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BUENA PRESENCIA SE NECESITA

Aquí se cuenta el operativo de asalto al recinto para votar con truchos la ley de privatización de Gas del Estado, maniobra desbaratada por los periodistas parlamentarios. Incluye los nombres de los diputados involucrados (uno sólo de ellos, Felipe Solá,  sorprendido en su buena fe por parte de su propio secretario) y de los mismos intrusos, uno de los cuales sería años después un especialista en lavado de dinero y ocasional asesor de Elisa Carrió en la comisión creada en el Congreso. El hecho que aquí se refiere sucedió el 26 de marzo de 1992, a las cuatro y media de la tarde. Uno de los funcionarios responsables del encubrimiento –y entonces estrecho colaborador del presidente de la Cámara Alberto Pierri-, Juan Carlos Cora, solía salir por televisión y en las fotos de los diarios porque, a cargo de tareas protocolares, se ocupaba de acompañar a las visitas ilustres en Diputados. Linda cara de presentación de los legisladores que nunca saben nada de lo que pasa en su propia casa.

Por Armando Vidal

“Están buscando gente con saco y corbata” se extrañó un ordenanza que escuchó el comentario en una oficina del anexo que da a la calle Rivadavia, alrededor -recuerda- de las dos de la tarde de ese jueves 26 (marzo, 1992).

Un piso más arriba, en la oficina del diputado Julio Manuel Samid, un septuagenario elegante -que oficiaba de secretario en horas de la tarde, mientras por la mañana lo hacía otra persona- ya sabía desde hacía rato lo que tenía que hacer.

“Vengase tempranito don Juan, así de paso hacen número cuando venga la Chamorro”, le habían dicho, en alusión a la costumbre de llenar claros a la hora que los presidentes extranjeros visitan el país y se convoca en su honor a la Asamblea Legislativa para que expresen aquello que al día siguiente no estará en los diarios (...).

Esa mañana, hablaba la presidente de Nicaragua, la viuda de Joaquín Chamorro, el director de La Prensa, el periodista asesinado por el régimen de Anastasio Somoza, principio del fin de la dictadura de “Tachito”, que un día se vio obligado a evacuar su bunker de Managüa cercano al hotel Intercontinental para no volver nunca más a la tierra que fue un feudo de la familia durante medio siglo.

Sentado en el medio, justo enfrente de la viuda, el hombre le decía a su ocasional compañero de banca, que tampoco era diputado y estaba cumpliendo con la obligación de cubrir las apariencias: “Yo siempre vengo, me siento San Martín acá “.

El hombre lo miró, sonrió y no dijo nada. Al día siguiente lo reconoció apenas vio la foto que la agencia DyN distribuyó en su servicio, donde aparecía como si estuviera bajo los efectos de algún shock.

Según una versión de lo ocurrido, fue la secretaria del riojano Carlos Romero, Marta, la que llamó a los diputados que creía podían colaborar con la tarea. No con todos tenía confianza. Por ejemplo, no la tenía con Samid, a quien le habría dicho que se necesitaba formar quórum y le pedía que enviase a su secretario, quizás pensando que se trataba de Alberto Villar, un elegante abogado que había sido delegado municipal en Ramos Mejía (...).

Samid entonces lo mandó a Kenan con la idea de que se trataba de ubicar a legisladores remisos ya que la mayor parte del personal comprometido a esa tarea se encontraba en Parque Norte participando del festival de los gremialistas (NdE: la asamblea de unidad de la CGT).

Los testimonios recogidos en la causa indican que Samid terminaría haciendo algo más: acompañó, incluso, a Kenan para que ingresase al recinto, lo cual el legislador negó en todo momento.

La aparición de Kenan en escena fue algo equivalente a la de Peter Seller en La fiesta inolvidable porque lo primero que hizo fue sentarse en el peor lado: solo, en el extremo de una larga fila vacía, salvo tres personas en la otra punta y demorar unos instantes en salir una vez cumplida la misión. Y, encima, confesar apenas saltó sobre él la jauría de los periodistas.

Minutos antes de la hora de la votación, los cuatro empleados del bloque asignados a la tarea de asistencia habían llegado al recinto.

Dos de los cuatro venían de Parque Norte, entre ellos Olga Flores, que al igual que Carlos Janeiro tomó ubicación delante en ese corredor que en una punta desemboca en la puerta, a cuyo lado aparecía sentado Kenan y en la otra, en el estrado presidencial, donde estaba Pierri y su plantel de colaboradores como Juan Carlos Cora, quien nunca desmintió la información publicada en Clarín según la cual alrededor de las 16.30 había bajado para esperar unos supuestos visitantes de Pierri, tarea encomendada por el mismo presidente de la Cámara, quien sí negó lo que parecía una coartada para el celador.

Con o sin Cora a las 16 y 30, lo cierto y verificado fue que a las 16 y 39 Kenan estaba sentadito en la banca de Miguel Marcoli. Y que Cora tenía a mano las fotografías de los nuevos diputados para consultar en caso de duda.

Con más de medio recinto vacío, nadie desde el estrado miraba para la izquierda. Al frente de los empleados, bien lejos de la puerta de Kenan, bien cerca del estrado, estaba Noemí Gotila, la jefa (NdE: del bloque del PJ). Para ingresar desde la calle a una banca en Diputados hay que pasar cuatro controles: dos en la puerta para el público, el tercero en el Salón de los Pasos Perdidos y el cuarto para entrar al hemiciclo que rodea el recinto.

Son los que atravesó Juan Abraham Kenan hasta llegar a la banca 207, ubicada en el extremo izquierdo del sector oficialista. Mientras los cronistas rodeaban al intruso, otros diputruchos se perdían por los pasillos.

Esos hombres -según las versiones publicadas y, por supuesto, desmentidas- aparecían asignados al plantel de colaboradores de los diputados Felipe Solá, Eduardo Varela Cid, Carlos Manfredotti, Nicolás Becerra y Carlos Alberto Romero. En consecuencia, seis fueron los diputruchos. Los nombres eran: Fernando Ocampo (Solá), Sebastián Brenda (Varela Cid),Daniel Locaso (Manfredotti), Luis Balaguer (Becerra) y Hugo Fuad Ayan (Romero).

Sólo Kenan pagó el precio, aunque reducido a una serie de incomodidades como ir preso por 24 horas y quedar sujeto a un proceso judicial cuya sentencia se dilataría.

La presencia de Ocampo por poco mata de un infarto a Solá, según cuentan dos testigos que vieron la cara del diputado que giró en su banca para celebrar la sanción con sus compañeros ubicados a la espalda y se encontró con su secretario, quien de inmediato desapareció. Diputado y secretario desmintieron la versión.

El caso de Brenda fue peculiar: fue el último en sentarse y el último en salir. Se ubicó al lado de Varela Cid como más de una vez lo había hecho para contarle algo. Salió segundos después por el lado del palco bandeja de ese sector. Lo curioso es que ya se había producido la votación y mientras los periodistas se lanzaban sobre Kenan.

Locaso fue el que se deslizó por la fila del fondo y se sentó a la derecha de Rafael Flores, que parece haber sentido el aliento de un androide porque transmitió sensaciones a la hora de tener que describir al intruso en lugar de rasgos físicos que dijo no haber mirado. Balaguer puso el grito en el cielo y hasta ofreció testigos de que se hallaba en el palco bandeja en lugar de ocupar una banca, de espalda y leyendo un diario, como lo habían visto dos fuentes que se lo dijeron a Alberto Dearriba de Página 12.

Cuesta creer que Ayan, categoría 13, una de las más bajas del escalafón, haya sido portador del distintivo que distingue a un diputado, colocado por el mismo Carlos A. Romero. Tan inverosimil resulta esta versión como que la Comisión investigadora no haya podido ubicar al joven, motivo por el cual no declaró ante ella.

Frente a la envergadura de un delito que superaba con exceso la pena por usurpación de títulos y honores, no hubo reacciones del poder afectado ni de la misma justicia.

En lugar de hurgar a fondo se procuró lo contrario porque se entendió que la remoción del lodazal los salpicaba a todos, lo cual importó más que llegar a la verdad que no hubiera dejado impune al presidente de la Cámara, ni al titular del bloque justicialista, aunque más no fuera porque se hacían pasibles de lo mismo que la comisión investigadora acusó a Julio Manuel Samid: responsabilidad política sin atenuantes.

Los Samid, luego del hecho, entraron en una etapa de largo silencio, lo cual no dejó de sorprender, en especial en el caso de Alberto.

Quienes diseñaron un plan para sacar la ley sin tener que supeditarse a los radicales ni al poder sindical -eran 14 diputados- alcanzaron a la postre la orilla del olvido gracias a Samid, que aguantó la presión periodística y a Kenan, que desapareció de los lugares que solía frecuentar.

Así se salvaron los principales responsables de la peor afrenta sufrida por Diputados en su historia. En medio del barullo que desató el caso, un invisible manto fue apagando poco a poco los ecos hasta acallarlos por completo.

Fuente: El Congreso en la trampa, Planeta, 1996, Pag. 128/130, con diferencias de edición no relevantes.