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GOLPES Y CACHETADAS

El 17 de noviembre, en el Día del Militante en homenaje al retorno de Perón después de 17 años en el exilio, otra vez una diputada peronista le pegó una  cachetada a un diputado peronista. La última, en defensa de un marido. Otros casos de violencia en el recinto de Diputados, entre hombres. Escándalos que degradan la política. 

Por Armando Vidal

Otra vez, el escándalo. Fue en una reunión de comisión, la de Asuntos Constitucionales, protagonizado por su presidenta, Graciela Camaño, quien le estampó un bofetón al grandote Carlos Kunkel. Una reunión en la que tres diputadas (la cívica Elisa Carrió, la ex Pro Chintya Hotton y Elsa Alvarez,radical), no dijeron nada que pudiera justificar el gran despliegue periodístico con la denuncia de coimas.

Supuestas coimas para torcer la voluntad de algunos legisladores en el tratamiento de la ley de Presupuesto 2011, finalmente no aprobado por responsabilidad de la oposición.

El hecho, el cachetazo, de una gravedad minimizada por los grandes medios y por la misma oposición, fue más serio que todos los que lo precedieron en los últimos años.

 Veamos un ligero repaso.

Cuando nada lo indicaba, el diputado Daniel Salvador, radical, se levantó de su banca, caminó siempre por una fila del medio del centro del recinto y le pegó un golpe en la cabeza al diputado desarrollista y miembro del Frente Justicialista, Marcos Merchensky.

Fue en el período arrancado con esperanzas frustradas en 1973.

Once años después, un diputado radical santacruceño de extracción gremial, un hombre alto y flaco de correcto accionar, cruzó el recinto como para salir por el otro extremo y terminó en un conato de piñas con un diputado del peronismo de los sentados en el fondo.

Por ese tiempo también, algo dicho por César Jaroslasky, presidente de la bancada radical, que por lo general los peronistas absorbían sin enojos, salvo esa tarde, motivó que de pronto saltara desde su banca un diputado formoseño que lo desafió a pelear, lo que también llevó a Chacho a pegar un brinco.

Se gritaron de pie uno frente a otro en las primeras filas del abanico del recinto pero no pasaron de eso.

Otra vez se trenzaron el áspero Roberto García con José Rodriguez, ambos sindicalistas peronistas (uno del gremio de los taxistas y el otro secretario general de la poderosa Smata), con gruesos insultos y cercana agresión física que no se concretó.

Un vaso de agua contra el ministro Domingo Cavallo en una interpelación arrojado por un diputado peronista chaqueño; antes, actos de agallas desbordadas del diputado peronista Norberto Imbelloni de las que fueron blanco algunos de sus colegas como Diego Guelar, en los pasos iniciales de la recuperada democracia –tiempos en que Julio Bárbaro rehuía, lógico, encontrarse con él en las reuniones del bloque que presidía Diego Ibañez-, son algunas de los episodios al pasar que explican que a la política no sólo hay que ponerle ideas y voluntad sino también el propio cuerpo para aguantar lo que se venga.

El propio Jorge Matzkin, en una resistida ley, fue víctima del enojo de la entonces diputada peronista Mary Sánchez (Frente Grande) quien lo sorprendió con un estruendoso cachetazo en plena sesión. Estos y otros tantos episodios dejaron el recuerdo del hecho más que la razón que los originó, en algunos casos viejas inquinas personales.

Lo propio pasará con el golpe frío y medido de Camaño que, de todos los entreveros, tiene como trasfondo una historia que nadie recordó, ni siquiera Kunkel.

 ¿Tuvo como impulso generacional la vieja puja de los jóvenes montoneros de entonces con la demonizada burocracia sindical de los setenta, a la que se sumó Barrionuevo a mediados de esa década después de entrar por asalto al sindicato de los gastronómicos?

No precisamente en lo que a su mujer atañe, una chaqueña 22 años menor de los 68 de él en el Bicentenario.

Pero Graciela Camaño, que se formó a su lado y que en el momento de ganarse treinta páginas en Google con el cachetazo, estudiaba derecho, dio ese mal paso en defensa de su marido, como tantas en su vida.

Amor, política y algo más.

En medio de tantos discursos, en comisión y en el recinto, nadie recordó lo que ella hizo con la ley de flexibilización laboral, el proyecto remitido por el gobierno de Fernando de la Rúa y que tuviera ingreso por Diputados.

Fue en febrero de 2000.

En esta misma página (ver Grandes escándalos/ Sobornos en el Senado) hay referencias sobre los extraños movimientos que la tuvieron por protagonista junto a Alfredo Atanasof para lograr la aprobación de la ley con el voto de los peronistas, lo que terminaría generando una rebelión en el bloque que entonces presidía Humberto Roggero. El bloque se opuso y terminó votando en contra, pese al dictamen a favor que aquellos firmaron.

Lo que Camaño hizo en Diputados hace diez años en presumible entendimiento con su esposo, en el Senado tomó el nombre de la ley de la Banelco.

Kunkel, que siempre fue el mismo, incluso con sus propios compañeros, en lugar de ofuscarse tanto debería hablar más porque capacidad para hacerlo no le falta.

Con contar esta historia hubiera abierto un lindo debate sobre esas acciones verificadas hace una década y no con el papelón de las denuncias al voleo para cuya explotación Graciela Camaño montó un espectáculo en el que terminaría mostrando la hilacha.