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AQUEL SANCHO PANZA Y LA ÍNSULA DE BARATARIA

Socialista histórico, escritor infatigable, el último político vivo de la generación de los acuerdos multipartidarios que abrieron la salida institucional tras la dictadura de 1966/1973 y el retorno de Perón a su Patria, el autor recuerda aquí con ironía el sueño de ser gobernante de Sancho Panza. Así le fue.

Por VÍctor Oscar García Costa

Si tomas por medio a la virtud y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para que tener envidia a los que por padres y agüelos tiene príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Don Quijote de la Mancha

Los grandes escritores, sobre todo de obras clásicas y de interés perdurable, esas que todo el mundo quiere mostrar en su biblioteca, suelen llevar en sus páginas mensajes nítidos o encubiertos como para que sean recogidos a lo largo del tiempo por las nuevas generaciones, unas veces como meras expresiones que se repiten y otras veces como relatos, unas veces con ritmo de comedia y otras con paso de tragedia.

Esa suerte de mensajes y relatos aparece o reaparece en nuestro pensamiento comparativo por circunstancias fortuitas o por hechos de la vida contemporánea que, sorpresivamente, los hacen aflorar.

Así nos ha ocurrido, inmediatamente después de conocerse los resultados electorales del balotaje del domingo 22 de noviembre pasado.

Como un rayo vino a nuestra mente el episodio, relatado, explicado y hasta justificado por don Miguel de Cervantes Saavedra (Alcalá de Henares, 1547 – Madrid, 1616), en su inmortal El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, relacionado con su escudero Sancho Panza y la Insula de Barataria.

Esta parte del Quijote, que ocupa varios de los últimos capítulos de la obra, ha sido calificada por algunos críticos como de alta filosofía y ética política, y así lo creemos nosotros también, y hasta están los que se han ocupado de élla como una búsqueda de la Verdad, la Virtud y la Esperanza.

Sancho Panza, como todos saben, persona absolutamente ignorante, en esa parte de la trama quijotesca es designado por los duques, representativos de la aristocracia noble, como embajador en la Ínsula de Barataria con la pretensión de que la gobierne, tarea para lo que, todos lo saben, no está capacitado en lo más mínimo.

Después de muchas peripecias, los pobladores confabulados y conocedores de sus limitaciones, convencen a Sancho Panza de que la ínsula va a ser atacada por unos peligrosos enemigos y así, para protegerlo, consiguen ponerle una doble y pesada armadura que no puede sostener en pie, que lo hace caer por tierra sin posibilidad de levantarse y que, como consecuencia de ello, es pisoteado por toda su tropa.

Sancho Panza, a pesar de su triunfo imaginario, tras la experiencia de haber pisado las alfombras del poder, decide abandonar el gobierno de la ínsula, huir – aunque él dijo que no huía- y volver a sus pedestres funciones de escudero junto a su caballero andante, Don Alonso Quijano.

Las únicas diferencias que encontramos entre el episodio generador del recuerdo y el relato literario recordado es que Sancho Panza era retacón y tenía panza y, más allá de la similar ignorancia enciclopédica de los personajes, del pasado y del presente, Sancho era una modesta buena persona.