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MEDIOS Y MIEDOS IMAGINARIOS

Las profecías pasan, el mundo queda, y los medios en su papel de difusor de miedos imaginarios, con amplia acogida en el pueblo norteamericano, donde la credulidad parece más enraizada, dice este periodista y escritor con los ojos como excusa en el reverendo Harold Camping.

Por Marcos Mayer

Seguramente alguien que acarrea el nombre de Harold Camping siente en algún lugar de su espíritu que todo es movedizo y provisorio. Hay algo que une un nombre y un destino. Eso lo saben bien actores, escritores, relatores deportivos y músicos que consideran que llamarse de determinada manera es un camino seguro al fracaso. Y que el seudónimo ha de torcer esa fatalidad arrastrada desde la cuna.

Como sea, este pastor norteamericano se dedica cada tanto a profetizar que este mundo está pronto a desaparecer. Ya ha fijado otras fechas anteriores; en 1988 y 1994.

Sus profecías, felizmente, suelen no cumplirse, pero extrañamente obtienen mucha prensa. Su anuncio de que el pasado 21 de mayo era el día elegido por Dios para poner fin al mundo ha sido rebotado intensamente en diarios, noticieros y revistas y muy comentado con distintos grados de ironía en las redes sociales.

La misma popularidad ha obtenido su nuevo cálculo para el 21 de octubre (dos días antes de las elecciones argentinas), reelaborado a partir de su convencimiento de que lo que ha ocurrido hasta ahora ha sido simplemente un juicio sumario de actitudes y sentimientos de todos nosotros para adjudicarnos un buen o un mal lugar en el más allá.

No es la única profecía apocalíptica que anda dando vueltas por allí.

Nostradamus y el calendario maya coinciden en que el año que viene será el último que nos toque vivir en este planeta. Hasta se estrenó una película, 2012, que trata del salvataje de un grupo de elegidos para poder poblar la Tierra cuando pase el cataclismo que destruya a casi todo el planeta, con la excepción de ciertas zonas del África donde la humanidad hallará un nuevo destino.

Al fin y al cabo, una profecía, por más avalada que venga, no logrará derrotar tan fácilmente ese optimismo que ha hecho de Hollywood lo que es hoy. La película fue un éxito cuando se estrenó pero ya nadie la recuerda. De todos modos, podría sospecharse que hay una cantidad importante de gente que cree en el valor de estas profecías. De hecho, Camping tiene un programa de radio que se emite por 150 emisoras en todo el territorio estadounidense, país donde la credulidad parece más enraizada.

Baste recordar el episodio de la lectura radial que hizo Orson Welles de la Guerra de los mundos (que desencadenó una ola de suicidios), o lo sucedido en Guyana cuando el reverendo Jim Jones logró convencer a más de 900 personas que se quitaran la vida con cianuro.

En el texto del Apocalipsis, que se puede leer en el Nuevo Testamento, subyace la idea de que el tiempo (medido con criterio terrestre) no es eterno, de que la vida humana tiene fecha de vencimiento.

Es una idea atractiva, fogoneada por grupos como el del reverendo Camping que le ha puesto también fecha de inicio al Universo: 11.013 antes de Cristo.

Parte del secreto de esta forma de saber es presentarse siempre como exacta. Ningún astrónomo arriesgaría a dar con precisión la fecha del Big Bang.

En el caso del sacerdote, lo exacto es la prueba del engaño, algo que los buenos mentirosos saben. No debe mentirse nunca de manera imprecisa.

Lo realmente interesante de todo el asunto no son los delirios más o menos calculados del reverendo yanqui sino que logre captar la atención de tanta gente.

Sin dudas, puede leerse un narcisismo tranquilizador en el hecho de pensar que no hay un futuro más allá de nosotros, aunque eso cueste todo un planeta. Pero habría que considerar que cada época alimenta sus propias fantasías.

El papel de guardián de la democracia y la paz mundial que se autoadjudicó Estados Unidos en los 50 y los 60 tiene un correlato por un lado en la carrera espacial y por el otro -casi como una inmediata contracara- en la literatura de ciencia ficción, un género hoy casi extinguido y que sobrevive en la pantalla grande en sus formulaciones más adocenadas.

En aquellos tiempos, la tecnología era un camino para el progreso -palabra a la que también se le ha pasado (tanto a nivel personal como colectivo) su cuarto de hora y a la vez el germen de la destrucción.

En cierto sentido, lo técnico estaba concebido desde lo humano, acarreaba sus potencialidades y sus aspectos oscuros. Encerraba en sí mismo lo benéfico y lo letal.

Hoy parecería que la tecnología, pese a ser omnipresente (o tal vez por eso mismo) en la vida cotidiana, ya no es concebida desde lo humano, sino como una entidad con vida y reglas propias, una fantasía representada por Matrix.

Hay que entender la “mente” de la computadora para quedar libre de ella. Y en paralelo con la permanente innovación tecnológica empiezan a proliferar relatos retro o apocalípticos, conspiraciones que llegan desde el pasado, como las que relata Dan Brown, advenimientos de anticristos más o menos simpáticos, casi nunca completamente invencibles ni definitivamente vulnerables.

En ese ámbito, profecías como las del reverendo o las de los mayas, basadas en cálculos al uso nostro, encuentran un lugar en la credulidad general, pese a su flagrante inverosimilitud y al hecho de que nadie se las termine de tomar en serio, ni siquiera aquellos que las enuncian.

Como si, más que los hechos, se precisara que alguien, de paso como un campamento, nos diga, más para tranquilizarnos que para generarnos inquietud. Y la certeza aproximativa de que, después de tanta pena y tanta herida, hay una posibilidad de que el mundo se termine dentro de un rato nomás.

Título: Que se acaba el mundo

Fuente: Revista Debate, 4/6/11.