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QUÓRUM Y TABLERO

QUÓRUM Y TABLERO

DESDE 1819 QUE EL QUÓRUM ES UN PROBLEMA

La falta de acuerdos en el Congreso de la Nación redobló la importancia de la alta barrera para alcanzar el quórum en ambas Cámaras (129 en Diputados y 37 en el Senado), que por imperativo constitucional está establecido en la mayoría absoluta del total de miembros. Tarea para la próxima reforma. En EE.UU y Gran Bretaña, con cuerpos muy numerosos,  no es necesario, salvo lógicamente a la hora de votar.

Por Armando Vidal

Una lanza arrojada en 1819 se clavó hasta hoy en la Constitución: el artículo sobre la formación del quórum, una herramienta que hoy aparece como eje de la tensión entre el oficialismo y la oposición en cada nuevo debate en el Congreso.

El artículo con su redacción inalterable siguió en la también unitaria Constitución de 1826 y se consagró en la de 1853. Y no sufrió modificaciones en las tres reformas siguientes, realizadas sobre asuntos puntuales en 1860, 1866 y 1898.

Tampoco la Constitución peronista de 1949 cambió su texto, como bien pudo hacerlo tomando en cuenta que más que una 

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OTRA VOTACION TRUCHA EN DIPUTADOS

Este material demuestra que todo trámite parlamentario era pasible de irregularidades cuando la votación no se realizaba bajo el control del tablero electrónico, en la actualidad digitalizado y de uso obligatorio para todos los proyectos de ley. A tres años del diputrucho, otra violación a los procedimientos.

 Por Armando Vidal

En el tren de los 200 asuntos aprobados por la Cámara de Diputados en el amanecer del 8 de diciembre de 1995, el último vagón es “trucho”, según constancias y testimonios.

Se trata del proyecto de los justicialistas bonaerenses José Luis Castillo y Dámaso Larraburu por el que los puertos de Bahía Blanca, Quequén y Mar del Plata resultaban beneficiados con reembolsos por el 6 por cientos de las exportaciones. Ese proyecto no fue aprobado por el plenario de Diputados, como se evidencia en la primera versión taquigráfica de la sesión.

De modo que el último asunto aprobado fue la insistencia del cuerpo que rechazó el veto a la ley 24.490 comparable, aunque con otros porcentajes y en favor de los puertos patagónicos.

Luego la Cámara se quedó sin quórum por lo que su presidente, Alberto Pierri, levantó la sesión, tras desearles éxito a los legisladores que terminaban su mandato. Eran las 6 y 25. Parecía que todo concluía normalmente. Una segunda versión taquigráfica cuenta lo que para algunos diputados no sucedió en momento alguno.

Según esa versión, Pierri puso a votación el ingreso del proyecto sobre tablas de un dictamen de la comisión de Transportes, así como una previa moción de apartamiento del reglamento. Tras esas dos votaciones se aprobó en general y en particular su único artículo, puesto que el segundo era de forma. “Queda sancionado el proyecto de ley. Se comunicará al Honorable Senado, dice Pierri”, de acuerdo con la versión.

Todo eso, en los papeles. Ahora los testimonios.

“No, no se votó” afirmó enfáticamente la diputada justicialista santacruceña Rita Drisaldi, para quien la única acta valedera es la primera versión taquigráfica. Y ante la pregunta de Clarín referida a cuál fue su reacción frente a lo que sería una grave irregularidad en el trámite de sanción de una ley, contestó: “Informé de ello el miércoles último al plenario del bloque al que pertenezco pero como había expectativa por la sesión de la tarde me pidieron no debatir la cuestión. El presidente de la bancada, Jorge Matzkin, me dijo que se iba a ocupar de informar a las autoridades de la Cámara. Y yo le requerí que obrase con urgencia”.

 Citó, entre otros testigos de que la Cámara no votó aquello que en la última versión taquigráfica aparece aprobado, al ex diputado santacruceño Francisco Toto y al actual jujeño Horacio Macedo. Drisaldi añadió que Matzkin le había comentado esta irregularidad al gobernador de la provincia de la legisladora, Néstor Kirchner.

Consultado Pierri, negó por completo la interpretación. “Ese proyecto se votó”, aseguró a Clarín, despreocupado porque, después de todo, el asunto no integra el temario de extraordinarias.

Fuente: Escrito para Clarín, 21/12/95.

Antecedentes del tema: En 1983 se sancionó la ley nacional 23.018 que otorgaba reembolsos a las exportaciones realizadas a través de los puertos patagónicos, siempre y cuando fueran originarias de esta región. Por ley nacional, ese mismo año, se ratificó la resolución por porcentajes que iban desde el 8% (San Antonio Este) hasta el 13% (Ushuaia). Posteriormente, la ley nacional 24.490 prorrogó por cinco años, a partir del primer día de 1995, la vigencia del reembolso y a partir del 1º de enero del año 2000 comenzaría la reducción paulatina a razón de un punto porcentual por año, hasta su extinción total, con lo cual en el 2007 cesó el beneficio para los puertos de Río Negro y Chubut. Fuente: Infochubut. com 

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QUÓRUM, COMO OBSESIÓN

Un oficialismo apretado en el Congreso es un oficialismo quieto, expectante y temeroso aun ante una oposición sin referentes que impongan liderazgos. Cualquier Poder Ejecutivo en tal situación preferirá mantener en un plano secundario aquello que no controla. Las siguientes referencias acerca de las pujas en torno de la vieja problemática de la formación del quórum son parte de la misma cuestión. .

 Por Armando Vidal

Dos gobiernos compartieron porciones equilibradas de poder político en la Cámara tenida como del pueblo, con lo cual ambos dependieron siempre de aliados eventuales y generalmente de la misma oposición para sesionar.

La ley, que es la norma que más cuesta pero también la que más valoran jueces e inversores, fue siempre producto de esa debilidad. Una debilidad que se resume en un nombre de origen griego: quórum.

Sin quórum no hay ley, que es lo que persigue la oposición cuando se niega a colaborar a su formación.

La Constitución dice en su artículo 64 (ex 56) que ninguna de las Cámaras legislativas puede entrar a sesión sin la mayoría absoluta de sus miembros.

Obtenerlo, a veces, es un parto de los montes.

En el tiempo alfonsinista, el presidente del bloque radical, César Jaroslavsky, se vio más de una vez en aprietos para reunir el número mínimo que reclama iniciar las deliberaciones. Pero para Jorge Matzkin, heredero de José Luis Manzano en ese mismo cargo del bloque justicialista, el quórum se transformó en una obsesión.

Obligado a hacer funcionar la máquina de votar a contrapelo de viejas convicciones, la bancada del PJ debió realizar piruetas al borde mismo de la legalidad -o fuera de ella- para delinear el mapa normativo del ajuste y el desmembramiento del aparato estatal.

Convertido el Congreso de la Nación en una gigantesca inmobiliaria que sólo protestó cuando no pasaba por ella la operación de venta de las empresas estatales, el oficialismo desplegó todo su poder y argucia para alcanzar la mayoría absoluta que se exige al efecto de poder sesionar.

Incluso quiso modificar el reglamento interno del cuerpo a tono con la reforma constitucional de facto de 1972 que aligeraba la carga al sostener que las sesiones podían iniciarse con la cuarta parte de los legisladores en sus bancas.

Omitía tomar en cuenta que para ello se reclamaba la reforma constitucional, cuyo anteproyecto elaborado por el propio PJ incluía ese cambio y otros, entre ellos la posibilidad de la reelección presidencial.

El esfuerzo en pos del quórum y, por tanto de la ley tan preciada, solía tener por motor el ministerio del Interior o la secretaría general de la presidencia, con la colaboración habitual de los operadores del Palacio de Hacienda y la mesa de conducción de la bancada como cabina de control. Eran los tiempos previos a la reforma constitucional de Santa Fe que concentró esos cometidos en la jefatura de Gabinete.

Si bien el nivel de fracasos de las sesiones por falta de quórum es fuente inagotable de desprestigio del Parlamento, el sabotaje al quórum es parte de una praxis que sólo debe limitarse a un uso no abusivo.

Podría decirse que nunca se instaló en el recinto una discusión sincera sobre la legitimidad o no del recurso empleado tanto por peronistas y radicales, ya que siempre desataron las mismas réplicas de parte de las fuerzas del gobierno de turno con aquello de rehuyen el debate, ñoquis, no quieren trabajar, se esconden detrás de las cortinas y otras chicanas propias del show político.

La obsesión del quórum -tanto para el gobierno de Alfonsín cuanto al de Menem- respondió a que radicales y peronistas siempre necesitaron ayuda para iniciar las sesiones. El voto popular en ambos casos les había conferido número suficiente de bancas para ser mayoría –el radicalismo arrancó con 129 diputados en 1983- pero siempre necesitaron de bloques minoritarios aliados para iniciar el debate, al que de inmediato se sumaba la oposición.

Luego, la preocupación siguiente era – y, naturalmente, sigue siendo porque el modus operandi es el mismo-, contar con el número suficiente a la hora de las votaciones siempre que debieran resolverse por simple mayoría. Cuando ellas reclamaron un número especial de votos afirmativos como por ejemplo en el caso de rechazo a una sanción de la otra Cámara (NdE: el último ejemplo más ilustrativo es el resonante el rechazo a las retenciones móviles de julio de 2008 y el primero desde 1984 al de la llamada ley gremial dado que en ambos casos la mayoría absoluta fue de votos negativos) el cometido se tornó casi inalcanzable. Y directamente fue imposible lograrlo si esa barrera era la de los dos tercios como para declarar la reforma constitucional.

En síntesis, las leyes que son producto de la confrontación y no del consenso, aquellas frente a las cuales la oposición extrema su resistencia y lanza su grito de guerra al negarse a dar quórum, desatan un conflicto que no por reiterado resulta conocido.

Fuente: El Congreso en la Trampa , (Planeta, 1995)

QUÓRUM, CUANDO MUEREN LAS PALABRAS

Convulsionan las sesiones de dura disputa cuando todo depende de la voluntad de un único legislador que si ocupa su banca se transforma en la llave que permite sesionar y votar. Y si hace lo contrario termina redoblando la tensión entre las fuerzas en pugna. Ahora el Senado se ha sumado a la práctica de ese todo o nada,, antes exclusiva de Diputados. Con un diferencia: como en tiempos de Hipólito Yrigoyen, los que respaldan al gobierno son menos que los que están en contra. Quórum, tremenda palabra cuando mueren las palabras e importan los números: 129 en Diputados, 37 en el Senado.

Por Armando Vidal

La confrontación como obra y el Congreso como teatro incluyen al quórum como capítulo de la tragedia o comedia de la política argentina, según se prefiera. La historia de la desesperación entre el que quiere consagrar y el que quiere impedir –papeles en que los actores van cambiando, según la voluntad soberana del pueblo transformado público- registra muchos episodios en este ya superado cuarto de siglo de democracia. Y tal como se perfilan las acciones, el Bicentenario en su tramo de apertura augura algunos más.

Que los golpes militares sean ya para las generaciones nuevas la protohistoria de esta realidad, no resta preocupación a ese modo de dirimir las pujas en una etapa sin capacidad de diálogo, ni respeto a la palabra ni confianza alguna por lo tanto en sus resultados.

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TRAMPAS A MEDIANOCHE

En la estratégica noche del cierre del primer periódo de sesiones ordinarias de la recuperada democracia, los legisladores querían aprobar de apuro una alta pila de proyectos, muchos surgidos de sus respectivas promesas de campaña. En esa carrera contra el reloj, un pícaro peronista sin mucha idea de lo que significaba ser diputado de la Nación quiso pasar como alambre caído al radical Juan Carlos Pugliese, presidente de la Cámara. Fracasó con la trampa urdida. Un rato antes, pese a la complicidad de un empleado radical, tampoco habían podido con Jorge Vanossi, sorprendido por los  extraños movimientos de números en el tablero.

Por Armando Vidal

 Fue el 30 de septiembre de 1984. El presidente de la Cámara de Diputados Juan Carlos Pugliese, radical, estaba en su despacho convocado por su secretaria Astrid Gallina por una cuestión que reclamaba su presencia.

Pugliese que diez años antes había sido senador nacional, veinte años antes diputado en ese mismo lugar y, encima, convencional constituyente en 1957 sabía que el recinto –ese recinto- tenía la personalidad colectiva de un adolescente. Y que podía manejarse con rienda suelta sólo hasta el momento de hacer lo contrario. Era respetado pero también temido por esa capacidad de conducción.

Esa noche era la del último día del primer período de sesiones ordinarias del restablecimiento de la democracia como forma de gobierno. El también radical Roberto Silva, vicepresidente 1º -a quien le complacía alborotar el avispero de tanto en tanto con ocurrencias desde el estrado que terminaban con un retorno precipitado de Pugliese-, y el peronista Adam Pedrini, vicepresidente 2º, no estaban en el recinto.

Por eso, tuvo que presidir la sesión el ocupante del siguiente cargo de jerarquía (en aquellos tiempos no existía la vicepresidencia 3ª). Era Jorge Vanossi, presidente de la comisión de de Asuntos Constitucionales, también radical.

Los diputados de todos los bloques estaban interesados en sacar los proyectos de sus respectivas autorías, esas iniciativas que generalmente se corresponden con promesas de campañas.

Llegaba la primera rendición de cuentas de la tarea cumplida y ninguno de ellos podía volver a su pueblo sin al menos haber reclamado una obra, pedido un informe o expresado el agrado con que la Cámara vería la realización de tal o cual asunto todo lo cual reclama un proyecto aprobado.

Como es de práctica en los hábitos criollos, la tarea había sido dejada para último momento. Si no se hacía antes de la medianoche de ese 30 de setiembre –con la reforma constitucional de 1994, el plazo de las ordinarias se extendió hasta ese mismo día de noviembre-, la gran mayoría de los legisladores iban a volver a sus distritos con las manos vacías. En tal caso, habría que esperar hasta mayo con la apertura de un nuevo período de sesiones ordinarias (desde 1995, comienzan el 1º de marzo) ya que en las sesiones extraordinarias sólo se pueden tratar los asuntos del PEN razón por las cuales convoca al Congreso.

Vanossi miraba y repasaba el recinto, que en tales circunstancias tiene algo de fin de curso, algo de trámite en el aeropuerto mientras llaman una vez más para embarcar y un poco también de los últimos minutos de una asamblea gremial, política, universitaria o de consorcio de vecinos.

No le complacía la misión porque, a diferencia de la cátedra, estaba en el frente pero sin poder hablar y al sólo efecto de que pudieran hacerlo otros. Se limitaba a mirar y rematar con el clásico ``aprobado'' tras cada votación en la por el apuro los diputados no levantaban bien la mano, y algunos ni eso.

El quórum lo marcaba el tablero: 128 (la mitad más uno de los 254 del total porque todavía no había nacido la provincia de Tierra del Fuego, que incorporaría tres miembros más).

- Qué pasa con el tablero?, inquirió Vanossi al ver oscilaciones que le llamaron la atención siendo que en el recinto, curiosamente, todos estaban sentados.

Un empleado de extracción radical allegado a la presidencia de la Cámara, el mismo que luego continuaría su cometido en la era del peronista Alberto Pierri, se le acercó con una sonrisa un poco más para que no escucharan otros oídos en el estrado.

Vanossi giró un poco su asiento para tenerlo de frente y fulminarlo con la mirada.

 - ¿A qué se debe éso?-, preguntó.

 - Bueno, en fin...,- balbuceó el ayudante lo que era toda una respuesta.

- No jodan, entienden bien, ¡no jodan! ordenó Vanossi, que en la intimidad suele expresarse con un lenguaje crudo.

Desde ese momento comenzaron las sospechas que la cantidad de traseros en las butacas podía no corresponderse con las que cantaba el tablero. No se agotó allí esa noche de sorpresas.

De pronto, el reloj de la Cámara se paró a tono con lo que decía una leyenda que, como tal, provenía de otros tiempos. Nunca se documentó pero esa extraña circunstancia en el tramo final de la sesión que desde hacía rato había vuelto a manos de Pugliese quedó asignada a una picardía del peronista santafesino Ignacio Luis Rubén Cardozo, no en vano conocido como Buscapié Cardozo (el luego menemista relevado en el manejo de los bonos solidarios y mejor conocido por sus andanzas como embajador en Paraguay y cónsul en Miami).

Igual que a Vanossi, a Pugliese tampoco lo pasaron.

- Informo a la Cámara que me voy a guiar por mi propio reloj-, dijo.

Y, para terminar con los mitos de las trampas a la medianoche, con el pulso de su muñeca, a las 24 en punto levantó la sesión.