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HÉCTOR RUIZ NUÑEZ, EL PRIMERO

Reunidos por Fopea,  estos son los testimonios de cuatro periodistas rindidos como homenaje a Héctor Ruiz Nuñez, un periodista de sólida formación, fallecido cuando mucho tenía para dar todavía y considerado el primero en profundizar el periodismo de investigación tras la recuperación del sistema democrático en 1983. Escriben Nèstor Baragli, Tomás Sanz, María Seoane y Daniel Santoro. Al final, la presentación de Fopea.

Héctor Ruiz Núñez, el periodismo como ética

Por Néstor Baragli

“A Héctor Ruiz Núñez, el mejor periodista de investigación que conozco. Llegó demasiado temprano a su cruzada por realzar el género y es sabido que llegar temprano a la vanguardia es llegar tarde al reconocimiento”. Carlos March, ex director ejecutivo de la Fundación Poder Ciudadano, en la dedicatoria de su libro “Dignidad para todos” (Temas Grupo Editorial, Buenos Aires, 2009).

El 28 de abril de 2012, a las 17:15 horas, falleció en la ciudad de Buenos Aires Héctor Ruiz Núñez. Su larga enfermedad y su muerte sólo representan el hecho puro y duro, ese que el maestro nos enseñó a buscar como ineludible punto de partida de cualquier pesquisa que se precie de seria. Pero detrás de este frío dato de la realidad se cuela inevitablemente la profunda tristeza de todos los que tuvimos el privilegio de compartir amistad y trabajo con el querido periodista, así como el pesar de sus incontables colegas y seguidores.

Sólo espero que, a la hora de escribir estas líneas, la congoja no haga prevalecer el corazón a la cabeza, porque no quisiera defraudarlo.

Héctor Ruiz Núñez, que había nacido en enero de 1942 en la ciudad de Rosario –cuna de tanto talento nacional– es, como bien dijo recientemente el periodista Daniel Santoro, uno de los padres del periodismo de investigación argentino. También era licenciado en Administración de Empresas y –una medalla que pocas veces sacaba a relucir– doctor en Economía por la Universidad de Harvard.

Esta sólida formación académica fue la que le habilitó en su juventud un exitoso paso por el sector privado, tanto en la Argentina como en Brasil –país al que emigró en 1978– y la que le brindó las herramientas técnicas para escribir su primer libro, A mentira do milagre argentino (1979), en el que anticipó el estruendoso fracaso del plan económico de la dictadura militar.

Regresó a la Argentina en 1983, y poco tiempo después comenzó a ejercer con exclusividad su querido oficio de periodista, transformándose en una de las estrellas más brillantes de un firmamento colmado de estrellas: la mítica revista Humor, baluarte del pensamiento libre en momentos en los que en la Argentina expresar una idea podía significar la muerte.

Como muchos recordarán, en esa legendaria publicación Ruiz Núñez escribió sobre el poder político, los medios de comunicación, la religión, la Justicia, la corrupción, las corporaciones y tantos otros temas. Pero sin duda la especialidad de la casa era el análisis del sistema judicial argentino y los entresijos de sus causas más resonantes.

Estudiando minuciosamente los expedientes, entrevistando a jueces, fiscales y abogados y reconstruyendo obsesivamente los hechos, presentaba en sus artículos enfoques a menudo revulsivos para aquellos que, por pereza o conveniencia, prefieren las versiones más obvias –y por lo general más truculentas– de los hechos forenses.

Héctor lo decía claramente: “La verdad puede ser un lastre cuando el único objetivo es el rating o vender ejemplares: son más excitantes las hipótesis conspirativas, las imputaciones sin fundamento y el sensacionalismo (…) las teorías más disparatadas y las acusaciones más irresponsables se transmiten al público con absoluto desenfado. Por supuesto, si la Justicia no convalida los delirios periodísticos la gente pensará que es ineficaz o corrupta (…) la prensa-negocio adhiere a las hipótesis más excitantes, aunque no sean la verdad” (Humor Nº 388, diciembre de 1993).

En la mayor de las soledades se ocupó de demostrar, con una encomiable honestidad intelectual, la fragilidad de numerosas investigaciones periodísticas y judiciales, siempre con la premisa de privilegiar la autenticidad de los hechos, la verosimilitud de las hipótesis y las garantías procesales de los acusados. Esto le valió la agria enemistad de muchos magistrados y abogados más preocupados en perseguir ambulancias para lograr unos minutos de aire en los medios que en contribuir al esclarecimiento de los hechos.

En este sentido, sus dos obras cumbre son los libros Jueces y Periodistas. Cómo se Informa y Cómo se Juzga (publicado por la Fundación Poder Ciudadano en 1996, con la coordinación de Beatriz Kohen) y Jueces y Periodistas. Qué los une y qué los separa (Temas Grupo Editorial, Fundación Poder Ciudadano y Fundación Avina), presentado en junio de 2011 por un panel integrado nada menos que por Carmen Argibay, León Carlos Arslanián, Pablo Lanusse y Daniel Santoro.

Ambas publicaciones divulgan riquísimas experiencias de trabajo en las que el periodista orientó y coordinó a sendos grupos de trabajo integrados por jueces, abogados, periodistas y jóvenes estudiantes de comunicación y derecho, con el objetivo de comparar de modo sistematizado el accionar de la prensa y de la justicia en casos que tuvieron gran repercusión pública.

Sugiero humildemente a los estudiantes de periodismo o de leyes que se adentren en esas investigaciones porque, al igual que nos ocurrió a los que tuvimos la fortuna de participar en ellas, experimentarán un antes y un después en su formación profesional.

* Tres ejemplos

Como muestra van tres ejemplos que se incluyen en esas publicaciones. El primero, el del famoso “caso de las primas en la bañera”.

En abril de 1989 se descubrieron los cadáveres de dos primas muertas en una bañera con agua. El acontecimiento tenía todo el morbo necesario como para un festín de prensa roja, y efectivamente así fue. Las hipótesis sobre la causa de los decesos fueron desde el pacto suicida, pasando por la electrocución por un arco voltaico hasta una inyección con veneno de la exótica mamba negra, una de las serpientes más mortales del mundo.

El expediente, sin embargo, se cerró en febrero de 1990 con esta conclusión: los fallecimientos se habían producido accidentalmente, por intoxicación con monóxido de carbono a causa de la mala combustión de una estufa a gas.

No obstante esta resolución judicial, algunos medios suelen referirse a este caso, aún en la actualidad, como “uno de los crímenes más diabólicos todavía no resuelto”, concluye el capítulo dedicado al caso.

El segundo, el recordado caso Arata. El 20 de julio de 1983 fueron descubiertos los cuerpos sin vida de tres mujeres y un hombre en una propiedad próxima a ser demolida, en el Partido de Morón. Los cadáveres –quemados, maniatados y amordazados– fueron identificados como los del ingeniero Jorge Arata, su mujer, su hija médica y una empleada doméstica.

En esta oportunidad los medios publicaron cincuenta y cuatro excitantes hipótesis sobre los autores de las muertes, entre otras, que los silenciaron porque pensaban denunciar un negociado millonario, que los asesinó un comando argelino o que fue una venganza de la mafia del oro.

La Justicia descubrió una teoría mucho más aburrida: que los mataron tres albañiles que trabajaban en la casa de la familia para encubrir un robo.

El último es el conocido caso Yabrán. Decía Ruiz Núñez en el prólogo del libro publicado en 2011: “Es legítimo conjeturar que, en la actualidad, un gran número de ciudadanos, tal vez mayoría, imagina a Alfredo Yabrán en algún lugar del Caribe, bronceándose en una reposera y con un mojito en la mano. No importa que la justicia lo haya convertido en el cadáver más minuciosamente identificado de la historia judicial argentina, y tal vez mundial”.

Como una declaración de principios, ya en 1993 Ruiz Núñez había sentado posición explicando claramente este fenómeno: “acompañado por un equipo de jóvenes colegas he intentado (…) producir un periodismo creíble, sustentado por un nivel adecuado de investigación. Como fruto de ese rigor profesional sostuve en numerosas ocasiones hipótesis contrarias a las predominantes en la prensa. Esta condición de ‘outsider’ no me molesta, pero tampoco me alegra porque, de acuerdo a mi análisis, revela una ausencia casi total de verdadera investigación periodística en la Argentina actual. Por supuesto, hay periodistas que producen excelentes investigaciones, pero son pocos y se trata de un esfuerzo individual. A los grandes medios no les interesa mantener equipos estables de investigación y, mucho menos, respetar sus resultados cuando no tienen el ‘gancho’ suficiente”. (Humor Nº 388, diciembre de 1993).

Héctor siempre disoció el periodismo de la ideología, aunque nunca abjuró de su liberalismo. Pero el de verdad, y no su variable all’ uso nostro. Y porque fue un liberal de pura cepa le preocupaba mucho menos la libertad de los mercados que la plena vigencia de los derechos civiles y las garantías del debido proceso penal.

También como buen liberal, y pese a su educación en instituciones católicas, no se llevaba demasiado bien con las sotanas. Desde ya que su prédica no apuntaba a las creencias religiosas de las personas, que respetaba profundamente y defendió activamente con su pluma, sino a la hipocresía y las contradicciones de una institución demasiado humana, en la que conviven “reaccionarios de pura cepa hasta progresistas simpatizantes de la Teología de la Liberación” (Humor Nº 345, febrero de 1993).

Estas convicciones lo llevaron a escribir La cara oculta de la Iglesia (1991) y, desde Humor, a polemizar con el recordado cardenal Quarracino, a publicar numerosos artículos sobre la Iglesia y el sexo e incluso una profunda investigación sobre el Opus Dei. En este último caso, Héctor solía mencionar divertido que en más de una ocasión había sido felicitado por conspicuos miembros de esa organización, que decían respetarlo intelectualmente por la rigurosidad profesional de su investigación sobre la Obra.

Una prueba más de sus cualidades técnicas como economista y de sus convicciones de verdadero liberal fue la pertinaz crítica al neoliberalismo menemista, con sus manifestaciones de corrupción pública y privada y su impúdica frivolidad.

En su recordado artículo “El precio de la estabilidad” (Humor Nº 306, enero de 1992), predecía con notable precisión, y casi en soledad, acerca de la endeblez de la propuesta económica del riojano, como allá en 1979 lo había hecho respecto de la aventura de Martínez de Hoz.

Entre otras cosas, nos decía Héctor Ruiz Núñez: “La experiencia angustiante de la inflación ha provocado que muchos argentinos celebren su presunta derrota sin medir el costo social del ajuste económico y su marco de degradación moral (…) la estabilidad está actuando como un anestésico social (…) en la Argentina se ha formalizado la cohabitación entre la estabilidad económica y la corrupción (…) las medidas económicas de Cavallo (…) no han procurado solamente lograr la estabilidad, también han profundizado una filosofía de distribución de ingresos altamente desigual. Además del impacto particularmente duro del ajuste sobre las familias de desempleados, jubilados y empleados públicos, el resto de los trabajadores está cediendo permanentemente puntos de su participación en el producto nacional (…) detrás de la estabilidad utilizada como elemento distractivo, casi todo está funcionando mal en la Argentina”.

En el año 1986 publicó con María Seoane un libro sobre la negra madrugada del 16 de septiembre de 1976 que desde entonces tristemente conmemoramos –en virtud de ese texto que poco después fue llevado al cine por Héctor Olivera– como La Noche de los Lápices, y en 1993 publicó para la Editorial La Urraca el libro Corruptos y corruptores.

Por si todo esto fuera poco, fue además colaborador en medios extranjeros como O Estado de Sao Paulo (Brasil), Corriere della Sera (Italia), Chicago Sun Times (Estados Unidos) y la Cadena de Televisión ZDF (Alemania) y, en radio, fue columnista y conductor de memorables programas que se transmitieron por las frecuencias de Belgrano, Splendid, del Plata y Jai.

La televisión lamentablemente se lo perdió, aunque probablemente hubiera resultado muy complicado practicar el periodismo de Ruiz Núñez en el vértigo de la TV. Como él siempre decía, los argumentos que se pueden plantear en la prensa gráfica o en la radio le permiten lector –o al oyente– reflexionar, repensar, masticar las ideas y sacar conclusiones. En televisión es casi imposible proponer razonamientos que obliguen a remar intelectualmente contra la corriente, y esto por la velocidad característica del medio y la superioridad psicológica que, sobre el televidente, tienen aquellos que comunican con impacto.

Por eso en televisión, concluía, los argumentos emocionales siempre le ganarán a los racionales.

Ruiz Núñez fue asimismo consultor de numerosas instituciones públicas y privadas y, como docente, creó el Centro de Estudios Superiores de Periodismo de Investigación (Cespi) – una de las primeras de las escasas instituciones argentinas dedicadas a formar periodistas en esa difícil e indispensable especialidad– y dio cátedra en diversas universidades nacionales y extranjeras.

En noviembre del año 2009, el Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) lo designó socio honorario en una emotiva ceremonia que Héctor siempre recordaba con mucho cariño, porque se trataba nada menos que del reconocimiento de sus colegas.

En los últimos tiempos, y pese a los estragos físicos de la enfermedad, su espíritu y su mente continuaban iluminándonos con la intensidad de los mejores tiempos. Siempre detrás de un proyecto, tenía en carpeta dos libros que ya había comenzado a escribir, uno sobre la denominada “familia judicial” y otro dedicado a los abogados del poder.

Hoy, los buenos magistrados y los abogados probos –que lo apreciaban mucho– lamentan seguramente que esos textos nunca verán la luz. Otros seguramente dormirán más tranquilos.

Héctor era como la tía solterona que, lejos de los parlantes y sentada solita en su silla, nos recordaba en pleno carnaval carioca que después de la fiesta íbamos a tener que lavar los platos.

Su predilección era hacer hablar a los papeles y develar lo escondido tras las apariencias, desenmascarando las teorías descabelladas y haciendo balbucear con aplastantes razonamientos a quienes las sostenían. Era el tábano que venía a zumbarnos en la oreja en un soleado día de picnic, una suerte de Casandra cuyas certeras profecías provenían no del don de la adivinación, sino de sus conocimientos y de las largas horassilla estudiando y analizando documentos y hechos y condenado, como la sacerdotisa del relato mitológico, a que la sociedad no le creyera hasta que la realidad de sus vaticinios se estrellara contra nuestras caras.

Era además y por sobre todas las cosas un gran tipo, siempre generoso para compartir sus conocimientos y dar una mano. Una persona ética y un descomunal periodista preocupado por la información, la verdad y la Justicia.

Hasta siempre, querido maestro.  Aunque la sociedad argentina aún no lo sepa, seguramente lo va a extrañar.

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El legado de Ruiz Nuñez en la Revista Humor

Por Tomás Sanz

Hay una célebre frase de Groucho Marx (al menos, a él se le atribuye), quien en un momento de una conversación le dice a su interlocutor: “Estos son mis principios..., pero si no le gustan tengo otros”. Simulación de cinismo, impecable humor. Pero esto también define en serio una constante de la conducta de alguna gente.

Es lo primero que se me ocurre recordando a Ruiz Núñez, quien si por algo se guiaba era por reglas no rígidas sino firmes, una elogiable escala de valores, una honesta búsqueda de la verdad; búsqueda más que hallazgo, pretensión que rondaría la soberbia.

Uno puede cambiar de ideas o de enfoques, aceptar de otros un enriquecimiento, llegar a otro mirador de la vida. Eso es modestia, inquietud intelectual. Pero lo anterior es permanente, innegociable. Conocí a Héctor a su llegada a la revista Humor. Y ya desde las primeras charlas, en las primeras notas, demostró aquellas virtudes: investigación seria, no atada a ningún prejuicio; deducción inteligente a partir de los datos recogidos, ningún compromiso con personas o poderes que pudieran sentirse afectados.

Además, algo que valorábamos mucho en la publicación, una prosa clara, correcta en el buen sentido, con toques de ingenio y elegancia. Charlar con él era buena ocasión para ejercitar interpretaciones y análisis sobre hechos y personas, que él desarrollaba con el mismo interés con que escuchaba las ideas ajenas.

Su versación jurídica corría pareja con su independencia de criterio, su falta de demagogia para prenderse a las “causas populares” que determinan culpables antes de tiempo y su apartamiento de los modos estrepitosos e inconsistentes con que los medios, abogados de moda y opinadores varios empezaban ya, en su época, a hablar de estas cuestiones.

Una prueba: en 1988 la niña Jimena Hernández apareció ahogada en la piscina del colegio católico al que asistía. La investigación de Ruiz Núñez tendió a demostrar que se trataba de un caso de accidente y que no había elementos para probar que la víctima había sido violada (o que había existido un intento de violación), luego de lo cual se la habría arrojado al natatorio para simular una muerte accidental.

La causa se cerró luego sin imputados; pero al margen de las distintas hipótesis, era difícil oponerse al morbo general (colegio religioso, niña violada) que, sin elementos, pedía venganza más que justicia.

Un elemento jurídico (otra novedad para nosotros) que Héctor incorporó a sus notas fue la teoría del “fruto del árbol envenenado”. Es decir, la acusación o la condena a alguien en base a indicios recogidos en forma irregular o delictuosa.

En una ocasión, atenido rigurosamente a ese principio básico, criticó el fallo de un tribunal de Mendoza que procesó a un grupo de rugbiers por el delito de agresiones. No defendió a los imputados sino que les quitó validez a pruebas mal obtenidas.

Hubo una reacción no tan curiosa: un lector le escribió sorprendido por lo que entendió como una traición, una defección de alguien –Héctor- a quien el remitente consideraba de “la propia tropa”.

La ecuación era fácil: rugbiers, gente “bien”, de clase alta, no podían ser defendidos por un supuesto, o real, progresista. En suma, la idea de que el fin justifica los medios. Si se trata de castigar “al enemigo”, no importa cómo se haga.

Claro, Ruiz Núñez rechazó de plano esa afinidad ideológica que se le adjudicaba casi compulsivamente: su “tropa”, él mismo, obedecía sólo a la objetividad y a un buen sentido de justicia. Con igual criterio analizó y señaló las graves fallas cometidas en la recolección de pruebas contra los condenados asaltantes de La Tablada, lo que a su entender hacía nula la sanción.

Tipo inquieto, produjo en algún momento programas de radio a los que convocó a algunos humoristas y columnistas de temas diversos. Modestamente, creo que logramos una buena mezcla entre su sentido informativo y de análisis y nuestras ganas de divertir y divertirnos. Lo último, con algo de vergüenza y arrepentimiento.

Sólo ahora, a raíz de su muerte, comprobé el grado de admiración y respeto que despertó Héctor. Algo encerrado en la Redacción en la que hablamos no llegué a evaluar su influencia en otros ambientes, la repercusión de su palabra y de su obra. Me extrañó incluso el carácter de “maestro” que tantos le han adjudicado.

Sí, seguramente me he perdido de aprender muchas más cosas con él.

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La investigación de La Noche de los Lápices

Por María Seoane

Conocí a Héctor Ruíz Núñez en 1985, en tiempos en que ambos compartíamos la redacción de El Periodista de Buenos Aires. Héctor tenía un equipo de investigación para temas especiales, entre ellos los referidos a la represión ilegal durante la dictadura. Yo integraba el equipo de política de la revista que cubrió, por entonces, el juicio a las juntas militares.

Mi decisión de escribir la historia de La noche de los lápices me hizo llegar a sus oficinas cercanas a la redacción. La idea era que él pudiera destrabar los vericuetos siniestros y secretos de esa represión sobre los adolescentes que fueron desaparecidos y luego asesinados en setiembre de 1976, sobre lo cual había dado su testimonio uno de los sobrevivientes, Pablo Díaz.

Si bien Héctor encaró la investigación sobre la terrorífica banda de Camps y sus dominios de la muerte en la provincia de Buenos Aires, que tuvo como par en esto a otro colega suyo, Julio Villalonga, le propuse más tarde escribir el libro juntos mientras yo realizaba el trabajo de campo sobre las vidas, historias, y convicciones de los chicos y sus familias en tiempos de la lucha estudiantil que los llevó a ser víctimas del terrorismo de Estado.

Así que allí comenzamos a trabajar juntos.

Fueron largas jornadas jalonadas por la búsqueda de datos y una escritura que no nos daba tregua ni profesional ni humanamente. Revelar los secretos de este crimen de los adolescentes era el primer y más contundente testimonio de que la historia oficial iba a ser rebatida definitivamente a los ojos de la historia argentina.

Recuerdo el día que pusimos el punto final a la historia porque era la madrugada del sábado 7 de junio de 1986, día del Periodista. Brindamos en la soledad de su oficina: era nuestro homenaje más profundo, más certero, a la profesión que habíamos elegido con pasión.

Recuerdo que lloramos de emoción mientras caminábamos ese invierno por las calles desiertas de San Telmo, entonando juntos “Rasguña las piedras”, la canción que los chicos cantaban en el Pozo de Banfield para darse ánimos.

Héctor me agradeció haber sostenido el afán de hacer el libro cuando él vacilaba por las dificultades en saber la verdad. Lo cierto, es que ambos habíamos tenido miedo de terminar el libro. Pensábamos que mientras contábamos la historia, los chicos aún vivían en nuestra búsqueda. Sentíamos que si poníamos el punto final, desaparecerían para siempre. Hablamos mucho sobre esto.

Y Héctor dijo, entonces, una frase que sintetizaba bien lo que sentíamos y lo que nos uniría para siempre, más allá de los derroteros que cada uno tomara en la profesión o en la vida: “Y sí, María querida, no podremos vivir nunca más sin esta historia. Como dijo Borges, es nuestra fatalidad y nuestro privilegio”. Y así fue.

Luego vino la película, las visitas a escuelas para hablar del tema, y la reedición del libro siempre a lo largo de estos 26 años que se cumplen, ahora, cuando escribo estas líneas. Volví a ver a Héctor algunas veces en los últimos años, pero siempre con afecto y reconocimiento mutuo.

Tuvimos caminos diferentes, opiniones diferentes sobre la historia que contamos, y luego sobre las vicisitudes de nuestro país y de nuestra profesión.

Pero nuestro pacto fue el haber sido los padres de la búsqueda de memoria, verdad y justicia para aquellos jóvenes. Héctor y yo hicimos honor a este compromiso. Hasta el final.

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Homenaje a Ruiz Núñez, maestro de periodistas de investigación

Por Daniel Santoro

Saludé al maestro por última vez el año pasado, en un cóctel de la Corte Suprema. Lo débil de su cuerpo contrarrestaba con la fortaleza espiritual y su voluntad de hierro para acercarse a la verdad. Héctor Ruiz Núñez, que falleció el 28 de abril después de una larga enfermedad, venía de presentar su última obra Jueces y Periodistas. Qué los une y qué los separa.

Frente a la ministra de la Corte, Carmen Argibay, explicó el fenómeno del caso Yabrán en la opinión pública: “Un gran número de ciudadanos, tal vez la mayoría, imagina a Alfredo Yabrán en algún lugar del Caribe, bronceándose en una reposera y con un mojito en la mano. No importa que la justicia lo haya convertido en el cadáver más minuciosamente identificado de la historia judicial argentina”.

Nunca chapeaba diciendo que, además de periodista, era licenciado en Administración de Empresas y doctor en Economía de la Universidad de Harvard. Era autor entre otros libros de La Noche de los Lápices (1986), junto con María Seoane, que luego fue llevado al cine por Héctor Olivera.

Durante su paso por la mítica revista Humor, dirigida por Andrés Cascioli, editó Corruptos y corruptores.

Por sus talleres, que dictaba desde la década de ‘70, pasaron cientos de estudiantes que salían cargados de su energía para escarbar en los fondos de la corrupción política y económica de la Argentina.

Es uno de los periodistas que mejor se ganó el título de socio vitalicio de FOPEA.

Su larga trayectoria, imposible de reproducir en este corto texto, lo dejan, junto a Raúl Scalabrini Ortiz y Rodolfo Walsh, en la categoría de padres del periodismo de investigación argentino.

(*) Este último artículo fue publicado en Clarín, el 11 de mayo de 2012.

 

Homenaje de Fopea a Héctor Ruiz Núñez

Héctor Ruiz Núñez, uno de los maestros del periodismo de investigación en la Argentina, nos dejó el pasado 28 de abril. Con él se despidió una de las figuras más importantes del periodismo argentino desde la recuperación democrática en 1983. Sus investigaciones comprometidas con la opinión pública y los valores que FOPEA busca resaltar, sirvieron de base para toda una generación de nuevos profesionales.
De su extensa carrera profesional, se destacan su labor como columnista y periodista de investigación en las legendarias revistas Humor y El Periodista de Buenos Aires, su investigación junto a María Seoane sobre La noche de los lápices (1986), que fue llevada al cine por Héctor Oliveira, y el libro La cara oculta de la Iglesia (1990).

Además de su actividad como periodista, Héctor Ruiz Núñez era licenciado en Administración de Empresas y doctor en Economía por la Universidad de Harvard. Fue consultor de Naciones Unidas en temas de Medios y dictó clases de posgrado en Derecho en las universidades nacionales de Buenos Aires y La Plata. Hacia el final de su vida trabajó como asesor de prensa y comunicación de la Asociación de Magistrados. En 2011 publicó junto a Pablo Lanusse el trabajo Jueces y periodistas. Qué los une y qué los separa. 

Por su rol como periodista investigador y su incansable vocación para trasmitirlo a los más jóvenes, Héctor Ruiz Núñez fue nombrado socio honorario de FOPEA en 2009. 

Cuatro colegas de Ruiz Nuñez lo recuerdan, a pedido de FOPEA y a modo de homenaje póstumo: Tomás Sanz, ex editor de la revista Humor y actual editor del diario deportivo Olé; María Seoane, periodista de investigación, autora de varios libros, entre ellos las biografías de Mario Santucho, Jorge Videla y José Ber Gelbard, y actual directora de Radio Nacional; Daniel Santoro, periodista de investigación, autor del libro Venta de armas y las biografías de María Julia Alsogaray y Norberto Oyarbide y editor de la sección política del diario Clarín; y Néstor Baragli, abogado, a cargo de la coordinación del área de Políticas Anticorrupción de la Oficina Anticorrupción de la República Argentina. 

Fuente: Fopea, 24/5/12