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ABUELO INSIGNE, MADRE INDIA

Este trabajo  toma en cuenta el libro de Hipólito Barreiro (1) para resaltar la dualidad de Perón surgida de su prestigioso abuelo y su madre india. Abuelo Tomás Perón, médico de poderosos, como el vicepresidente Marcos Paz, y madre, Juana Sosa, de origen tehuelche, amante de  Mario Perón, en Roque Pérez, en la humilde casa en pie y conservada donde nació el tres veces presidente de los argentinos..

 Por Guillermo David (*)

En el principio de toda historia está la biografía y en el principio, naturalmente, la madre: Juana Sosa. El doctor Hipólito Barreiro. en su libro Juancito Sosa ha mostrado que su madre era hija de madre tehuelche – el propio Perón refiere que su abuela había sido cautiva– y padre santiagueño de habla quichua.

Y que en su infancia patagónica en Chaok- Aike, a 80 kilómetros de Río Gallegos, tenía cierto grado de comprensión del tehuelche –ya araucanizado desde hacía más de un siglo– puesto que era la lengua usual de los peones.

Su biógrafo canónico Enrique Pavón Pereyra, ha referido la siguiente anécdota significativa: “Cierto día apareció un pobre indio para pedir ayuda y su padre lo atendió como a un gran señor, le habló en su lengua tehuelche y le ofreció un lugar en el campo donde instalarse. Cuando Juancito preguntó por qué le tenía tanta consideración, Don Mario respondió: ¿No has visto la dignidad de este hombre? Es la única herencia que ha recibido de sus mayores. Nosotros los llamamos ahora indios ladrones, y nos olvidamos de que somos nosotros quienes les hemos robado todo a ellos”.

Décadas más tarde, en su exilio, Perón confesará ante un grupo de compañeros de la Resistencia: “Me siento muy honrado de llevar sangre tehuelche, descendiendo por vía materna de quienes poblaron la Argentina desde siglos antes de la llegada de los colonizadores”. E hizo un elogio de aquella etnia, explicando, pedagógico, que tehuel quiere decir “bravo, celoso de su independencia”, y che “gente”.

Incluso llegaba a ufanarse de la forma alargada y puntiaguda de su cráneo, que consignaba como prueba irrefutable de su ascendencia. 

Por otra parte Barreiro ha detallado los esfuerzos  de ocultamiento de su ascendencia indígena (en vísperas del Centenario, debido al racismo predominante, era condición necesaria para aspirar a una carrera profesional) así como de su condición de hijo natural, realizados por sus familiares al momento de inscribirlo en el Colegio Militar.

Todo hacía prever de su parte un sesgamiento o lisa y llanamente el olvido de la dimensión étnica en su pensamiento y sus prácticas. Pero al ser destinado, siendo un joven capitán, a realizar tareas de exploración durante un año (1934) en el entonces Territorio Nacional del Neuquén, aquella identidad negada aparecerá con contundencia.

Puesto que la lengua usual norpatagónica en las zonas más alejadas de los centros urbanos era aún el mapuche, hablado por los hijos de los derrotados por Roca, a la sazón en pleno proceso de transculturación. 

De aquella experiencia neuquina surgirán varios textos: la Memoria geográfica sintética del Territorio Nacional del Neuquén, un ensayo sobre las operaciones militares de la Conquista del desierto, anexo del trabajo anterior, y la Toponimia patagónica de etimología araucana.

Este último texto –que excede ampliamente la toponimia, pues se trata más bien de un léxico etimológico– verá la luz en el Almanaque de la Agricultura en dos ediciones sucesivas, en 1935 y 1936.

Su estudio de las sendas campañas de exterminio de Rosas y Roca muestra la posición paradójica en términos ideológicos e historiográficos que atravesaría al futuro jefe del movimiento nacional y popular más persistente de América Latina.

Puesto que allí continúa la línea ideológica de justificación del exterminio, sin el menor matiz, que practicaran Mitre, Sarmiento y Roca, cuyos nombres impondrá a los ferrocarriles nacionalizados en 1948.

Baste señalar que en las conclusiones del texto, tras apuntar “la desmoralización y el pánico” que el ejército “debía” llevar al campo indígena para efectuar su “limpieza”, Perón termina con la frase: “Los 5500 hombres que formaron dicha expedición fueron verdaderos titanes”.

No esgrime allí ni el menor comentario que relativice esa línea.

Como sugiere Norberto Galasso, por entonces Perón se encuentra en una situación de subalternidad cuyo origen trata de borrar para intentar ascender en la carrera militar: es decir, debe simular ser otro. Su otro.

De allí que acentúe en sus relatos autobiográficos la filiación paterna -su abuelo, Tomás Perón, había sido un importante médico higienista, senador nacional por el mitrismo- en desmedro de la humilde genealogía indígena materna, a la que en ciertos momentos, ya devenido figura histórica, no dejará de reivindicar, aunque con mucho menos énfasis.

Por otra parte, cabe mencionar que en su conformación ideológica tuvo cierto peso el programa de la Alianza Popular Revolucionaria Americana peruana –APRA– cuyos materiales recibía, que hace del núcleo social indígena la matriz de toda posible emancipación.

“Indoamérica (nombre creado por Haya de la Torre para marcar la autonomía de la tradición hispánica) es una divisa, una raza, y un objetivo. Los que lo niegan o los que no lo sienten no nos comprenderán nunca: ni comprenderán nunca tampoco lo que vale ser, frente a la insignificancia de parecer. Los que amamos la verdadera América, la que vivimos y la que sentimos nos entendemos y nos amamos. Ellos, los otros, los que prefieren la América importada, no tendrán la dicha de disfrutar de estos sentimientos, aunque crean en la triste felicidad de otros bienes materiales” escribirá (Perón).

Establecido en Chile en 1936 como agregado militar de la embajada argentina, Perón se sumerge en investigaciones sobre la historia y la cultura mapuche.

Allí, según consigna en carta a Félix San Martín, lee atentamente en largas tardes pasadas en la Biblioteca Nacional, las obras contemporáneas de Tomás Guevara y Ricardo Latcham, hasta ese momento los investigadores más exhaustivos sobre el tema, así como trasiega a los cronistas –desde Diego de Rosales y Bascuñán hasta Toribio Medina– con evidente interés.

Es tal su pasión por la cuestión mapuche y hasta tal punto reconocida su pericia, que el insigne historiador Ricardo Levene, que había sido su profesor en el Colegio Militar, lo convocará para que escriba la parte correspondiente a la historia de las etnias patagónicas en la monumental Historia Argentina que coordinaba. Tarea que debido a los acontecimientos que lo llevaron a la presidencia, no pudo realizar.

(*) Fragmento del artículo “Diferenciar, traducir, asimilar: Perón y la cuestión indígena”.

Título: Nuestros paisanos los indios

Fuente: Página/12, Suplemento Radar,  12/11/07