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CONTRADICCIONES DE UN MUNDO EN CRISIS

Periodista y economista, el autor describe aquí la situación de un mundo que ya no podría definirse en estado de transición sino en plena crisis en la propia esencia del sistema que lo distingue, que es el capitalismo. Así, la democracia no es más que una pobre máscara del poder real.

Por Norberto Colominas

1.) ¿Iguales o desiguales? Hablando en términos internacionales, ¿puede la democracia definirse como un gobierno de iguales cuando se basa en el capitalismo, un sistema de producción que consagra la desigualdad entre propietarios y quienes no

lo son, y procura obtener ganancias, que no es otra cosa que la plusvalía del trabajo ajeno acumulada? Esta contradicción nunca pudo ser resuelta por los iguales/desiguales que defienden esta forma tan contradictoria de la organización de la política y la economía. La democracia busca, presuntamente, la igualdad, que se hace con el prójimo, pero el capitalismo busca la ganancia, que se realiza contra el prójimo.

En el mismo sentido, mientras la democracia premia -si acaso- las conductas éticas, el capitalismo sólo reconoce el éxito económico, o dicho de otro, la acumulación de la mayor cantidad posible de plusvalía. Podríamos continuar hasta el cansancio oponiendo democracia contra capitalismo, votos contra ganancia, venta de la fuerza de trabajo contra plusvalía, virtudes públicas contra vicios privados, pero sería más de lo mismo.

El hecho evidente es que el capitalismo necesita el grueso maquillaje de la democracia para disimular su feo rostro. Si no, véanse las crisis como muestra de esta contradicción. ¿Quiénes pierden más con ellas? Los desempleados, los pobres, los marginales. ¿Quiénes ganan más? Los ricos, los poderosos, porque aumentan sus patrimonios.

Y con cada crisis aumenta la concentración de los capitales.

Esto nunca cambia, es siempre igual desde que el sistema se consolidó en la alta Edad Media. Si es así, entonces se explica por qué los revolucionarios de los siglos XIX y XX optaran por llegar al gobierno vía revolución y no mediante mecanismos democráticos.

En adelante -pensaban- los oprimidos gobernarían mediante su propia dictadura. Obtendrían así su libertad y fundarían otro sistema de relacionamiento político y económico entre iguales, una democracia real basada en la propiedad colectiva de los medios de producción. Acabarían con la apropiación privada de la plusvalía, con la riqueza privada, y de paso con las diferencias generadas por la riqueza y por el poder que esta genera.

Pero ese sistema fracasó al convertirse, burocratización mediante, en capitalismo de estado. Entonces era el estado el extractor de plusvalía, que de eso se trata. De quién se hace con la plusvalía y de cómo la distribuye.

A resultas de ello los trabajadores soviéticos no vivían mejor ni eran más libres que sus colegas europeos o americanos. Para entender ese fenómeno tan doloroso debería escribirse la historia del socialismo que no fue. Pero el fracaso estrepitoso del estalinismo no modifica el hecho de que vivimos en sociedades organizadas por un sistema (la democracia) que no promueve la igualdad, y sometidos a un capitalismo que exacerba las diferencias económicas y las consagra en el plano social.

El modo natural de ajuste del capitalismo es la crisis, tanto para reasignar recursos como para bajar salarios; por lo tanto no hay que esperar que la presente convulsión remita a corto plazo.

2.) Una crisis de civilización. El 15 por ciento de una población mundial de 7 mil millones de personas no tiene empleo. El capitalismo está convirtiendo en catástrofe permanente lo que antes era una variante de las crisis.

La crisis financiera que se inició en 2008 y se expandió rápidamente por el planeta es apenas el emergente de un fenómeno profundo que subyace como un iceberg: una crisis civilizatoria a la que el capitalismo no sabe como encaminar, aunque entiende que deberá utilizarla -como lo hace desde siempre- para proteger las ganancias de las multinacionales, reducir los salarios, achicar el estado de bienestar allí donde todavía exista, y todo eso sin preocuparse por la degradación ambiental, la reducción masiva del agua dulce, y, en fin, los retrocesos en materia de alimentación, empleo, salud, educación y vivienda en 2/3 partes del mundo.

Triste espectáculo de un capitalismo que ahora canibaliza a aquellos que antes había explotado. Ya no le alcanza con pasar de la plusvalía a la ganancia, del poco empleo al desempleo, con reducir a países de gran tradición, como Grecia, poco menos que a la mendicidad internacional.

Quiere más y para obtenerlo no se detiene en guerras de todo tipo, en la presión de una renta financiera que ha puesto de rodillas a las ganancias de la industria, el agro, el comercio, la tecnología y los servicios, con la consecuente influencia negativa sobre el empleo, el salario y el consumo.

Es una paradoja de los tiempos modernos, ya advertida por Chaplin en la película homónima a principios del siglo XX. A mayor avance de la ciencia y la tecnología, mayor retroceso de las condiciones de vida materiales de un cuarto de la población mundial. Hoy el capitalismo es capaz de producir alimentos para dar de comer a toda la población del mundo y aún le sobraría un tercio.

Pero no lo hace. Y no lo hace porque una cosa es el hambre, a secas, y otra cosa es el hambre solvente, es decir el hambre que puede pagarse la comida.

Detengámonos por un momento en el empleo.

Se sabe que el capitalismo es una máquina de generar contradicciones, pero las que viene generando en la década última ponen en peligro su propia continuidad como sistema global.

Hoy el capitalismo no sabe qué hacer con el 15 por ciento de una población mundial, que ya superó los 7.000 millones de individuos. O dicho de otra manera: no quiere explotarlas, ya que, para extraer plusvalía de su trabajo (diferencia entre el valor de lo que un obrero produce y lo que cobra en forma de salario) debería darle, precisamente, un trabajo, y no lo hace porque no lo necesita, ya que las nuevas tecnologías (la nube, la robótica, los nuevos procesos industriales) cubren la diferencia entre la cantidad actual de trabajadores y la eficacia de la producción.

Va de suyo que la continuidad de la crisis provoca el cierre de fábricas y el retroceso del empleo. El hecho es que el capitalismo puede producir cada vez más bienes con menos trabajadores, y como además la población mundial sigue aumentando, la grieta entre pudientes y desposeídos y entre empleados y desempleados se amplía sin cesar.

Súmese a ello que hay una enorme cantidad de migrantes en tránsito, personas que aún no han resuelto donde se afincarán, si es que podrán hacerlo en algún lugar, como es el caso de los millares y millares que huyen de Siria y otros tanto que permanecen colgados en las cercas de Ceuta y Melilla, centenares de miles de que ucranianos vagan por los campos y otros tantos asiáticos igualmente andariegos contra su voluntad.

En menor medida, en la mayoría de los países sudamericanos se producen migraciones diarias hacia la Argentina y Brasil, y de México y Centroamérica hacia Estados Unidos, donde ya constituyen minorías significativas. Instituciones como el estado de bienestar son anacrónicas desde 1989, cuando cayó el muro de Berlín, y no durarán mucho más tiempo, porque en el pico más alto sumaba un tercio del gasto total promedio de los países europeos, incluidos los de Defensa. Y eso es mucho dinero.

Mientras, las burguesías europeas necesitan desesperadamente bajar los salarios medidos en dólares que pagan en sus países, porque en China y el Asia Pacífico se paga cinco veces menos, y tres veces menos en el Mercosur, México, Sudáfrica y Australia. En suma, en esta nueva etapa el capitalismo no puede siquiera universalizar la explotación del hombre por el hombre, lo que al menos supondría, para los explotados, una forma de inclusión, dicho esto sin rastro de ironía.

3.) Y, además, los buitres. No hay un capitalismo de buitres y otro de palomas. Los fondos buitre no son comandados por ejecutivos perversos que sólo tratan de ganar dinero sin importarles el sufrimiento que provoquen, o sí también, pero ese no es el punto.

La cuestión central (origen y explicación de la crisis económica) es la supremacía del capital financiero por sobre los capitales de la industria, la tecnología, el campo, el comercio, y los servicios.

Los buitres no son la causa sino la consecuencia de esta situación.

Desde principios de la década de los 80, cuando Ronald Reagan y Margaret Thatcher promovieron la desregulación del capital financiero, la especulación empezó a crecer a costa de la producción. Treinta años de este modelo han alcanzado el objetivo buscado: por cada dólar de producción circulan hoy en el mundo 20 dólares de especulación. La enorme emisión de los Estados Unidos ha contribuido en gran medida a consagrar esta desproporción.

Por eso es tan prolongada la crisis que afecta a Europa, a Japón y, en menor medida, a los Estados Unidos.

Los costos sociales que se cobrará la recuperación económica ya están a la vista: salarios a la baja y destrucción del estado de bienestar en Europa; aumento de la pobreza en el tercio de menores ingresos de la sociedad norteamericana, fenómeno que también se observa en América Latina.

Las burguesías del norte desarrollado saben que ese es el precio que deberán pagar las sociedades para que aquellas puedan volver a competir con China (el gran emergente) y por extensión con los BRICS y la periferia en desarrollo.

El estado de bienestar europeo consumía hasta 2008 el 30 por ciento del presupuesto europeo, incluidos los gastos de defensa. En promedio, los salarios ya han bajado desde entonces un 25 por ciento, y seguirán haciéndolo.

Euopa ya no se necesita la protección de un supra estado paternalista. A la propia OTAN ya se la mira de costado porque no es barata y resulta cada vez más obsoleta, puesto que Rusia ya no es la Unión Soviética.

Por la misma lógica los gastos de defensa también han disminuido.

La caída de la URSS les permitió a Europa y a Japón utilizar, sin correr riesgo ninguno, la prolongada crisis como palanca para recuperar la competitividad perdida.

Los buitres sólo comen carne descompuesta. Por eso los llaman carroñeros.

Para entender la situación de fondo es necesario identificar a los que matan animales. Y esos, aunque practican la rapiña, no son aves.

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