendo a los peones golondrinas que contrataba en los tiempos de cosechas.

Un mercado cautivo, como se dice.

Conversando con él, especie de Patrón Costa de bolsillo, me propone que le cambie mi estanciera IKA, que ya tenía casi diez años, por un camión Studebaquer, modelo 1942, que él usaba poco para acarrear en la madrugada a sus peones a los yerbales y teales y traerlos al atardecer con lo cosechado.

Lo comenté con mi mujer que no se entusiasmó mucho ya que la estanciera, si bien significaba un gasto, era lo único que disponíamos para salir por lo menos una vez por semana a hacer las compras a Oberá, a unos 22 kilómetros.

Esa noche me la pasé haciendo cuentas, y luego de asegurarle que si me salían bien las cosas pronto podríamos comprarnos un auto mejor y, si era lo contrario, venderíamos rápidamente el camión para comprar otra estanciera, decidí hacer la operación.

Al otro día hicimos el trueque con el poderoso terrateniente y al amanecer del siguiente ya estaba en su establecimiento, dispuesto a llevar a lo que se denomina la cuadrilla, compuesta por ocho o diez familias de cosecheros, con sus hijos de cualquier edad y sus ollitas de hierro de tres patas, para hacer su reviro ( una mezcla de de harina grasa y sal), que todavía es el alimento principal de esos trabajadores de los yerbales.

La cosa funcionó más allá de algunas fricciones con quien pasó a ser también mi patrón. Fue a partir del momento en que me di cuenta que estafaban a los peones con el peso de lo cosechado en los llamados “ raídos”, o sea a las grandes bolsas llenas de hojas verdes, en el momento en que los trabajadores ya estaban atraídos por las botellas de vino que esperaban abiertas sobre el mostrador.

Ellos no se fijaban en esa tarea que hacían los capataces. Yo, sí.

De modo que, pese a eso, yo podía ser camionero de la yerba y, al mismo tiempo, director de escuela.

Con volante ganaba cuatro veces más que con el guardapolvo blanco en la escuela de Campo Ramón.

Pasados sesenta o setenta días, se terminaron para mi familia los viajes a Oberá en camión, porque pude comprarme en cuotas muy fáciles de pagar otra estanciera un poco más moderna.

Por primera y única vez en mi vida pude tener unos pesitos ahorrados en un banco.

* Gambeta de la suerte

Fue entonces cuando el diablo metió la cola. Es que yo, además, era basquetbolista, deporte en el que por mi adecuada estatura para driblear a la altura de la cintura de los gigantes, me había permitido destacarme al punto de integrar el seleccionado de Misiones.

En esa etapa me designaron para representar a Oberá en su seleccionado en el campeonato provincial lo que me permitió reencontrarme con con viejos amigos que no veía desde que había abandonado la ciudad de Posadas, en 1958.

Entre ellos, uno que era dueño de una especie de frigorífico en Aristóbulo del Valle, población distante unos 50 kilómetros de Campo Ramón. Este amigo al enterarse de que tenía un camión, me propuso que trabajara para él, transportando vacas que llegaban en tren desde Entre Ríos. Un buen negocio, y mucho más porque él me ofrecía venderme en cuotas un camión Dodge gasolero con jaula, que lo pagaría en menos de un año.

Terminado el campeonato hicimos la operación, y comenzaron los trámites de la transferencia y habilitación del rodado a mi nombre para ese tipo de cargas.

Allí comenzaron mis pesares económicos, que hasta hoy me duran, ya que para habilitar a esa bendita jaula, pagué más coimas que las que se pueden guardarse en un baño, tanto en oficinas provinciales cuanto en las municipales, tanto en Posadas, como en Oberá y Aristóbulo del Valle.

Casi un mes después pude salir con todas las autorizaciones e indicaciones para poder transportar animales en pie destinados al consumo humano. Pero de acuerdo con las medidas de la jaula, sólo podía cargar en cada viaje únicamente una docena de vacas, lo cual ya no me resultaba tan beneficioso. Si llevaba caballos podría sumar uno más y treinta si los transportados eran cerdos.

A estas limitaciones se agregaban una serie de obligaciones para preservar el buen estado de los animales capaces de desanimar al cuatrero más pintado. Pese a todo con motivo del primer viaje, acompañé al muchacho que había contratado para manejar el camión a la estación de Posadas y llevar al frigorífico de mi amigo las primeras doce victimas de la dieta alimentaria de la región.

Era un viernes a la tarde, cuando llegamos estábamos en el lugar número doce de la cola de camiones prestos a cargar a esos cuadrúpedos, es decir que dejamos el camión cuidando el turno y nos fuimos a la casa de mis padres a comer y dormir hasta la madrugada.

Cuando volvimos nuestro lugar en la fila había pasado ser el veinte, ya que los colegas camioneros cada vez que venía un amigo apretujaban sus vehículos para acomodarlo delante del nuestro. A la una de la tarde, casi al cierre de horario de cargas, entre discusiones y cometas, pudimos cargar tan solo diez vacas, porque, nos dijeron, debíamos dejar lugar entre ellas para que pudieran distender sus músculos... y que patatín y que patatán.

Finalmente, salimos.

Fuimos de nuevo a la casa de mis padres a comer algo antes de encarar los 150 kilómetros que nos esperaban, con tan sólo 40 de asfalto. El resto era de tierra colorada, polvorienta, serpenteante, con dos millones de subidas y bajadas.

Estábamos en pleno almuerzo cuando un vecino vino a pedirme que corriera el camión, porque los animalitos, que no eran palomas, se habían dedicado a satisfacer sus necesidades fisiológicas.

El espectáculos de las veredas y el olor me dieron más asco que algunas fotografías de políticos y mientras mamá ya lavaba las veredas, emprendimos la travesía, que sería digna del más complicado Dakar.

El trayecto asfaltado se realizó sin problemas tanto que mientras yo manejaba mi acompañante, les servís el catering a las pasajeras en su viaje al matadero.

Pero en la primer subida terrada, las vacas que viajaban con cierta holgura entre ellas, por haber cargado dos menos ¡...pafate!, se fueron todas para atrás, haciendo que la trompa del camión diese un brinco.

Peor fue al bajar, con lo cual entendimos que si seguíamos así, esos animales llegarían no aptos para la faena. Si eso pasaba, el responsable que debía pagar la pérdida era yo.

Luego de pensar bastante, decidimos dividir la jaula con varas de la selva, dejando un espacio en el medio. La intención era que fueran más apretadas en ese camino tan ondulante.. Ese discontinuo andar llevaba una media tarde cuando ¡... oh sorpresa!, una de nuestras ya odiadas pasajeras se había acostado, con lo cual corría el riesgo de que las otras la pisaran.

Había que convencerla de que lo mejor para ella y para nosotros era que se parase. Hicimos de todo para logarlo y la infame nada. Hasta llegamos a levantarle la cola para hacerle sentir el calor ( sin quemarle un pelito), de una especie de antorcha de yuyos secos. Nada. Entonces optamos por hacerle con más varas de la selva una especie de compartimiento individual.

Sucios, sudorosos y muy cansados fuimos hasta uno de los tantos arroyos que existen en camino y nos bañamos, cual la Coca Sarli en  El trueno entre las hojas. Ya de vuelta al camión, casi al anochecer, nos encontramos con que esa criatura de Dios, justo cuando podía quedarse muy horonda acostada, se había levantado.

Eso colmó el vaso. Tomé al volante y salí a todo lo que daba, sin que me importara si la carga se movía o se golpeaba, ya estaba cansado, y los últimos cincuenta kilómetros los hice como si llevara ladrillos.

Cando llegamos yo estaba preocupado porque con seguridad me harían pagar por algún daño sufrido por las vacas pero mi amigo ni se fijó y nos guió hasta el corral.

Allí las bajamos sin que hubiera ninguna clase de inspección siquiera ocular.

Mi amigo nos invitó a cenar en su casa y allí le comenté las peripecias sufridas para que no se machuquen las vacas, y él tras de lanzar una carcajada, mi dijo “ ¡...dejate de joder, sabés cuantos bueyes que murieron tirando del arado faené en todos estos años!”.

Ya muy entrada la noche, lo convencí de que no haría más ese trabajo. Le dije que no se preocupara que yo seguiría pagando las cuotas del camión, cosa que él rechazó, y si bien no acepté que me pagase el viaje de las recordadas vacas, me devolvió los pagarés que le había firmado.

Luego, llamó a su viejo chofer de otros camiones y le dijo que nos acompañara hasta Campo Ramón y trajera de vuelta el camión. De más está decir que el hombre tuvo que manejar de ida y vuelta porque a poco de andar le dimos el volante vencidos por el cansancio y el sueño.

Moraleja: cuando vuelva a subir a un tren del ferrocarril Sarmiento, voy a decirle a quien quiera escucharme: “Yo quiero viajar como el ganado”.