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DESTINOS DE CLAUDIO Y DEL GORDO CARDOSO

El 30 de junio de 2010 y el 1º de julio de 2009 son días unidos en la vida de dos periodistas, uno fallecido a minutos de finalizar el homenaje al otro al año de su muerte. Una evocación cargada de cariño por Claudio Andrada, en primer plano y Raúl Cardoso, compañeros y amigos en Clarín.

Por Armando Vidal (*)

Hace cinco años, aquella noche, se fue Claudio Andrada, periodista, con un libro en la mano, titulado Querido Gordo Cardoso, de Nancy Sosa y Silvia Mercado. Muertes impensadas, como un rayo en un cielo estrellado. Claudio había ido a la presentación del libro.

Fue  en la sede de la SADE, en la ex Biblioteca de la Nación, en la calle México. Silvia y Nancy lo habían invitado. El Gordo, como se sabe, tuvo por destino irse un 1º de julio (2009), como treinta y cinco años atrás se había ido el General de la bella sonrisa que mucho quiso.

Acontecimiento importante porque Claudio quería al Gordo –quién no lo quería- pero al mismo tiempo no sabía si se iba a sentir cómodo con algunos compañeros por asuntos del pasado. Hombre memorioso Claudio pero de tierno corazón.

Fue. Fuimos. Fui testigo, lo recibieron con abrazos, salvo uno, uno solo, el que más se la creyó –pobre, nunca tuvo amigos-, al que Claudio no saludó, mientras él miraba para otro lado. Yo, tampoco.

Abrazos, abrazos incluso antes de entrar por quien lo presintió a su espalda, giró y gritó por la sorpresa ¡Claudio!... y los tucumanos se abrazaron como hermanos.

Noche cálida de invierno.

Exposiciones, menciones (también a Claudio), aplausos.

Nos fuimos los dos.

Al salir, Claudio se detuvo y la última mujer en la vida con la cual habló fue en la vereda de la calle México, otra periodista, quien escuchó con una sonrisa un tierno consejo acerca de cómo tratar en su programa de radio al hombre (otro destacado periodista) que ella tenía al lado.

Noche cálida de invierno.

Vamos a tomar algo, dije, y fuimos con Claudio a un lugar cerca, de poesía y poetas, buen lugar, para hablar del Gordo y lo recién vivido.

Caminamos luego, hablamos de fútbol (hincha de River y de Platense también, porque siempre estuvo del lado de los débiles), Claudio sabía y decía que el problema de la Argentina, que en unos días iba a jugar en Sudáfrica con Alemania, eran los laterales y no se equivocaría (nos comimos 4 que se iniciaron por las bandas).

Llegamos al auto, te llevo le dije (como hubiera hecho él sin consultar) y no quiso, te acerco, tranzamos: a Retiro, dijo.

Subió él, puerta sobre la vereda de la calle Perú.

Paso por delante del vehículo, me siento, puse la llave y no arranco porque veo que Claudio se agita, que mueve los brazos, que cae el libro, que lo abrazo, que recuerdo que un día me dijo que su padre murió en sus brazos y que yo le dije que suerte porque el mío se fue solo, en PAMI, y le dije para decirle algo Claudio, estoy aquí, y le palmeaba el pecho, y se quedó en mis brazos quieto, dormido; entonces llamé a Diana, su mujer, que presintió lo que pasaba y al tucumano, en el diario, que recibió esa noche la noticia más inesperada.

Después vino la ambulancia, con ella la policía, Diana y Susana, mi mujer, y Emiliano, el mayor, el que corría con la cuna en aquel departamentito cercano al Congreso cuando Claudio nos visitaba, Emiliano que siempre, en el oficio, me acompaña.

Claudio Andrada nació el 8 de enero de 1935. Murió el 30 de junio de 2010. Fue un periodista de noticieros (radio Antártida), que salvó su vida por milagro cuando se incendió el lugar en el que trabajaba; periodista de agencia (Noticias Argentinas) y un periodista destacado en temas judiciales del diario Clarín.

No escribió ningún libro (no quiso) pero ayudó a escribir varios.

Nació y creció en un ingenio (Santa Ana), cuyo padre –destacado 9 de Atlético de Tucumán en su juventud- era administrador.

En Buenos Aires, vivió en la localidad bonaerense de Carapachay y todos los días viajaba a Barracas para hacer el secundario en la escuela Joaquín V. González.

Tuvo por compañero y fue su gran amigo, Federico Bedrune, que también sería periodista y le abrió caminos.

Fue por Federico, a quien hoy llamaré, que conocí a Claudio antes de que Claudio, por Federico, entrara a Clarín.

Con Claudio, además de todo, me unían las mismas miradas políticas y el amor por el tango. Sin él y Diana, en las noches de las grandes milongas porteñas, no fue lo mismo ni tampoco el champagne podía disimularlo.

Hace cinco años que no suena el teléfono, ni llamo para escuchar su voz, con el noticiero de radio Rivadavia, a su espalda.

Siempre estuvo mejor informado que yo, hasta cuando estaba retirado y yo, todavía, en plena actividad.

Nos quedaron temas para compartir como Alberdi y José Luis Torres, el autor de La década infame (1930/1940), ambos tucumanos (a propósito Claudio ¿que hubiera hecho Belgrano sin los tucumanos?)

Al escribir estas líneas que me complacen y duelen mientras lo hago se me cayó el café con leche sobre los diarios.

Ese fue el Gordo Cardoso y Claudio, cómplice, que se ríe porque al Gordo siempre le pasaba.

Fue una noche cálida de invierno, fue hace cinco años.

Pasa el tiempo, ¿pasa?

(*)  Nota escrita el 30 de junio de 2015 para Facebook. Hay un par de toques, uno, obligado por razones técnicas y otro olvidado en la versión original: los 35 años de coincidencia que mediaron entre la muerte de Perón y la del Gordo Cardoso.

Título: Claudio Andrada