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LAMBERTO: TIEMPOS EN QUE ÉRAMOS IGUALES

Relato de infancia y adolescencia en días de los dos primeros gobiernos de Perón, con el color de la sociedad de la épòca y la semilia de un peronista que creció y se hizo grande en una familia de padres radicales.

Por Oscar Lamberto (*)

Calles de tierra, pelotas de trapo, montoncitos de ropa de abrigo que hacían las veces de arco. Largos picados sólo interrumpidos por los escasos autos anteriores a la guerra, que estaban al cance de muy pocos.

Es la postal proyectada de mis recuerdos.

En mi niñez, transcurrida al comienzo de los cincuenta, en la ciudad de Galvez, en la provincia de Santa Fe, la sociedad no presentaba grandes diferencias entre los distintos sectores, por lo menos en cuanto a los bienes de confort y del hogar, porque con una economía cerrada y una industria nacional que producía con poco volumen, en los pueblos del interior las diferencias eran más de estatus que de poder económico.

Más en una pequeña ciudad de no más de diez mil habitantes.

Existía una clase principal que integraban los profesionales que se contaban con los dedos de una mano y dentro de ellos los de mayor jerarquía eran los médicos, el jefe de la estación de trenes, el jefe de Correos, el de Obras Sanitarias, y el director de la DGI, el gerente del Banco de la Nación, y del Banco provincial, las directoras de escuelas, el comisario, el intendente, que por ese entonces designaba el gobernador, y los concejales, expresaban la representación del poder estatal, completaban el elenco de la gente principal los comerciantes de mayor arraigo y relevancia a los que se incorporaban los industriales recién llegados.

Con todo no era un sector uniforme. La política, que todo lo impregnaba, hacía que tuvieran duros enfrentamientos que, como en todo pago chico, se llevaba a cuestiones personales con enconos que se mantenían por años y por generaciones.

Pero estos sectores al igual que el resto menos pudiente de la población, padecía de calor en verano donde algunas pocas familias contaban a lo sumo con un ventilador, y la barra de hielo que se vendía en un carro que pasaba por todas las calles era el refrigerador mas usado, en invierno era común ver largas colas para conseguir dos litros de queroseno.

En los días de más baja temperatura, el método para hacer entrar en calor a los alumnos de las escuelas primarias, vestidos con el clásico pantalón corto, era sacarlos a saltar al patio.

La vida social también era limitada y las salidas a un único cine y dos confiterías se completaban con naipes y billares.

*En el club del barrio

Quizás la actividad más participativa era el deporte que disputaban seis clubes que alternaban el fútbol en invierno y el basquet en verano.

El tapial de la casa de mis padres lindaba con Santa Paula mi club favorito, donde durante mi niñez pasé mas horas que en ningún otro lugar. Era el lugar donde se realizaban todos los sueños. Cuando jugábamos a la pelota nos transformábamos en las estrellas de los clubes de Buenos Aires, cuyos nombres aprendimos en una vieja radio; donde los domingos nos juntábamos a escuchar al gran Fioravanti y reconocíamos sus rostros en los noticieros de Argentina Sono Films. Jugando al basquet nos sentíamos los Globe Troter y a la salida del cine en la sección matiné éramos cawboy, piratas, Tarzán o los soldados del desembarco en Normandía.

El barrilete era el complemento ideal para nuestra vida de libertad, y con las infaltables gomeras organizábamos cacerías donde en nuestra imaginación lográbamos algún impacto en el pájaro que siempre se escapaba.

Las carreras de autitos fabricados con nuestras manos,  imitando a las coupes del turismo de carretera.

Una de esas competencias, la vuelta de Santa Fe,  pasaba frente de nuestra casa.

Los hermanos Gálvez, Ciani, Mansilla, Emiliozzi, el Toto Chiozzi, pasaban saludando a la gente que se volcaba a las calles.

La replica en pistas imaginarias era inmediata, corríamos largas horas con nuestro prototipo tirado por una cuerda.

Las bolitas y figuritas eran los juegos que complementaban las diversiones en tiempos que no existía televisión ni Internet.

* Radio, cena ay a dormir

La fiesta finalizaba cada día con nuestras madres buscándonos para terminar la tarea. Cerraba la jornada, la familia unida en la mesa familiar, escuchando en una radio con infinitos ruidos a los Perez Garcia, una novela de una familia porteña con una inagotable cantidad de problemas y al Glostora Tango Club (NdE: El Glostora Tango Club era un programa previo a los Pérez García y posterior a Qué pareja), con el ultimo tango llegaba la hora del sueño, hasta la mañana donde un guardapolvo blanco nos esperaba para ir a la escuela.

Durante las noches de verano, había un poco de tregua y nos dejaban salir hasta la esquina a jugar debajo de un farol con una luz mortecina que irradiaba innumerables sombras de niños felices.

Fuera de ese mundo sin preocupaciones bullía otro, el de la vida política, donde la revolución peronista incorporaba nuevos actores, los obreros organizados en sindicatos y las mujeres.

El voto femenino necesitaba para su instrumentación la emisión de libretas cívicas; todas las mujeres mayores de 18 años, concurrían a las oficinas de registro civil en búsqueda del instrumento que le daba derechos e identidad.

Los argumentos de la sociedad machista y gorila eran para la antología. Algunos decían que "el voto femenino era el fin de la familia", y que " los locales peronistas femeninos son sólo para cabareteras y prostitutas".

* Comité radical

 En la esquina de mi casa había un comité radical, por ese entonces aún permanecían unidos. Mis recuerdos más vivos quedaron registrados como esas viejas imágenes en sepia.

Cuando había elecciones, nuestra madre no nos dejaba salir a la calle, por temor a los disparos de armas de fuego, tanto entre sectores enfrentados o algún borracho que intentaba festejar.

Creo que eran temores infundados porque nunca me enteré de que hubiera habido algún lastimado por esa causa.

La otra fotografía que guarda mi mente es la de una noche muy fría con una persistente llovizna, donde en las afueras del local partidario, subidos a un acoplado que hacía las veces de tribuna, hablaban nada menos que Arturo Frondizi y Ricardo Balbín,  los dos diputados más prestigiosos de la oposición, que andaban de recorrida por el interior, en la campaña por la elección del vice presidente para reemplazar al fallecido Hortensio Quijano (NdE: 1954).

Mis padres, por tradición familiar, eran radicales de Hipólito Yrigóyen y si bien reconocían que el gobierno de Juan Domingo Perón tenía matices similares, se mantenían fieles a su historia pero no tenían participación activa en ningún partido.

Pero en esos años el debate estaba instalado en la mesa familiar, se comentaban las noticias que llegaban en el diario La Capital de Rosario y paulatinamente comenzábamos a percibir que el país se iba dividiendo en dos fracciones cada mes más enfrentadas entre peronistas y antiperonistas.

Mi pasión temprana por la política nació en ese entorno, que tenía una tremenda contradicción con nuestro aprendizaje escolar, a tal punto qué un día llegué alborozado a casa exhibiendo la nota más alta en una redacción, en la cual decía que la nueva Argentina era económicamente libre, políticamente soberana y socialmente justa, todos logros de Perón y Evita.

Mis padres iban cambiando el rostro a medida que avanzaban en la lectura. Me di cuenta de que había metido la pata. Pero ellos con mucho tacto nada me dijeron. Más tarde los escuche hablar muy preocupados por lo que estaba aprendiendo en la escuela pública.

Creo que ellos anticiparon que, con el tiempo, su hijo sería peronista.

* Los Campeonatos Evita

Pero también existían otras formas por donde los niños nos acercábamos a la política: los campeonatos Evita y los regalos de la Fundación.

Santa Paula era una de las sedes de los juegos infantiles. ¡Que envidia! ver a todos esos chicos con las camisetas de los distintos clubes de la primera división y no poder jugar. En realidad nunca supe por qué, si porque era medio tronco para el fútbol o por la filiación política de mis padres. Lo cierto que para un niño de siete años ver un partido desde la tribuna, cuando en la cancha están los compañeros de todos los días del potrero es muy frustrante.

A tal punto, que me acerqué al entrenador del equipo que llevaba la camiseta de River, no se me hubiese ocurrido otra, y le dije que quería jugar y que contaba con mi propia camiseta. Me dijo que era tarde,  que las inscripciones se habían cerrado y que en la escuela me tendrían que haber avisado.

La compensación vino poco tiempo después, cuando con los chicos del barrio mandamos una carta a la Fundación Evita, pidiendo once camisetas para nuestro equipo. Cuánta alegría cuando a la semana llegó por correo un paquete con las once camisetas de la selección nacional y una pelota de cuero.

Nunca le conté a mis padres el origen de la camiseta que lucía en nuestra canchita de barrio. Los niños creen saber el valor del silencio en determinadas oportunidades. Entonces se debió producir una doble complicidad. Yo no conté, pero ellos no me preguntaron. Seguramente siempre lo supieron.

* El tren y Perón

En los pueblos del interior el ferrocarril era el factor predominante de casi todas las cosas, en el nuestro era además un nudo ferroviario con salida a distintas regiones del país.

Era cabecera del ramal del ferrocarril Belgrano que unía Gálvez con la capital de la provincia, muy cerca estaba la estación del ferrocarril Mitre recientemente nacionalizado, que contaba con extraordinarios instalaciones que, además de la estación, incluía talleres, galpones de máquinas, vivienda para los trabajadores, un club herencia de los ingleses, tanques de abastecimiento y era una parada obligada de los trenes que iban y venían de Buenos Aires a Tucumán.

Tren que fue un testigo obligado de tantos argentinos que abandonaban sus provincias natales para ir a buscar suerte en Buenos Aires que se expandía con el crecimiento de la industria nacional.

Seguramente por esa estación también pasaron los exitosos Atahulpa Yupanqui, Los Chalchaleros, Palito Ortega.

También para encanto de la mayoría y espanto del resto un día se detuvo el tren presidencial y muchos galvenses pudieron ver y algunos con mayor suerte saludar al presidente Juan Perón y a su compañera Evita.

La parada fue de unos pocos minutos pero cada uno de los presentes y de los ausentes, podían contar una historia que siempre estaba teñida del fanatismo político; amor infinito para unos, odio salvaje para otros.

Los chicos que nos juntábamos en el club fuimos beneficiarios de siete pelotas de goma que la comitiva oficial tiraba desde el tren.

Recuerdo que no duraban mas de un partido, porque debían ser de mala calidad o nosotros muy brutos. Lo cierto que a menos de una semana tuvimos que volver a nuestra vieja pelota de cuero con tiento que picaba para cualquier parte y cuando se mojaba era como pegarle a una pared.

* Las fiestas

Los hechos extraordinarios en nuestra vida cotidiana estaban marcados por las fiestas patrias y las patronales.

Las primeras significaban madrugones, frío en la plaza pública, tanto en mayo como en julio, pero era los días que nos daban chocolate, lucíamos escarapelas en nuestros pechos y sentíamos un inconmensurable amor por la Patria; cantábamos el Himno, la marcha de San Lorenzo, Aurora y Mi Bandera. Algunos elegidos bailaban el pericón y algún funcionario dirigía la palabra, algo que debía ser tan ajeno a nosotros que, por mas que trato de recordar, no registro un solo rostro y mucho menos algo de lo que decían.

Las fiestas patronales tenían otra impronta, misa y procesión, por la mañana, juegos y espectáculos por la tarde, donde nuestro deleite era escuchar la banda y comer limones frente al que tocaba la tuba para hacerle secar la garganta y obligarlo a sonidos equivocados.

Tengo gravada la mirada de espanto del músico cuando nos veía llegar y extraer nuestros limones.

Las fiestas eran un motivo para cambiar la comida de todos los días, ni sopa ni puchero, los ravioles de la abuela que se amasaban la noche anterior en la mesa familiar, las tortas de mi madre y el vino Nebiolo que mi padre destapaba en ocasiones muy importantes.

A la noche baile, hecho vedado para los más chicos, pero que pude disfrutar en mi adolescencia.

Las fiestas patronales se festejaban en todos los pueblos en honor del santo de los lugareños.

Como mis abuelos maternos eran de Gessler y su patrona es Santa Ana que se recuerda el 26 de julio de cada año, para mi niñez era tan o más importante que la de Gálvez.

La casa donde nos juntábamos, diez tíos con sus consortes e innumerables sobrinos era el lugar obligado donde una vez al año todos se ven la cara, se lucen trayendo todo tipo de comidas, se cuentan historias, se critican a los ausentes y a la hora del baile todos al salón Margarita a terminar la fiesta.

* El muerte de Evita

Fue en una noche de Santa Ana, que yo contemplaba a un mono que hacia piruetas en la puerta, cuando mi padre me tomó de la mano y me dijo teníamos que irnos, que se suspendía el baile porque "murió Evita".

Cuando se cuenta con ocho años la muerte nos resulta muy extraña, solo la podemos asociar con la vejez. Algunos años mas tarde la vida me demostró otra cosa, pero en ese momento era un hecho que te marca para siempre.

Las imágenes filmadas de las exequias de Evita en la ciudad de Buenos Aires muestran el dolor en millones de argentinos que desfilaban frente a su féretro.

En los pueblos del interior se levantaban altares, los llamaban túmulos, donde se apilaban ofrendas florales y se rezaba.

Mientras que para los antiperonistas había muerto la perona y algunos vivaban al cáncer, los humildes, los invisibles, tenían una nueva Santa, y era de ellos. Estaba en sus casas, su foto con la vela prendida fue un testimonio que mantuvieron hasta hoy y el odio no pudo con ella.

Dos nuevos hechos iban a tener influencia por muchos años en mi vida.

Por un lado Santa Paula reclutaba jugadores para las divisiones infantiles en las que milité en todas: infantiles, cadetes, segunda y llegué a jugar algún partido en primera donde discutí con el entrenador, entregué mi camiseta adorada y no jugué más.

Pero los diez años que duró están plagados de los recuerdos mas hermosos, algo que revivo cuando veo a mis nietos jugar en el mismo club y lucir la misma camiseta.

* Iglesia, conmoción y venganza

Por el otro. el queridísimo amigo de mi niñez, Cacho Rolfo, me invita a sumarme a la Acción Católica. No sabía muy bien de qué se trataba pero si me invitaba mi amigo debía ser buena.

Al poco tiempo vestía la sotana de monaguillo y aprendía como loro la misa en latín, con tantas cosas en mi vida en la cual tengo una lucha inconsciente por ser el mejor, terminé transformado en un católico insoportable, como son de insoportables todos los que se creen dueños de la verdad.

Por supuesto no todo era dogma, también había fútbol, y viajes al seminario de Santa Fe a encuentros deportivos que nunca supe si tenían una segunda intensión, pero cada tanto alguno del equipo terminaba estudiando de cura.

El ambiente político comenzó a enrarecerse cada vez más; asonadas militares, bombardeos en la plaza de mayo a la población civil, enfrentamiento con la Iglesia, expulsión de cardenales, quema de Iglesias, iban jalonado el camino que llevaría al golpe falaz de 1955.

Mientras tanto los enfrentamientos se producían en el seno familiar, parientes que dejaban de hablarse, comentarios sobre denuncias a opositores, renuncia de Perón, el pueblo concentrado en todas las plazas del país esperando que retirara la renuncia y sobre el anochecer todo el país pendiente de la radio hasta escuchar que el General seguía en su cargo.

Todo era una cuestión de tiempo y llegó ese día fatal donde en una semana de septiembre caía por un golpe cívico militar el gobierno del General Juan Perón; el país entraba en una noche negra, pero mientras tanto se embanderaban casas y se llenaba la Plaza de Mayo. Reinaba un triunfalismo que pronto se transformaría en frustración: es que a Perón no lo echaron por los errores que pudo haber cometido, sino por sus aciertos.

* Sin deuda externa

Era demasiado que el país no ingresara al FMI, que no tuviera deuda externa, que hubiera pleno empleo y buenos salarios, que se empezara a fabricar autos, trenes y aviones, que se construyera un país independiente de las potencias que se habían repartido el mundo.

Fue cuando los intereses externos y sus socios locales coincidieron que había que terminar con Perón a cualquier precio y vaya qué precio pagó el país por esa decisión.

La decisión del presidente provisional que en el país no había ni vencedores ni vencidos, duró pocos días. Bajo la consigna “se acabó la leche de la clemencia” se hizo cargo del gobierno el binomio Pedro Aramburu y Isaac Rojas.

La hora de la venganza había llegado. Detenciones ilegales, comisiones investigadoras, despidos masivos, interventores en todas partes. secuestro y desaparición del cadáver de Evita.

Se crearon comandos civiles armados para impedir el retorno del peronismo al poder que operaban hasta en los pequeños pueblos del interior.

La contracara inmediata fue el comienzo de la resistencia peronista que con distintas formas y actores duraría 18 años hasta el retorno de Perón a la patria.

Algunos militares leales a Perón encabezados por el General Juan José Valle y un conjunto de civiles intentaron recuperar el poder en 1956. El intento fracasó pasando por las armas a los jefes revolucionarios y a muchos civiles.

La violencia instaurada permanecería por muchos años en la sociedad argentina. El peronismo fue proscrito, sus símbolos como la marcha partidaria y hasta el nombre de Perón fueron prohibidos.

* Constitución derogada

Con el peronismo fuera de competencia por imperio de la fuerza militar, se convocan a elecciones para reformar la constitución de 1853 ya que la de 1949 había sido derogada por los golpistas.

El radicalismo -en teoría el que más se beneficiaba de la prohibición del peronismo-, se dividió en dos fuerzas irreconciliables, la UCRI encabezada por Arturo Fondizi y la UCRP conducida por Ricardo Balbín.

Las dos fuerzas, más otras agrupaciones menores, concurrieron a las urnas para la elección de diputados constituyentes. Perón, desde el exilio, mandó votar en blanco. Y los votos en blanco ganaron la elección, quitándole legitimidad al resultado que llevara a la constituyente a un fracaso, ya que sólo pudo incorporar el articulo 14 bis sobre derechos sociales.

Quedaba en claro que por más prohibición que existiera el peronismo era mayoría y que sin Perón el país resultaba ingobernable.

 Así lo entendió Arturo Frondizi que para llegar al gobierno pactó con Perón y la masa de votos en blanco de las elecciones constituyentes fueron para su partido en las elecciones presidenciales.

En mi pago chico se replicaban peleas y alianzas, el local de la esquina quedó la UCRI, volvieron asados y festejos.

* Bienvenida adoelscencia

Casi si darme cuenta terminé la escuela primaria, la maestra le aconsejaba a mi madre que no perdiera tiempo y plata en mandarme a la escuela secundaria porque según ella no tenía aptitud para seguir estudiando.

Mi madre argumentando que sólo tenia trece años hizo caso omiso de sus consejos y me mandó a inscribirme en la escuela secundaria. Ambos coincidimos que sería en la Escuela Nacional de comercio, pero la decisión ya la había tomado a instancias del flaco Casina que tenía argumentos irrebatibles: la escuela de comercio era de media jornada, no había que engrasarse en el taller como en la escuela industrial y además lo más importante: estaban las minas.

Con una de ellas llevo casi cincuenta años juntos.

Empezaba otra etapa, sin duda la más linda en la vida del hombre: la adolescencia. Y el primer síntoma de esa libertad fue el permiso de pileta, las fiestas bailables en casas de familia y la música que venía de afuera al compás del reloj de la banda de Billy Halley y sus cometas.

Todo el mundo de mi niñez se limitó a unas pocas manzanas de barrio, escuela, parroquia y club. Mis lugares habituales estaban en un radio de dos cuadras; con otro par mas, se llegaba al campito que hacía las veces de nuestro estadio de fútbol. Salvo los viajes con mi padre al campo de la familia, situado a quince quilómetros o a la casa de mis abuelos algunos pocos quilómetros mas lejos, en general los viajes eran una rareza.

* Festejo inolvidable 

Viajar a la ciudad de Rosario hoy es muy fácil, está a solo ciento veinte quilómetros de Gálvez por autopista, poco mas de una hora de recorrido; para gran parte de los galvenses es casi una rutina. No lo era tanto hace cincuenta años, cuando nuestra maestra lo eligió como viaje de egreso de la escuela primaria.

Solo un día para despedir la niñez, viajamos felices en un colectivo, pasamos primero por la Ciudad de San Lorenzo, visitamos el histórico convento y el campo de la Gloria donde el General San Martin derrotó al invasor español, y continuamos viaje hasta el monumento a la bandera que se había inaugurado un año atrás.

Culminamos ese día inolvidable en el parque de la Independencia, disfrutando de ese lugar único en la ciudad, con el zoológico, el estadio de Nwels Old Boy, el hipódromo, el parque de juegos infantiles y el deleite de niños y enamorados en el lago con sus botes.

Al regreso cansados pero plenos de felicidad, cada uno sabia que algo se terminaba, que cuando colgáramos el ultimo guardapolvo empezaba otra vida.

Por ese tiempo mi padre decidió disfrutar los resultados de una buena cosecha y llevó a toda su familia a Villa Carlos Paz, en ese entonces una pequeña localidad serrana. El viaje tenía el valor de una verdadera travesía. Viajamos en un Desoto modelo 1929 durante catorce horas, a una velocidad cercana a los cuarenta quilómetros por hora.

A mitad del viaje, en un monte a la orilla del camino, detuvimos la marcha para hacer un asado, dormir una siesta ligera y continuar camino a las sierras.

Para arribar a destino había que sortear un paraje llamado El Cajón. Se trataba de un camino de cornisa, bastante peligroso para los precarios medios de transporte de la época. El lugar tenía muy mala fama, y mi madre mucho miedo, nos hizo bajar a todos del auto, cruzamos El Cajón a pie, mientras mi padre se arriesgaba con el auto.

Llegamos cuando caía la tarde, el sol ocultándose en las montañas nos dio la bienvenida, Continuaron diez días de descubrimientos asombrosos para un niño de la llanura santafesina, sierras, lagos, ríos de aguas transparentes, burros y hasta la Coca Cola que en nuestra provincia estaba prohibida.

Al regreso, cruzando la ciudad de Córdoba, nos encontramos con miles de obreros saliendo de las fabricas en las celebres motos Puma, postal inigualable del país industrial que había dejado Perón.

En toda recopilación siempre se destaca un hilo conductor, a veces con intención del autor, y a veces de pura casualidad, los hechos narrados abarcan desde mis seis años hasta los trece, y traté de presentar esta parte tal como la recuerdo, admitiendo que en general los recuerdos que guardamos son muy pocos.

No afloran como una película, sino más bien como fotos sueltas, porque en la mente de un niño quedan los recuerdos más fuertes y no se cual es la causa y cual el efecto. No se si tantos recuerdos de hechos políticos son una visión influenciada por largos años de militancia, o los años de militancia tienen su génesis en esas vivencias infantiles.

* Generación privilegiada

Puedo decir que yo soy uno de aquellos niños de la generación privilegiada, que pese a que gran parte de mi niñez fue una época convulsionada, también fue irrepetible. Las pasiones no eran contradictorias con la alegría, rodeados del amor de una familia campesina, que abandonó la vida en el campo, para que mis hermanos y yo no tuviéramos que ir a caballo a la escuela. Y que con gran esfuerzo nos dieron la oportunidad, de llegar a la universidad.

Y también un contexto de políticas nacionales que impulsaron la apertura de escuelas secundarias en toda la geografía del país y eliminaron los aranceles universitarios y crearon la Universidad Obrera Una de esas escuelas le tocó en suerte a mi ciudad, la Escuela Nacional de Comercio, y mucha de mi suerte estuvo ligada a ella.

(*) Ex diputado nacional, ex senador nacional, ex secretario de Hacienda del gobierno de Eduardo Duhalde (que motivó su libro Los cien peores días) y actual Auditor General de la Nación hasta 2015.  Otro de sus libros es Política con humor. Nació en 1944 en una zona rural de la provincia de Santa Fe.

Fuente: Despertando recuerdos. Sesenta años de historia en primera persona. Autor Oscar Santiago Lamberto. Ed. Dunken. Capitulo I: Los niños privilegiados de Perón. Pag. 13/25.

NdE: Se introdujeron subtítulos para facilitar la lectura.