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TEA, SECRETOS Y CONFESIONES

Síntesis de una visita a una ponderada escuela de periodismo y de una charla con jóvenes, ellas y ellos, interesados también en la política, que incluyó confesiones sin odio, y referencias de un tiempo que pasó pero cuya memoria puede ser evocada en favor de este presente.  "La esperanza es el sueño del hombre despierto", dijo Aristóteles.

Por Armando Vidal

Antes de referirme a una charla con jóvenes estudiantes, escribo estas primeras líneas bajo la gran impresión que me produjo haber ido a la escuela de Tea&Deportea, Periodismo por periodistas, según su lema  y a la cual recorrí en su edificio de la calle Lavalle 2083, un viaje interior por el periodismo. Portal amplio, recepción cálida a medida que van llegando los estudiantes y boca que despide cuando salen en interminable hilera ellos y ellas, entre diálogos a las apuradas que bajan con ellos, escalón por escalón, en sus tres pisos.

Y todo entre grandes portadas informativas, perfectamente diagramadas y presentadas en cada pared, con reconocimientos y distinciones a periodistas y personalidades en sus treinta y cinco años de vida.

Y todo sin hablar de los estudios de televisión y radio, archivo, sala de redacción y  otras dependencias complementarias.  

En síntesis un templo del periodismo cuyos directores, naturalmente, son periodistas: Jorge Búsico,  Carlos Ares, Carlos Ferreira y Juan José Panno, cuatro de los cinco fundadores en 1987 de la escuela,  a los que hay que sumar al quinto, Carlos Ulanovsky, quien, en 1995,  fue también fundador de Tea imagen.

Palabras de Tea&Deportea, con el título Haciendo historia, tomadas de su sitio oficial:

“Entrar en TEA y Deportea es como entrar en una redacción. Es estar desde el primer día en contacto directo con la información y con los protagonistas. Es abordar una noticia de último momento frente a una computadora, ante un micrófono y delante de una cámara. Es formar parte de una comunidad de periodistas. Es encontrar todas las herramientas para afrontar el amplio universo de la comunicación. Es transitar todos los géneros y todas las plataformas. Es estar en contacto permanente con periodistas, porque la escuela fue fundada por periodistas y sigue siendo un lugar en el que enseñan periodistas. Es ir a buscar material a uno de los mejores archivos periodísticos del país; pasarse horas en las salas de redacción que albergan más de 100 computadoras; compaginar videos en las 10 islas de edición; dirigir desde la sala de control; grabar y salir en cámara en el estudio de TV; armar programas en los 4 estudios de radio. Es trabajar en equipo, hacer amistades, divertirse. Es participar de un cierre, de armar un programa de radio y producir un noticiero de TV. En las aulas presenciales o, desde este año, en las virtuales. Es ética, pasión y trabajo”. Fuente: https://www.teaydeportea.edu.ar/la-escuela/

* Ahora, sí, entremos al aula

No los conté pero eran alrededor de treinta los alumnos que me esperaban. Llegué exactamente a las dos de la tarde y ya estaban todos  También, el profesor que me había invitado, Fabián Kovacic, periodista y escritor (uno de sus libros titulado Galeano, es la primera biografía del inolvidable Eduardo Galeano) y, además, un egresado de Tea.

Sentado ante un escritorio, junto con Kobacic, a mi izquierda, un pizarrón a la espalda y una platea  expectante, confesé lo que sentía como si yo mismo estuviera allí, entre ellos, esperando a un viajero del tiempo que llegaba para contar alguna historia color ceniza.

Y...sí, a casi mis ochenta años, asomó el que fui, el estudiante desorientado que en 1964 buscaba un destino, que vivía en Quilmes y una noche huyó de una clase de análisis matemático  en Ciencias Económicas, en La Plata, e ingresó a los dos días en la Escuela Superior de Periodismo, también conocida como El Grafotécnico (*), en la calle Moreno al 1900, en Buenos Aires, donde, además, trabajaba de 7 a 14.10,  en la oficina Contaduría de la desaparecida empresa estatal Servicios Eléctricos del Gran Buenos Aires (Segba), que el menemismo privatizó y despanzurró entre Edenor y Edesur. 

Con ese recuerdo conté la primera e inolvidable lección aprendida, a los seis meses de estudiante, cuando con motivo de un acto peronista realizado en Plaza Once, el 17 de octubre, escribí lo que sería la pretensión de una corta nota basada en cómo lo había visto un lustrabotas. No recuerdo haber dicho nada especial, salvo que para ello el lustrabotas se puso de pie. Pegué la nota  en una especie de pizarrón grande que había en un pasillo, a modo de vidriera de nuestros primeros palotes periodísticos.

Los directores de la escuela eran dos periodistas: Francisco Papini,  que trabajaba en La Nación, dedicado a los temas militares y Díaz Funes, cuyo nombre no me acuerdo, que trabajaba en el diario El Economista, fundado en 1951, año difícil en la mesa argentinas.

La nota estaba en el mural cuando fui a la escuela al día siguiente pero a poco de llegar un empleado me informó que me llamaban desde la Dirección, a la que fui. También estaba Díaz Funes.

-- Vea Vidal, hemos recibido quejas, hemos visto la nota y le pedimos que la saque.

Palabras más, palabras menos, eso fue lo que dijo Papini

No sé qué respondí, no se cómo manifesté mi incomprensión pero se lo que hice:  la saqué. Y al contarlo en la charla del martes 27, cincuenta y ocho años después,  sentí una profunda tristeza por el muchacho que fui porque lo primero que aprendió fue un acto de censura, la lección más importante que le dejó esa escuela. 

Como para salir de mi propio pesar, por lo que acababa de darme cuenta, conté como humorada el modo en que hoy escribirían en Clarín las cosas que diría el lustrabotas. 

Tras las risas, hablamos de cómo todo periodista debe llegar con su información y mensaje del modo que sea posible a la misma sociedad generadora del hecho -todo lo que transcurre fuera de un diario es público- cuya importancia evalúan empresas privadas, en función de sus propios intereses.

Siempre fue así pero ahora con una regla profundamente distorsionada porque ya no se trata de preservar al avisador sino también, periodistas mediante, garantizar lo que quiere leer, ver y escuchar el patrón. Para eso también existen escuelas de periodismo. Periodismo del sí, aunque al periodista le conste es no.

Siempre la oligarquía tuvo sus diarios propios, defensa de intereses dominantes con el imperio de turno, caso de la Argentina con Inglaterra desde el siglo XIX hasta la Década Infame y después, hasta ahora, con los Estados Unidos.

Lo destacable es cómo el giro de Clarín desbalanceó por completo el sistema. Y que me perdone Héctor Magnetto, famoso hoy contra su voluntad por su obra, porque voy a repetir lo que me dijo en una charla de trabajo en los albores de esta democracia. La frase fue: "...nosotros hicimos proteccionistas a La Nación". Cierto. Aludía a Papel Prensa, la fábrica de papel argentino cuyos dueños iniciales eran Clarín, La Nación y La Razón, con el Estado como socio mayoritario.

Claro que casi un cuarto de siglo después, en el conflicto con el campo en el primer gobierno de Cristina Kirchnero por las retenciones de la Resolución 125 del entonces ministro de Economía, el reput(e)ado Martín Lousteau,  el abonado a lo más rancio y reaccionario del campo fue Clarín.

Clarín, el diario industrialista desde que su fundador, en 1945, Roberto J. Noble, once años después,  conociera a Rogelio Frigerio, el abuelo, por entonces director de la reaparecida en ese momento revista Qué, donde escribían, entre otros, Raúl Scalabrini Ortiz y Arturo Jauretche. Primero la fábrica, escribía Frigerio, porque todo lo demás viene después. Ahora, no. Primero, la soja.

Entre otras referencias acerca del diario en el que trabajé toda mi vida aludí en la charla al  momento clave en que se acelerarían los cambios: enero de 1990, cuando Magnetto echó al jefe de película que tenía Clarín, Marcos Cytrynblum. Y, por fin, tuvo el dominio absoluto de la Redacción.

A esa altura, Kovacic encausó la charla hacia el Congreso de la Nación y mi experiencia con tantos años de periodista parlamentario y, como suele pasar en mi caso, con el escándalo del diputrucho, del que di rápida cuenta, gracias a la estupenda nota de Jorge Martínez Carricar en la página web de La Nación (no salió en el diario de papel, presuntamente porque allí perduran viejos lectores, con resquemores más viejos todavía).  Se publicó el 26 de marzo último, a los treinta años del hecho, en la tarde de ese día de 1992. Incluye el relato de cómo Clarín publicó la absoluta e inapelable verdad del hecho. Que, dicho sea de paso, el escritor Martín Sivak ignoró por completo  en su libro Clarín, la era Magnetto. Ni una línea en todo lo que pasó con ese tema a lo largo de 1992.

Dije algo así que el Congreso es la casa de la democracia, y la democracia es apenas un limitado contrapoder del poder real, maltratado por los medios dominantes para reducir si pudieran todo intento de que llegue al gobierno un movimiento popular, nacional y democrático. El Congreso es esa casa de las leyes que, por ejemplo, puede votar, después de consultas y arduos debates normas como la ley de medios de octubre de 2009, tras la cual explotó el bien llamado periodismo de guerra en el que todavía estamos. Todo con el amparo de la injusticia judicial.

Hubo preguntas y respuestas en favor de los diálogos y consensos que en mi caso promuevo para no pelear entre argentinos, dado que siempre tuve muy presente las bombas contra la gente en el acto de la CGT de apoyo al gobierno en Plaza de Mayo, el 15 de abril de 1953 y los bombardeos contra su propio pueblo de los pilotos la Marina y la Aeronáutica del 16 de junio de 1955. También a que soy hijo de un trabajador dirigente gremial, que en limpias elecciones, en 1952, después de la muerte de Evita, perdió la conducción del gremio de los textiles (AOT), por defender al gobierno, pese a la profunda crisis económica que se padecía. Venció el que llevó la voz de los trabajadores afectados por la carestía y el alza permanente de los precios: Andrés Framini, otro peronista.

Por eso, dije en la charla, yo sólo fui un gran trabajador, un hijo de obreros en el Congreso y que  grande es la distancia que me separa, por ejemplo, de periodistas como Horacio Verbitsky y Carlos Eichelbaum, que nacieron entre libros que en mi casa no había.

¿Por qué la importancia del otro? No porque haya hablado Cristina "del otro" sino porque ella misma no lo practica bien, como si estuviera enojada con su padre, que para los peronistas es Perón, a quien ella nunca nombra. 

 Perón hizo todo para entenderse con su adversario, el radical Ricardo Balbín, a quien en 1950 había enviado a la cárcel, para lo cual vino expresamente el 17 de noviembre de 1972, año dramático cuyo cincuentenario estamos cumpliendo. Balbín era el conductor del radicalismo y recibió como jefe del principal partido opositor los elogios públicos ante la Asamblea Legislativa del 1º de mayo por Perón de 1974, un discurso de unidad de las fuerzas populares que los medios jamás recuerdan, a diferencia del que después pronunciaría en la Plaza de Mayo, que sí lo recuerdan porque fue un choque entre el líder y la generación más joven de los peronistas combativos

Hoy la oposición del odio no tiene candidato, salvo Mauricio Macri, el candidato de Estados Unidos. 

¿Será Cristina la candidata? No, dije, polariza y además tiene sus años.  ¿Alberto?¿Hum... le van a pasar todas las facturas, incluyendo el acuerdo con el FMI. como si a él lo hubiera pedido.

- ¿Y quien le gustaría que fuera?- preguntó una alumna.

- Wado-  dije.

- Eduardo de Pedro, ministro del Interior-, amplió el joven de la primera fila a la izquierda en voz alta para sus compañeros del fondo.

- ... es la firmeza, la ternura, el dolor y la esperanza, una metáfora de la Argentina, todo eso siento por él, aunque, aclaro, no lo conozco- añadí como final.

La sala quedó como en silencio, entre diálogos musitados y entonces me puse de pie, agradecí, aplaudí entre los aplausos y me fui pensando en ellos y en Wado, el hijo de todos. 

(*) El Grafotécnico, presentado como La Obra del Cardenal Ferrari, tuvo un triste final. Cerró sus puertas antes de cumplir sus  años años.  Fundado en 1934, algunos de sus egresados alcanzaron gran notoriedad como, por ejemplo, Osvaldo Bayer y Guillermo Franchella, que optó por ser actor divertir y no enfrascarse en el minuto a minuto de un periodista  y, encima, por poca plata