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CALFUCURÁ MATABA Y TAMBIÉN NEGOCIABA

Un perfil del gran cacique Calfucurá -o Calfucura, según algunos historiadores-, capaz de arrasar con sus lanceros a cualquier enemigo y, también, de mantener puentes de negociación con exponentes del poder blanco como Rosas o Urquiza, de cuyo lado luchó en Cepeda, en 1859, contra Mitre.

Gabriel Di Meglio

El lugar se llamaba Masallé, cerca de la laguna de Epucuén. Allí tenían su toldería los boroganos, uno de los más poderosos grupos indígenas de la zona (adonde habían llegado en la década de 1820 desde el otro lado de los Andes). El 8 de septiembre de 1834, un grupo rival los acometió por sorpresa en ese paraje, asesinando a los caciques y a cientos de personas.

Los boroganos se dispersaron y poco más tarde desaparecerían como grupo.

El líder del ataque contra ellos fue un cacique que a partir de entonces comenzó un ascenso vertiginoso en la región: Calfucurá.

Había nacido a fines del siglo XVIII en la Araucanía, entre los huilliches. En esos tiempos eran territorios independientes de Chile, pero por estar al oeste de la Cordillera, a los indígenas que provenían de allí se les decía chilenos en el área rioplatense.

Calfucurá fue parte de un gran contingente indígena que cruzó los Andes en 1831 e irrumpió en el Sur de Buenos Aires reclamando ganado y bienes para recuperarse del largo viaje.

Una parte de estos chilenos, entre ellos quienes respondían a Calfucurá, empezó al poco tiempo a hacer malones.

El golpe contra los boroganos consolidó la fuerza de su grupo y en 1841 pasó a controlar las estratégicas Salinas Grandes, de donde los porteños obtenían buena parte de la sal que consumían.

Desde su campamento salinero, Calfucurá fue tramando una red extensa de solidaridades entre grupos indígenas: estaba emparentado con el cacique Catriel, colaborador de Juan Manuel de Rosas, a través de quien negociaba con Buenos Aires; casó a una sobrina suya con un cacique ranquel para trabar amistad con ese poderoso grupo, mientras que uno de sus hermanos, Reque Curá, controlaba un paso cordillerano clave en lo que hoy es Neuquén.

Calfucurá se alió con las autoridades porteñas y con las raciones que recibía de ellas como prenda de paz afianzó su influencia sobre otros indígenas.

Para mediados de la década de 1840, sus tolderías en las Salinas eran ricas en ganado y se convirtieron en un inédito centro de poder pampeano.

Calfucurá manejaba el comercio de sal y controlaba buena parte de los circuitos mercantiles de ganado, que vinculaban a las sociedades indígenas con las criollas.

A medida que se fortalecía, fue organizando una “confederación” en la que estaban integrados casi todos los grupos de la región.

Cuando en 1852 cayó Rosas y se produjo la división entre Buenos Aires y la Confederación que dirigía Justo José de Urquiza, Calfucurá pactó con ambos rivales y se aprovechó de la ruptura.

Pero como el gobierno de Buenos Aires mostró un cambio, reduciendo las raciones que repartía a los indígenas y estimulando la expansión de la frontera, Calfucurá terminó volcando sus fuerzas contra esta provincia.

Los malones que condujo intermitentemente desde 1853 fueron más numerosos en participantes y más devastadores que los de antes.

Miles de cabezas de ganado y cientos de cautivos, especialmente mujeres, fueron conducidos a las tolderías.

Los intentos de combatirlos por parte del Estado de Buenos Aires fueron fallidos e incluso sus tropas sufrieron derrotas importantes, como en las batallas de Sierra Chica (donde el jefe vencido fue Bartolomé Mitre) y San Jacinto, en 1855.

Durante unos años, los indígenas obligaron a los huincas a retroceder la frontera.

La respuesta de las autoridades bonaerenses fue negociar con grupos que integraban la confederación de Calfucurá y tratar de sacarlos de su órbita, con cierto éxito. Poco después los porteños comenzaron a hostigar a Calfucurá y éste en respuesta se alió con Urquiza, luchando a su favor en la batalla de Cepeda, en 1859.

Tras la victoria ocupó Tandil, obligó a la población a ponerse la divisa punzó, y arrió grandes cantidades de ganado. Cuando dos años más tarde las provincias volvieron a unirse, se terminó buena parte del juego pendular del cacique.

Algunos grupos indígenas se apartaron de su “confederación”, pero de todos modos su poderío siguió siendo grande durante años. Las negociaciones por raciones y las amenazas de malones para negociar fueron constantes, y todavía entre 1870 y 1872 el gran cacique pudo lanzar una serie de incursiones sobre distintas localidades bonaerenses, apropiándose de mucho ganado.

En la segunda oportunidad el Ejército envió una fuerza significativa -apoyada por indios amigos- en su persecución, y Calfucurá decidió presentarles batalla.

Fue duramente vencido en San Carlos (Bolívar) y un año más tarde falleció.

Su derrota y su muerte marcaron el inicio del declive final de los indígenas soberanos ante la fuerza creciente del expansionista Estado argentino. La matanza de Masallé y la trayectoria posterior del cacique que la llevó adelante no son sólo episodios de historia indígena, sino que la enorme integración de estos grupos con la sociedad criolla los vuelven momentos importantes de la historia de ésta.

Indudablemente, Calfucurá fue uno de los personajes fundamentales de la historia argentina del siglo XIX.