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HISTORIAS Y LIBROS A METROS DEL CONGRESO

Cuando el editor se libera de sus ataduras va a los mediodía a La Mesa de los Jueves, una institución con justo a albahaca y cepa y postre de historia e ideas. De allí, con otros comensales, fue a una librería muy especial y, en el medio, entró al Museo del Senado para encontrarse con ... él mismo.

Por Armando Vidal

Comienzo aquí con un presentimiento, sigo con una sorpresa y finalizo con la inauguración de una librería, a metros del Congreso. Así con estas pocas palabras presento este viaje por el tiempo donde someto a la razón ajena la idea de que el kirchnerismo puede llegar a emular al

yrigoyenismo. Aclaro: puede parecerse a lo que fue el yrigoyenismo, especialmente en el gobierno, para el radicalismo, en tanto que el peronismo, fuerza mayor que lo comprende, se está organizando de arriba hacia abajo con la participación de más de 220 mil ciudadanos recién afiliados en el PJ, justo cuando otros partidos se han transformado en sellos.

Por lo que hace y sobre todo por lo que hace el Gobierno, el kirchnerismo empuja como un incipiente yrigoyenismo –bueno, don Hipólito- lo hacía contra el régimen conservador hace más de un siglo. (Atención estimado Vicente Palermo puede usted corregirme, o cualquiera de mi lista de amigos que realmente saben y así me eviten insistir en lo que puede ser una interpretación errónea, desmesurada o apresurada. Nota: este es un llamado que hice en Facebook donde publiqué este texto que no despertó reaccioens críticas).

Todo a cuento de lo que pasó ayer en Diputados. (NdE: alusión a lo que pasó el 6 de abril en el recinto).

¿Fracasó el bloque de la primera minoría (que es mayoría con relación a los otros) porque faltaron 21 diputados para alcanzar el quórum para aprobar la ley contra los despidos?

¿Fracasa el que empuja porque tiene que seguir empujando?

Esto me da pie para recordar el centenario del 4 de abril de 1916, cuando el radicalismo de Yrigoyen ganó las elecciones al obtener finalmente más representantes que eligieran la fórmula que encabezada con el riojano Pelagio Luna. Y el 12 de octubre de ese año asumió la presidencia el primer presidente argentino elegido por su pueblo. Resultado de un largo y obstinado esfuerzo de empujar.

Es la historia la que me lleva al Congreso y sus inmediaciones.

Merodeo por allí sin ninguna nostalgia.

Como ayer que entré al Museo del Senado y me encontré conmigo (un sillón quemado en la noche de furia del 28 de diciembre de 2001 y una nota mía como explicación ya que estuve allí en la madrugada, estupendamente editada en Clarín (ay Clarín, Clarín, Clarín).

Un enorme gusto para mí que incluyó el amable saludo de la señora directora del Museo con los mismos años en el Congreso de la democracia.

Me acompañaban dos amigos de la Mesa de los Jueves, otros se habían adelantado y otros venían atrás.

Uno era Angel Prignano, escritor de temas tan concretos como Crónica de la basura porteña (sin alusión a la política) o El inodoro y sus conexiones (sin alusión a los gobiernos reaccionarios) y el más grande cultor de la barriología, término de su pertenencia a partir de sus trabajos sobre Flores y el Bajo Flores.

Y el otro era Arnanldo Goenaga, ex concejal peronista, amigo y seguidor del gran Fermín Chávez , director honorario y columnista post mortem en el periódico de aquél, ABC (Almagro, Boedo, Caballito), en cuyo número de abril el historiador radical Diego Barovero, también componente de la Mesa, evocó el triunfo de Yrigoyen en 1916.

Íbamos la inauguración de la librería El Purrete, de la Av. Entre Ríos al 200, que recomiendo para los amantes de la historia y la política.

Fue como una cita de socialistas, entre los cuales estaban Jorge Rivas, Víctor García Costa, Oscar González, Juan Carlos Coral (cuarenta y pico de años que no lo veía) y Alberto Berreta, presidente de la Sociedad Luz –donde funciona en la Av. Suárez 1301, Barracas, con títulos oficiales el Profesorado de Historia “Dr. Alfredo Palacios”- pero también había radicales, comunistas y peronistas.

A la hora del brindis y los sandwichs de miga (esos que se extrañan en el exilio, dicen) los jóvenes dueños agradecieron la presencia y muy especialmente lo hicieron con García Costa, cuya colección de libros, documentos, archivos de grandes figuras y piezas históricas son de una dimensión que ya entra en la mitología.

García Costa, el de los diálogos con Perón y Balbín, el último exponente de la generación de políticos emergidos de las dictaduras del siglo pasado, es autor de una veintena de libros, entre ellos Alfredo Palacios, entre el clavel y la espada.

A él le tributaron su agradecimiento esos purretes llenos de futuro, gesto que no perturbó el rostro sin huellas de Víctor y que se fundamentaba en poderosas razones escritas, miles y miles de razones escritas.

Nota: El editor escribió este texto para su muro en Facebook y, con poquitos retoques, se permitió publicarlo aquí. Un jueves.