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POLÍTICOS Y PARLAMENTARIOS

POLÍTICOS Y PARLAMENTARIOS

LO QUE NOS MATA ES EL CANTO DE LAS SIRENAS

Para el habitual colaborador de La Nación, analista con cierta distancia de la inmediatez de los hechos, el  "daño incomensuarable" de Cambiemos se condensó en el 2018, elude nombrar a Mauricio Macri y culpa también a la oposición.

Por Eduardo Fidanza

El año que concluye fue traumático para el país. La crónica histórica registrará una crisis económica severa que seguramente será interpretada como un episodio más de un ciclo iniciado muchas décadas atrás y repetido con características parecidas cada 10 ó 12 años.

Visto en forma retrospectiva, lo que sucedió este año era muy probable: que habiendo optado el Gobierno por un fuerte endeudamiento externo para financiar una estrategia gradualista, el cese súbito del flujo de capitales exógenos generara un déficit inmanejable dejando a la vista la debilidad del sistema.

Este duro desenlace muestra, como coinciden los observadores lúcidos, un error de diagnóstico inicial: creer que un mundo financiero codicioso, velocísimo e inorgánico acompañaría la corrección lenta de la macroeconomía de un país imprevisible que juega en las ligas menores del concierto internacional.

¿Por qué pudo haber ocurrido esta equivocación, cuyas consecuencias provocan sufrimiento en la sociedad e incertidumbre en el oficialismo, que transitó desde la reelección casi resuelta a la angustia de una victoria exigua o improbable?

Da la impresión de que este tipo de error proviene de lo que el psicólogo A. T. Beck llamó distorsiones cognitivas: equívocos en que incurre el pensamiento al procesar e interpretar la información que proviene del entorno.

El gobierno de Cambiemos desarrolló un amplio repertorio de incongruencias cognitivas: primero, definió sus principales políticas mirando las encuestas antes que los problemas; segundo, sobreestimó su propia capacidad, convenciéndose de que conformaba un equipo de calidad insuperable -"el mejor en los últimos 50 años"-; tercero, estableció una causalidad errónea al suponer que la simpatía política de las principales potencias desencadenaría un flujo incondicional de dólares frescos e inversiones productivas; cuarto, confundió el apoyo electoral con el poder político real; y, quinto, subestimó la gravedad de la situación heredada.

Acaso una hipertrofia de la subjetividad fundamente todas estas distorsiones.

Se potenció el vínculo, inspirado en el marketing, entre lo que quiere "la gente" y lo que el gobierno ofrece para satisfacerla, sin advertir que por fuera de este juego de oferta y demanda político comercial existen realidades objetivas internas y externas: fragilidad estructural de la economía, ineficiente asignación de recursos, debilidad secular de los gobiernos no peronistas, ausencia de consenso político, desconfianza en un país que destruyó su moneda para financiarse con recursos espurios, despiadada timba financiera global.

Datos severos que fueron menospreciados por un gobierno tal vez bienintencionado que, sin embargo, sucumbió al canto de las sirenas de su propio narcisismo: somos los mejores intérpretes de la sociedad, no perderemos el tiempo en consultas, haremos la transformación que nadie pudo hacer, no precisamos el consenso, la inflación es lo más fácil de resolver.

Si aún se puede aprender de los errores, la omnipotencia debería ser materia de meditación para los próximos gobiernos, al menos por una razón paradójica: si el reflejo triunfalista de Cambiemos fue ocultar al principio la triste verdad de la herencia porque "la gente" no quería malas noticias, su fracaso posterior arrastró a la sociedad a una desnuda constatación: si la Argentina no crea recursos genuinos no tendrá futuro. Seguirá generando pobres, potenciando conflictos, provocando desconfianza.

Esta restricción, que la actual administración no quiso, no supo o no pudo ver, es la que heredará la próxima, independientemente del partido a la que pertenezca.

El peronismo, obsesionado por la posibilidad de recuperar el poder, no parece advertir este hecho. Sus candidatos siguen soñando como Macri y otros antes que él: si llego, me las arreglaré solo, tendré los votos y la iluminación de los elegidos. Habría que recordarles que ni a Néstor Kirchner le alcanzó con las excepcionales condiciones que le tocaron. Su solipsismo autoritario comprometió el futuro del país. Algo que su esposa se encargó, desgraciadamente, de potenciar.

2018 no tuvo piedad: se cobró los errores del Gobierno y la oposición,  dejando extenuada a la sociedad. El daño sufrido es inconmensurable.

En lo inmediato, dos síntomas resultan alarmantes: la fragmentación del poder al interior de las elites y el desahucio de la economía real.

Una sorda guerra de intereses en la cima, mientras en la base sucumben los emprendimientos y las pequeñas y medianas empresas que sustentan el empleo.

Eso para no hablar de la pobreza. En fin, una densa trama de conflictos, recesión e injusticias de la que emana recelo e incertidumbre.

No obstante habrá que apostar, como exigía Pascal. Este es quizás el desafío del porvenir: disminuir la omnipotencia política, asumiendo que por mucho tiempo en la Argentina nadie podrá solucionar los problemas solo. Esa es la inflexión que tal vez cambie el destino. Si se la desecha, los años, implacables, seguirán cobrándose nuestras equivocaciones.

Título: 2018, el año que se cobró los errores

TIMERMAN, VICTIMA DEL ODIO Y LA MENTIRA

La muerte de Héctor Timerman, a los 65 años, secuencia final de un persecución arbitraria y perversa, no opaca el recuerdo de la sana ingenuidad que transmitía. Aquí, el debut del joven cronista parlamentario, luego director de medios, alto funcionario nacional y el castigo. 

Por Armando Vidal

En 1974, Héctor Timerman llegaba con sus rulos rubios al Senado de la Nación para reemplazar al cronista parlamentario de La Opinión, Luis Sapag, hijo del ex gobernador de Neuquén y gobernador en ese momento, Felipe Sapag, cuyo hermano, Elías, era senador nacional en ese período.

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ÉSTO NO ES FASCISMO: ES ALGO TODAVÍA PEOR

Esta observación del escritor, periodista y asumido militante de la izquierda uruguaya abre nuevas perspectivas de análisis en torno de la extrema derecha actual, vinculada al neoliberalismo por su contenido empresarial o al fascismo por cierta praxis política. Aquí, están marcadas las diferencias.

Por Raúl Zibechi

 Decir “fascismo” confunde y despolitiza. La extrema derecha actual es hija del extractivismo/cuarta guerra mundial, mientras el fascismo fue parido por el capitalismo monopolista en competencia por los mercados mundiales, por el colonialismo e imperialismo en su deriva racista.

Como lo señaló Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. Comprendo que en los debates apasionados contra esa derecha machista y racista que crece exponencialmente, hablemos de “fascistas” o “fachos” y utilicemos adjetivos similares. Muchos lo hacemos como forma de fustigarlos.

Sin embargo, el análisis sereno que expide el pensamiento crítico debería ir más al fondo de la cuestión.

Una porción importante de tales analistas desgajan el crecimiento de esta ultraderecha de la realidad económica, social y cultural que vivimos, y atribuyen este proceso a la influencia de los medios, al papel del imperialismo y a otras cuestiones generales que no consiguen explicar el fenómeno y lo atribuyen o bien a causas exógenas o a fenómenos como las redes sociales que no explican nada.

La Revolución Francesa no fue consecuencia de la expansión de la imprenta, ni la rusa fue hija de la electricidad o del cine, aunque estos desarrollos tecnológicos tuvieron su influencia

Por otro lado, el capitalismo no fue siempre igual. No siempre pretendió eliminar a camadas enteras de la sociedad, como aspira a hacerlo en estos tiempos. Hubo periodos en los cuales las clases dominantes buscaron integrar a las “clases peligrosas”, y a esa política la denominamos estados del bienestar. Ahora se trata de explicar porqué han pasado de la integración a la segregación, para fantasear luego con el exterminio.

Para comprender el nazismo y el fascismo, Karl Polanyi se remontó a la Inglaterra de los siglos XVIII y XIX, analizando en detalle el cercamiento de los terrenos comunales (enclosures) en favor de los terratenientes.

Ese proceso fue clave para promover la modernización, “liberando” a los campesinos de la tierra de la que fueron expulsados, sin más opción que ofrecer sus brazos a la naciente industria. Pero la proletarización del campesinado fue un proceso traumático, que desarticuló la sociedad inglesa, como destaca Polanyi en La gran transformación, publicado en 1944.

Con datos económicos, sociológicos y antropológicos, el autor concluye que el liberalismo económico y su “mercado autorregulado”, destruyeron los cimientos materiales y espirituales de las sociedades.

En sus propias palabras, la economía de mercado procedió a “la demolición de las estructuras sociales para obtener mano de obra”, y de las ruinas de la vida comunitaria nació la tentación fascista.

Las ultraderechas actuales tienen otra genealogía, aunque es evidente que hay puntos en común.

Quiero destacar algunos aspectos que muestran las diferencias con el fascismo de los años treinta del siglo pasado y señalan también la necesidad de hurgar en nuestras sociedades para entender la deriva en curso.

Uno, el extractivismo expulsa a la mitad de la población (según regiones más o menos) de una vida digna, incluyendo salud, educación, vivienda, agua y seguridades mínimas. Esa población a la intemperie, debe ser controlada con nuevos modos: masificación de cámaras de seguridad, militarización, feminicidios, bandas de narcotraficantes, milicias parapoliciales, entre las más conocidas formas legales e ilegales.

Dos, el tipo de Estado que corresponde a este sistema de acumulación por despojo/cuarta guerra mundial, es el Estado policial, con sus correspondientes campos de concentración para los de abajo. Quien crea que exagero, que observe los entornos de la gran minería, de las megaobras de infraestructura y de los monocultivos, donde esto ya funciona. ¿Qué son las barriadas de las periferias urbanas, sin agua pero con abundancia de hombres armados, sino campos de concentración?

Tres, este sistema desborda violencia estructural, machista y racista, por todos sus poros. Sugiero dos lecturas. El reportaje de Katrin Beenhold en The New York Times sobre los varones de extrema derecha en Alemania del este (goo.gl/Y98L51), donde la violencia machista tiene un claro motivo sistémico; y “El laboratorio social de China en Xinjiang”, en II Manifesto (goo.gl/bH9JTk), donde el poder ejerce “un control capilar” y diabólico sobre la población. Los varones, desde Alemania hasta Brasil, no se vuelven feminicidas por su genética, sino porque perdieron muchas cosas, como consecuencia de un modo de acumulación que no reconoce fronteras. Entre lo que perdieron, está el “mandato de masculinidad”, que analiza Rita Segato.

Cuatro, este sistema extractivo de guerra no puede ser desmontado paso a paso, ni desde adentro, porque sus instituciones no funcionan para la sociedad sino contra ella.

No son las instituciones que conocimos durante el periodo del desarrollismo y el estado del bienestar que protegían a los ciudadanos.

Las de ahora lo parasitan, en particular a quienes viven en la zona del no-ser: pobres y descartables, mujeres y jóvenes.

Título: Despacito por las piedras

Fuente: www.surysur.net/ 9/11/18

PERFILES PARA PENSAR CON OJOS EN OCTUBRE

Una frase de contención a una bancada opositora, lanzada por el entonces diputado alfonsinista Raúl Baglini, en el debate sobre la deuda externa, da pie para analizar las diferencias entre los políticos y los empresarios que, como en la ocasión, llegan al gobierno por asuntos de negocios.

Por Emiliano Vidal

En política, rara vez se habla de teorías. Sin embargo, en 1986, a dos años y meses del regreso de la democracia,  el entonces diputado alfonsinista Raúl Baglini, dejó grabado un apotegma en un largo debate sobre la deuda externa, que el peronismo quería investigar y fracasó en el intento.

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¿POLÍTICA ES TEATRO COMO EN EL TEATRO?

Nota de interés para actores políticos/as que tienen por escenario el recinto de un Concejo Deliberante, Legislatura provincial y capitalina  o el  coliseo que es la Cámara de Diputados de la Nación, sin excluir al Senado. Lenguaje de teatro para quienes usan las palabras para gobernar.

Por Teatros Canal

Diríamos que el teatro griego es el máximo exponente de todo cuanto nuestra sociedad le debe a la cultura de la Grecia clásica, pero eso sería caer en el cliché. Ya se sabe que “todo está inventado”, y que sin los antiguos helenos, hoy no hablaríamos de democracia ni de olimpiadas.

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