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VÍCTOR HUGO Y UN TIPO RARO

Víctor Hugo Morales salió a defender a Fito Páez por la exorbitancia de lo que cobró en el homenaje al bicentenario de la Bandera creada por Belgrano y lo hizo de un modo que puede ser muy bien empleado en su contra. De eso trata esta nota sobre el destacado comunicador. 

Por Armando Vidal

La encendida defensa que el 7 de marzo hizo Víctor Hugo Morales de los altos honorarios cobrados por Fito Páez por su actuación el 27 de febrero en el homenaje en Rosario al bicentenario de la Bandera fue contraria a sus propios intereses.

Si todo lo justifica el dinero y no el deseo de hacerlo por el gusto de hacerlo, la causa misma que distinguió a Manuel Belgrano carece de todo sentido porque él precisamente dio su fortuna a la Patria.

No era por lo tanto cualquier acto, como podría ser la inauguración de una importante obra, sino el que más claramente señala la determinación de ser un país independiente a través de la creación de su máximo símbolo para ponerlo en manos de las tropas que finalmente consumarían el sueño.

Ese día, con motivo de la publicación que había hecho Clarín acerca de lo pagado por el gobierno socialista de Santa Fe –425 mil pesos, equivalente en ese momento a unos 100 mil dólares- el programa de Víctor Hugo encolumnó a sus oyentes en la dirección marcada por su conductor, al menos según los llamados que se difundieron.

En síntesis: hay que pagar a los profesionales por sus servicios prestados. No importan las circunstancias, hay que pagar.

Mejor defensa del interés individual sobre el interés público, imposible, una posición que no va de la mano precisamente con el pensamiento y obra del propio Víctor Hugo.

De allí esta extrañeza que, curiosamente, nadie expresó en su programa.

Si hay derecho a cobrar al Estado, en este caso a la provincia de Santa Fe, según las reglas comerciales de una actuación convencional -donde los riesgos y las ganancias son del empresario- en lugar de hacerlo a tono con un festejo cuyo significado huelga explicar, ello supone que, para los profesionales, no hay diferencia entre una cosa y la otra.

En consecuencia, los profesionales, los que cobran por lo que hacen, están inhibidos de no hacerlo, según la lógica expuesta por Víctor Hugo. Sobran los ejemplos en sentido contrario y de los artistas, en particular, incluyendo extranjeros, si es que lo son como Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina.

De Páez, este periodista no diría nada especial, salvo que nunca lo consideró un artista comprometido con la sociedad al estilo de León Gieco, que también, dicho sea de paso, es santafesino y cuya obra está fuera de toda discusión.

Del gobernador Antonio Bonfatti –que evidentemente no es Hermes Binner-, tampoco diría nada, salvo que no hizo gala de ninguna austeridad republicana, una de las banderas de la ética socialista. 

Ese mismo principio, siguiendo el razonamiento de Víctor Hugo, se aplica también a los profesionales de la comunicación, de lo cual se deduce que la gran tarea que él viene desarrollando en favor del gobierno de Cristina Kirchner –el firmante suele formar parte de su audiencia-, sólo podría hacerse por dinero.

Honestamente, cuesta creer que este hombre cálido y frontal, a veces un tanto enajenado en su larga lucha contra Clarín, sea un mero farsante, porque ello lo transformaría en un gran actor y a quien esto opina en un ingenuo periodista encima veterano.

 “La Patria no tiene que pagar por las consecuencias de mis convicciones personales” dijo alguna vez Julio González, secretario legal y técnico de Isabel Perón, luego de pasar siete años de cárcel tras el golpe de Videla y se opuso a cobrar indemnización alguna.

Un tipo raro este González.