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PUEBLOS ORIGINARIOS

PUEBLOS ORIGINARIOS

  • Escrito por Teodora Zamudio
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LA CUESTIÓN INDÍGENA EN TIEMPOS DE PERÓN

Por Dra. Teodora Zamudio

Durante el período peronista (1946/1955) los mensajes del PEN al Congreso contienen muy pocas referencias al tema indígena, sólo  enunciados a la formación de un colectivo más amplio: el "pueblo".

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LA DEUDA DE EUROPA CON LA AMÉRICA INDIA

En 1992, con motivo del quinto centenario del descubrimiento de América, el escritor venezolano que lfirma escribió esta semblanza sobre la deuda, que el presidente de Bolivia, Evo Morales, suele leer como propia.

Por Luis Britto García

Aquí pues yo, Guaicaipuro Cuautémoc, he venido a encontrar a los que celebran el Encuentro. Aquí pues yo, descendiente de quienes poblaron América hace cuarenta mil años, he venido a encontrar a los que se la encontraron hace quinientos.

Aquí pues nos encontramos todos: sabemos lo que somos, y es bastante. Nunca tendremos otra cosa. El hermano aduanero europeo me pide papel escrito con visa para poder descubrir a los que me Descubrieron.

El hermano usurero europeo me pide pago de una Deuda contraída por Judas a quienes nunca autoricé a venderme. El hermano leguleyo europeo me explica que toda Deuda se paga con intereses, aunque sea vendiendo seres humanos y países enteros sin pedirles consentimiento. Ya los voy descubriendo.

También yo puedo reclamar pago. También puedo reclamar intereses.

Consta en el Archivo de Indias, papel sobre papel, recibo sobre recibo, firma sobre firma, que sólo entre el año de 1503 y el de 1660 llegaron a Sanlúcar de Barrameda 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata provenientes de América.

¿Saqueo? No lo creyera yo, porque es pensar que los hermanos cristianos faltan a su séptimo mandamiento. ¿Expoliación? Guárdeme Tonantzin de figurarme que los europeos, igual que Caín, matan y después niegan la sangre del hermano. ¿Genocidio? Eso sería dar crédito a calumniadores como Bartolomé de las Casas, que califican al Encuentro de Destrucción de las Indias, o a ultrosos como el doctor Arturo Uslar Pietri, quienes afirman que el arranque del capitalismo y de la actual civilización europea se debió a esa inundación de metales preciosos.

No: esos 185 mil kilos de oro y 16 millones de kilos de plata deben ser considerados como el primero de varios préstamos amigables de América para el desarrollo de Europa. Lo contrario sería presuponer crímenes de guerra, lo cual daría derecho, no sólo a exigir devolución inmediata, sino a indemnización por daños y perjuicios.

Yo, Guaicaipuro Cuautémoc, prefiero creer en la menos ofensiva de las hipótesis. Tan fabulosas exportaciones de capital no fueron más que el inicio de un Plan Marshalltzuma para garantizar la reconstrucción de la bárbara Europa, arruinada por sus deplorables guerras contra los musulmanes, cultores del álgebra, la poligamia, el baño cotidiano y otros logros superiores de la civilización.

Por ello, llegado el Quinto Centenario del Empréstito, podemos preguntarnos: ¿han hecho los hermanos europeos un uso racional, responsable, o por lo menos productivo de los recursos tan generosamente adelantados por nuestro Fondo Indoamericano Internacional?

Deploramos decir que no. En lo estratégico, los dilapidaron en batallas de Lepanto, Armadas Invencibles, Terceros Reichs y otras formas de exterminio mutuo, sin más resultado que acabar ocupados por las tropas gringas de la OTAN, como Panamá (pero sin canal).

En lo financiero, han sido incapaces -después de una moratoria de 500 años- tanto de cancelar capital o intereses, como de independizarse de las rentas líquidas, las materias primas y la energía barata que les exporta el Tercer Mundo.

Este deplorable cuadro corrobora la afirmación de Milton Friedman según la cual una economía subsidiada jamás podrá funcionar. Y nos obliga a reclamarles -por su propio bien- el pago del capital e intereses que tan generosamente hemos demorado todos estos siglos.

Al decir esto, aclaramos que no nos rebajaremos a cobrarles a los hermanos europeos las viles y sanguinarias tasas flotantes de interés de un 20% y hasta un 30% que los hermanos europeos le cobran a los pueblos del Tercer Mundo. Nos limitaremos a exigir la devolución de los metales preciosos adelantados, más el módico interés fijo de un 10% anual acumulado durante los últimos trescientos años.

Sobre esta base, y aplicando la europea fórmula del interés compuesto, informamos a los Descubridores que sólo nos deben, como primer pago de su Deuda, una masa de 185 mil kilos de oro y otra de dieciséis millones de kilos de plata, ambas elevadas a la potencia de trescientos.

Es decir: un número para cuya expresión total serían necesarias más de trescientas cifras, y que supera ampliamente el peso de la tierra.

Muy pesadas son estas moles de oro y de plata. ¿Cuánto pesarían, calculadas en sangre? Aducir que Europa en medio milenio no ha podido generar riquezas suficientes para cancelar este módico interés, sería tanto como admitir su absoluto fracaso financiero y/o la demencial irracionalidad de los supuestos del capitalismo.

Tales cuestiones metafísicas, desde luego, no nos inquietan a los indoamericanos.

Pero sí exigimos la inmediata firma de una Carta de Intención que discipline a los pueblos deudores del Viejo Continente, y los obligue a cumplirnos sus compromisos mediante una pronta Privatización o Reconversión de Europa, que les permita entregárnosla entera como primer pago de su Deuda histórica.

Dicen los pesimistas del Viejo Mundo que su civilización está en una bancarrota que le impide cumplir sus compromisos -financieros o morales. En tal caso, nos contentaríamos con que nos pagaran entregándonos la bala con la que mataron al poeta.

Pero no podrán: porque esa bala, es el corazón de Europa.

Volanta y título: 2 de 0ctubre, Día de la Resistencia indígena/ Guaicaipuro Cuatemoc cobra la deuda a Europa

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  • Escrito por Guillermo David
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PERÓN, DE SU ABUELO A SU MADRE INDIA

Este trabajo, que cierra la edición de Página/12 en su suplemento Radar, toma en cuenta el libro de Hipólito Barreiro (1) para resaltar la dualidad de Perón surgida de su prestigioso abuelo y su madre india.

 Por Guillermo David (*)

En el principio de toda historia está la biografía. Y en el principio de la biografía, naturalmente, la madre: Juana Sosa. El doctor Hipólito Barreiro en su libro Juancito Sosa ha mostrado que su madre era hija de madre tehuelche –aunque el propio Perón refiere que su abuela había sido cautiva– y padre santiagueño de habla quichua.

Y que en su infancia patagónica en Chaok- Aike, a 80 kilómetros de Río Gallegos, tenía cierto grado de comprensión del tehuelche –ya araucanizado desde hacía más de un siglo– puesto que era la lengua usual de los peones.

Su biógrafo canónico Enrique Pavón Pereyra, ha referido la siguiente anécdota significativa: “Cierto día apareció un pobre indio para pedir ayuda y su padre lo atendió como a un gran señor, le habló en su lengua tehuelche y le ofreció un lugar en el campo donde instalarse. Cuando Juancito preguntó por qué le tenía tanta consideración, Don Mario respondió: ¿No has visto la dignidad de este hombre? Es la única herencia que ha recibido de sus mayores. Nosotros los llamamos ahora indios ladrones, y nos olvidamos de que somos nosotros quienes les hemos robado todo a ellos”.

Décadas más tarde, en su exilio, Perón confesará ante un grupo de compañeros de la Resistencia: “Me siento muy honrado de llevar sangre tehuelche, descendiendo por vía materna de quienes poblaron la Argentina desde siglos antes de la llegada de los colonizadores”. E hizo un elogio de aquella etnia, explicando, pedagógico, que tehuel quiere decir “bravo, celoso de su independencia”, y che “gente”.

Incluso llegaba a ufanarse de la forma alargada y puntiaguda de su cráneo, que consignaba como prueba irrefutable de su ascendencia. 

Por otra parte Barreiro ha detallado los esfuerzos  de ocultamiento de su ascendencia indígena (en vísperas del Centenario, debido al racismo predominante, era condición necesaria para aspirar a una carrera profesional) así como de su condición de hijo natural, realizados por sus familiares al momento de inscribirlo en el Colegio Militar.

Todo hacía prever de su parte un sesgamiento o lisa y llanamente el olvido de la dimensión étnica en su pensamiento y sus prácticas. Pero al ser destinado, siendo un joven capitán, a realizar tareas de exploración durante un año (1934) en el entonces Territorio Nacional del Neuquén, aquella identidad negada aparecerá con contundencia.

Puesto que la lengua usual norpatagónica en las zonas más alejadas de los centros urbanos era aún el mapuche, hablado por los hijos de los derrotados por Roca, a la sazón en pleno proceso de transculturación. 

De aquella experiencia neuquina surgirán varios textos: la Memoria geográfica sintética del Territorio Nacional del Neuquén, un ensayo sobre las operaciones militares de la Conquista del desierto, anexo del trabajo anterior, y la Toponimia patagónica de etimología araucana.

Este último texto –que excede ampliamente la toponimia, pues se trata más bien de un léxico etimológico– verá la luz en el Almanaque de la Agricultura en dos ediciones sucesivas, en 1935 y 1936.

Su estudio de las sendas campañas de exterminio de Rosas y Roca muestra la posición paradójica en términos ideológicos e historiográficos que atravesaría al futuro jefe del movimiento nacional y popular más persistente de América Latina.

Puesto que allí continúa la línea ideológica de justificación del exterminio, sin el menor matiz, que practicaran Mitre, Sarmiento y Roca, cuyos nombres impondrá a los ferrocarriles nacionalizados en 1948.

Baste señalar que en las conclusiones del texto, tras apuntar “la desmoralización y el pánico” que el ejército “debía” llevar al campo indígena para efectuar su “limpieza”, Perón termina con la frase: “Los 5500 hombres que formaron dicha expedición fueron verdaderos titanes”.

No esgrime allí ni el menor comentario que relativice esa línea.

Como sugiere Norberto Galasso, por entonces Perón se encuentra en una situación de subalternidad cuyo origen trata de borrar para intentar ascender en la carrera militar: es decir, debe simular ser otro. Su otro.

De allí que acentúe en sus relatos autobiográficos la filiación paterna -su abuelo, Tomás Perón, había sido un importante médico higienista, senador nacional por el mitrismo- en desmedro de la humilde genealogía indígena materna, a la que en ciertos momentos, ya devenido figura histórica, no dejará de reivindicar, aunque con mucho menos énfasis.

Por otra parte, cabe mencionar que en su conformación ideológica tuvo cierto peso el programa de la Alianza Popular Revolucionaria Americana peruana –APRA– cuyos materiales recibía, que hace del núcleo social indígena la matriz de toda posible emancipación.

“Indoamérica (nombre creado por Haya de la Torre para marcar la autonomía de la tradición hispánica) es una divisa, una raza, y un objetivo. Los que lo niegan o los que no lo sienten no nos comprenderán nunca: ni comprenderán nunca tampoco lo que vale ser, frente a la insignificancia de parecer. Los que amamos la verdadera América, la que vivimos y la que sentimos nos entendemos y nos amamos. Ellos, los otros, los que prefieren la América importada, no tendrán la dicha de disfrutar de estos sentimientos, aunque crean en la triste felicidad de otros bienes materiales” escribirá (Perón).

Establecido en Chile en 1936 como agregado militar de la embajada argentina, Perón se sumerge en investigaciones sobre la historia y la cultura mapuche.

Allí, según consigna en carta a Félix San Martín, lee atentamente en largas tardes pasadas en la Biblioteca Nacional, las obras contemporáneas de Tomás Guevara y Ricardo Latcham, hasta ese momento los investigadores más exhaustivos sobre el tema, así como trasiega a los cronistas –desde Diego de Rosales y Bascuñán hasta Toribio Medina– con evidente interés.

Es tal su pasión por la cuestión mapuche y hasta tal punto reconocida su pericia, que el insigne historiador Ricardo Levene, que había sido su profesor en el Colegio Militar, lo convocará para que escriba la parte correspondiente a la historia de las etnias patagónicas en la monumental Historia Argentina que coordinaba. Tarea que debido a los acontecimientos que lo llevaron a la presidencia, no pudo realizar.

(*) Fragmento del artículo “Diferenciar, traducir, asimilar: Perón y la cuestión indígena”.

Título: Nuestros paisanos los indios

Fuente: Página/12, 12/11/07

  • Escrito por Horacio González
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PERÓN, LEGADOS, LAS LECTURAS, LAS IDEAS

Con un abuelo médico destacado -mitrista- y una madre pobre de Roque Pérez -descendiente de tehuelches-, Perón forjó su camino bajo la influencia del poder de Tomás y la pelea diaria por la vida de Juana.

Por Horacio González

No era, evidentemente, un populista. Por lo menos en lo que dejan trasuntar sus textos canónicos –sus clases preparadas bajo el impulso del viejo profesor que había sido–, que condenan el caudillismo y todo síntoma de acción política que no se base en reglas y preceptos.

En ese sentido decía haber llegado para interrumpir los ciclos caudillistas, sofocados por fin por un acceso específico a las fuentes sistemáticas del saber político.

Había sin duda cierto positivismo en ese tipo de percepción de los efectos de la razón práctica –una obediencia racional y libre– antes que en el nebuloso acatamiento a un caudillo.

En los Apuntes de Historia militar (1931) se perciben muchos rasgos de este estilo profesoral, del maestro clausewitziano. Se sabe bien. Clausewitz fue su lectura mayor y su numen a la distancia, como el de tantas generaciones militares argentinas.

La idea de batalla, de lucha de voluntades, de la esencialidad de ese encuentro violento y pasional que son los movimientos de masas armadas que confluyen en un punto del destino, la conflagración.

Como Lenin, estudió a Clausewitz, el fundador austriaco de la escuela militar prusiana. A diferencia de Lenin, que a la luz de la Lógica de Hegel había leído a Clausewitz -en lo que Carl Schmidt declaró como el mayor acontecimiento lectural del siglo XX, Perón fue más sumario en los elementos de filosofía de la historia con los que acompañó aquel tratado de Clausewitz, que tenía casi una renovada fuerza aristotélica en la consideración del orden de las pasiones. 

De joven había leído la vasta historia providencialista de Cantú, probable regalo de su padre, el perseverante agricultor Mario Perón y seguramente de allí obtuvo un cuño providencialista que en Cantú era cristiano y Perón convirtió en una referencia laica que terminó plasmada en la idea del “hombre del destino”, y en general a la referencia al destino con toques renacentistas, lo que incluía una pócima de infortunio necesario y la aptitud para “soportar” los más furiosos “golpes de la fortuna”.

* Proverbios y lecturas

De sus lecturas Perón obtiene esencialmente proverbios, un uso performativo, chacotero y de ambigua socarronería de la lengua política, y lo mismo hace con el célebre Vom Kriege, donde –nada inhabitual en la educación militar–, todo suele tornarse un tipo de frase aforístico y conductista, a los que también Perón solía llamar con un remoto vocablo helenístico, “apotegmas”.

“Nada deseo más que una batalla” se le atribuye a Napoleón, pero es posible que redactado de otra manera también esté en Clausewitz o en Von Schlieffen. Juntos a éstos y otros numerosos textos de formación militar –que son en su fondo último escritos sobre un mundo honorífico y no pocas veces sacrificial–, Perón lee de adolescente un libro que Mario Perón, el padre, se empeña especialmente que conozca: los consejos de Lord Chesterfield a su hijo.

Aquí también hay fuertes indicios de cuál era la otra veta formativa de quien sería un brillante cadete de “perfil intelectual” del Ejército.

Este libro es una recopilación de aforismos para el comportamiento “en la vida y en los salones” donde sobrevolaba cierta picaresca en relación al momento preciso en que se podía decir algo y cuando convenía llamarse a silencio, todo en tren de una sabiduría adquirida en un mundo galante de convivencia, en el cual cierta suavizada manera de la “lucha por la vida” debía ser conocido por el principiante.

La armazón genérica de lecturas del cadete y luego oficial Perón era la Biblioteca del Oficial, nunca bien estudiado repositorio de toda la bibliografía militar de la época, que durante varias décadas informó el debate militar argentino a la luz de las guerras mundiales.

Iniciada a principios del siglo XX, en el ejército de Ricchieri, aún sigue saliendo.

En su época de oro debería ser estudiada como lo fue Sur, y podría decirse que fue la Sur de los militares, un poco anterior pues en verdad coincidió en su mejor momento con todo el ciclo de la revista Nosotros (1907/1943).

En esos años se publicaron las obras fundamentales de von Clausewitz, von Schlieffen, el Mariscal Foch, el Mariscal Montgomery, Füller, Liddle Hart (citado por Borges en El jardín de senderos que se bifurcan), Guderian, Bradley, Bouthoul, Huntington, Jomini (un teórico suizo, napoleónico) no faltaba la Ciropedia de Jenofonte (por la que Perón no pasará indiferente) y uno de sus volúmenes en la célebre La Nación en armas de Von der Goltz, que muchos vieron el texto más cercano a lo que después fue el diccionario básico peronista: allí se encontraba la idea de que una Nación es un sistema de movilización general de sus entes económicos, culturales y anímicos.

Otros autores de esta Biblioteca sin la cual dudosamente Perón hubiera encarnado su vivaz lengua citadora, con Leopoldo Lugones, Juan José Güiraldes, José Pacífico Otero (el historiador de San Martín) y, desde luego, el propio Juan Domingo Perón.

En cuanto a Perón, sus publicaciones son sobre la Guerra Franco-Prusiana (1871) y la guerra Ruso-Japonesa (1905), una de ella en colaboración, y dígase que no dejaron de causarle cierto disgusto, pues obtuvo una acusación de plagio de otro militar que motivó que debiera aclarar el caso ante un tribunal militar.

* Perón, escritor

¿Qué clase de escritor era Perón? Porque sin dudas, escribe. Ya treintañero, con el grado de mayor, escribe a pedido del general Sarobe, una memoria sobre el golpe del 30. Las titula como testigo, lo que en verdad no fue. El escrito es animado y tiene aspectos indudablemente humorísticos, provocados por la impericia y desorganización de los conspiradores.

Perón toma con su habitual socarronería “criolla” estos deslices pero se pone serio al señalar ante la falta de lo que sería uno de los lemas de lo que privilegió siempre: “sin organización ni preparación...” y luego explotar el éxito, nunca se llegará a nada.

Se pueden cotejar otros momentos de la escritura de Perón, ceñida a cierta elegancia protocolar militar, con alguna cortesanía de salón que no obstante sabe adquirir matices de furia cuando la situación lo exige, con ceremonialismos diversos que pronto lo vuelven a poner en la vía sentenciosa y, por cierto, un tanto solemne de la prosa que cultiva, que tiene por dentro, también, sólidos andamios de orden.

Los que acompañaron al peronismo lo hicieron con distintos tipos de actitudes, cuya historia hoy no está plenamente escrita.

Jauretche ya había fijado desde los años treinta una lengua gauchi-política, cuya máxima expresión había sido el Paso de los libres prologado por Borges en 1933.

Scalabrini era el discípulo antibritánico de Macedonio Fernández, su lenguaje era el del “colectivo profético de comunidad” y su metodología provenía de una teoría moderna del imperialismo.

No fue fácil la convivencia, aun bajo el signo de acuerdos comunes muy amplios.

Los que venían desde armazones intelectuales que ya estaban consolidadas en los años 20, mostraron con la lengua diseminada colectivamente por Perón, distintas disparidades. Jauretche muy tempranamente, Scalabrini después, guiado por la discordancia con la política petrolífera postrera del primer peronismo.

Surrealistas, anarquistas, católicos sociales, socialistas y comunistas –Rodolfo Puigrós, Bramuglia, Elías Castelnuovo, César Tiempo, Xul Solar, Marechal. Gálvez- tuvieron distintos matices en cuanto a su relación con el linaje del cual provenían y la lengua masiva que había creado el peronismo.

La “izquierda nacional” buscó sus antecedentes con Manuel Ugarte –que había sido embajador de Perón en Cuba y que también provenía del modernismo rubendariano, latinoamericanista-socialista, no enteramente asimilable por la rítmica y la retórica identitaria de Perón, plantea algunas diferencias hasta hoy no muy estudiadas– y, en general, trazó una línea histórica que en el fondo podía no haberle desagrado a Perón, identificándolo con un supuesto estatismo y anticlericalismo de Roca.

El golpe del 55 suavizó estas cuestiones que se hacían cada vez más pesarosas a mediados de los 50, y nada obsta para que hoy volvamos a preguntar sobre ellas.

* Diferencias ideológicas

El esfuerzo por atenuar la diferencia entre la diversidad de corrientes intelectuales argentinas y el modo en que el peronismo opta primero llamarse laborista, después Partido de la Revolución Nacional hasta apoyarse exclusivamente en la unicidad del nombre del conductor, en una historia específica que sigue siendo perentorio analizar.

De alguna manera se puede decir que la “doctrina del Conductor” mostró su fracaso en el magno encuentro y confrontación dramática de Ezeiza en 1972 (NdE: fue en 1973), cuando el regreso de Perón.

También ahí se estaba elaborando un conflicto subsidiario entre la izquierda nacional del peronismo que rechazaba la lucha armada y los grupos armados que provenían de distintas izquierdas que el Perón exilado hizo esfuerzos por retener con distintos virajes que siempre tenían recursos disponibles en su sistema de locución y su régimen provocativo de señales, lo que se expresa bien en la revista que dirigía Hernández Arregui, un marxista nacionalista que provenía del radicalismo cordobés, que pasa de llamarse Peronismo y Socialismo a Peronismo y Liberación, luego de la muerte de Perón.

Habla de las dificultades de la identidad de los socialistas del “marxismo nacional” ante la percepción de que los hechos aconsejaban cierta retracción aspiracional de los nombres más platónicos que se utilizaban.

Perón exilado, a su vez, hace una opción contraria a esta: abre su gabinete de palabras y con los cortinados más receptivos calla o aprueba cuando escucha los nombres de Tercer Mundo, maoísmo, castrismo, montonerismo, hasta la crucial discusión, también de índole retórica –no por ello menos mezclada con la sangre– entre el concepto de “formaciones especiales” y el de “vanguardias armadas”.

Volvamos a la formación inicial.

En una de sus bibliotecas, que se conserva en el Archivo Histórico Nacional, está el libro de Gustav Le Bon sobre la evolución de la materia subrayado por Perón posiblemente hacia fines de los años 30. Allí se encuentran explicaciones que seguramente le parecieron útiles sobre la congregación, separación y mutua atracción entre átomos.

Perón, sin duda, no bebe agua de una única fuente conceptual. Pero hay una huella, que a veces se hace nítida y otras se volatiliza, de un primer positivismo de sustrato biológico en su inicial formación, que sin dudas provenía de la influencia familiar –Tomás, el abuelo era un médico biólogo que pertenecía a los núcleos positivistas de la época, José Ingenieros incluido–, y el Ejército que lo acoge imparte nociones honoríficas tanto como higienistas, tomadas también del acervo intelectual en que esa fuerza militar se está modulando.

Y otros nacionalistas católicos que lo acompañaron (junto al primer y decidido apoyo de la iglesia, del que al cabo de menos de una década, sólo quedaba la interesante figura del padre Benítez), ya lo habían abandonado.

Sin contar el golpismo de Lonardi, ostensiblemente colector del nacionalismo católico que toma toda clase de temas, incluso el de las concesiones petrolíferas (por lo cual casi llegan a interesar a Scalabrini). Y al que durante mucho tiempo, aunque en el exilio muchos intentan volver a acercarse, los considera “piantavotos”, expresión habitual en él.

El caso de la “doctrina peronista” como lengua primera aglutinante de un blasón político, planteó siempre y sigue planteando un especial problema a la vida intelectual autónoma que vio y sigue viendo con interés las tribulaciones y el equilibrismo de esta extraña pero perseverante y oscilatoria identidad política.

Fragmentos del artículo “Perón en la vida intelectual argentina” Perón: una filosofía política (Paso de los libres), recopilación de Juan José Giani.

Título y bajada: La letra por Perón/ La figura de Perón aparece indudablemente asociada a la obra, la acción política y la puesta en marcha del gran movimiento de masas que todavía hoy se identifica con su nombre. Pero también hay un legado suyo que aparece en sus textos, muchos de ellos de doctrina e historia militar, otros escritos programáticos, filosóficos e innumerable correspondencia con notables intelectuales como Cooke, Jauretche o Scalabrini Ortiz. Perón: una filosofía política (Paso de los libres) reúne una serie de artículos recopilados por Juan José Giani que indagan en los secretos de esta obra escrita, en sus lecturas formativas y su estilo, en su relación con la cuestión indígena, el pensamiento nacional o el continentalismo. Radar reproduce aquí fragmentos de algunos de los artículos de esta obra que abarcan los debates entre Perón y los intelectuales de su tiempo.

Leer más: Gran conductor, de Juan José Giani y Nuestros paisanos los indios, de Guillermo David, editadas con otros títulos en esta misma sección y tomadas de la misma fuente de este trabajo central de Horacio González.

Fuente: Página/12, Suplemento Radar, 12/11/17. 

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LOS MAPUCHES LOGRAN QUE ASOME LA VERDAD

La desaparición de Santiago Maldonado comienza a descorrer el telón  de hasta dónde llega el nivel de protección a los terratenientes extranjeros en la Patagonia, tierras vendidas por el rematador Adolfo Bullrich, cuyo hijo de su tartaranieto es el que perdió las PASO con Cristina Krichner. 

Por Fernando Rosso (*)

Las declaraciones de los más altos funcionarios del gobierno y medios afines ante la escandalosa desaparición de Santiago Maldonado, configuran un combo tan alarmante como bizarro. Según este colérico relato, la comunidad mapuche, reprimida en Chubut, tiene una ideología anarquista.

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