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PERIODISMO Y TAREA

El autor está convencido de que no hay mejor destino para un periodista que el Congreso de la Nación para el comienzo y el final de su carrera porque en un extremo aprende y en el otro  compara. Grandes y reconocidos periodistas hubieran sido aún mejores de haber pasado alguna tiempo por el poder que es todo lo contrario a una torre de marfil. Para los políticos, el otro está allí y para los periodistas, sus criticados y a veces denunciados políticos, también. Cara a cara, cuerpo a cuerpo.

Por Armando Vidal

El periodismo parlamentario es el más diferenciado en la gama del periodismo político. Su lenguaje es el que recoge mayores términos establecidos en la Constitución: Cámara, sesión, quórum, asamblea, dos tercios, juicio político, etc. Y es el que más participa en la cobertura de las discusiones que la República se reserva para el Poder Legislativo, cuya sede mayor es el Congreso de la Nación.

Por esta tarea los cronistas parlamentarios pueden ser vistos como una especie de gran jurado –naturalmente, no al estilo de la escenificación del mal gusto de algunos programas de la televisión argentina- porque elaboran sus opiniones en base también a sus muchas experiencias.

Su mejor lugar de observación es el palco que tienen asignado en ambas Cámaras y no la pantalla de la TV, en las respectivas salas de periodistas, si bien este placer no es bien disfrutado por todos.

En un caso u en otro, son horas de constante observación y atenta escucha. Pero es allí, en el palco, donde más golpean sobre el transmisor las ondas del combate.

Por todo ello, un periodista parlamentario termina siendo un buen conocedor del funcionamiento de los poderes republicanos, del sistema democrático y además, obviamente, del papel de los grandes medios de comunicación con relación al Congreso.

Destacados periodistas políticos de la Argentina serían aún mejores de haber tenido experiencia parlamentaria. Para todos ellos, el Congreso no es otra cosa que la casa de los políticos a la que se alcanza con saber lo que pasa y con algunos llamados.

Pero el Congreso es más que eso: es aprender el valor de las diferencias; es considerar al otro como parte de lo mismo, y es intentar construir en medio de las pujas sectoriales, partidarias, limitaciones, miserias y ambiciones personales. No resulta un cometido fácil; más fácil es, lógicamente, criticarlo.

El periodista ve, cuenta y explica. Es un agente de la verdad, un auxiliador de la historia, la fuerza de choque de los historiadores. Está frente a la realidad y su puja personal es ser objetivo, la objetividad es un término subjetivo para la condición humana. Pero el periodista lo intentará siempre, a cada momento, cada vez que se halle frente a un teclado o un micrófono.

El periodista no es un correveydile –y menos que nadie el periodista parlamentario cuyas fuente de información están siempre cerca- porque debe expresarse a través del medio para el cual trabaja. No puede renegar de su intermediación entre el hecho y el público porque en ese nexo está su función.

Llegar a la gente, pese a la lógica interposición de quien lo contrata para su tarea, no siempre alcanza su meta pero sabe que lo que hoy no es posible mañana podrá ser, motivo por el cual deberá ser constante y persistente. Y si la puerta no se abre, habrá que empujar en otras. El periodista debe trascender al propio empleador para el cual trabaja  que se reserva el derecho de publicar o no su material pero que no podrá nunca impedir su difusión por otros medios, lo cual dependerá exclusivamente de él.

Años atrás se podía con facilidad bloquear a un periodista, con la revolución tecnológica hoy eso es imposible. Abrir un micrófono o poner una cámara de TV con la idea de que la realidad se exprese por ella misma no es hacer periodismo porque el periodista elige y evalúa la importancia de lo que para él tiene lo que pasó o cree que pasará.

Como decía un querido profesor de quien esto escribe "no es Historia” que se haya caído el general porque su caballo perdió una herradura al salírsele un clavo, a menos que por ese clavo el general haya perdido la batalla. Si no fue noticia, menos aún podía ser historia.

Con fuerzas políticas relativamente equilibradas en el Congreso de la Nación y sin urgencias siempre habituales en las crisis económicas, el debate adquiere relevancia y, por eso, crece el papel del periodismo parlamentario. Eso pudo comprobarse entre 1983 y 1987 y también veinte años después.

El Bicentenario llegaba con paridades políticas que trasladadas al Parlamentos ponían a prueba a los que fueron número cuando comenzaba la hora de sostener las posiciones con las palabras, ideal para la tarea de los periodistas parlamentarios amantes de los debates. Y no disminuían las pujas -de antes y después de la aprobación de la ley de medios audiovisuales- en las que el Gobierno no diferenciaba a trabajadores de los patrones, cuyos intereses, igual que el de los poderes políticos, no son sacrosantos. Una cuestión de espejo, que no embellece cuando se lo mira, ni menos cuando se lo niega. Un espejo que, en la lucha por esa ley, comenzaba a enturbiarse en algunos medios.

Entre 1973 y 1976, el oficialismo controlaba ambas Cámaras; entre 1963 y 1966, había peronistas en el Congreso pero el peronismo estaba proscripto; entre 1958 y 1962, no sólo estaba proscripto sino por momentos perseguido; entre 1946 y 1955, la sociedad estaba dividida y el Congreso era un escenario de la batalla; y hacia atrás el Congreso del fraude entre 1930 y 1943, el Congreso de la división entre 1916 y 1930 y al comienzo del siglo XX el Congreso de la elite proveniente de los años ochenta con la organización nacional.

Muchos cambios para un único modo de contarlo y explicarlo cada día: el de los periodistas. Guste o no guste a políticos transitorios o a patrones más bien permanentes.

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