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LA OPOSICIÓN ENVENENADA

Cada turno de cualquier fuerza opositora en el Congreso de la Nación incluye la dinámica de ser o de volver a ser la conducción del gobierno de la República Argentina; la conducción, ya que como oposición forma parte de uno de los poderes que conforman el gobierno. Aquí, un repaso con experiencias propias permite concluir que la Nación en su conjunto viene soportando desde hace más de diez años  una oposición envenenada al servicio del poder de facto. 

Por Armando Vidal

La Argentina tiene hoy el mejor gobierno posible y también la peor oposición desde 1955.  Paradojal relación en plena pandemia sin atisbo de cambio en las cercanías. De modo que será así mientras responda a los intereses de Mauricio Macri y de los medios periodísticos que lo instalaron en la Casa Rosada y que rabian por su caída.

Golpista no es el término que define a esa oposición porque después de la última dictadura los cuarteles tienen sus puertas blindadas. Pero golpean para desestabilizar. Y no paran de golpear. 

Vale un repaso por la vereda de la oposición en lo que va desde 1983 dado que lo que se ve, nunca se vio. El ámbito específico es el Congreso de la Nación. Allí están las fuerzas políticas organizadas. Afuera, los francotiradores.

En el gobierno de Raúl Alfonsín (1983/1989), el peronismo y bloques menores de centro izquierda, cumplieron su papel de acompañar, criticar y proponer.

No afectó esa relación ni siquiera el envío del PEN de un proyecto de ley para modificar el régimen de conducción de los sindicatos, mayoritariamente peronistas. Fue un debate frontal y noble en el que pudo más la fuerza de los viejos peronistas que las ansias de los jóvenes alfonsinistas.

En ese mismo verano del ’84 se trató y aprobó en sesiones extraordinarias la ley que modificaba el código de justicia militar para juzgar a los comandantes de las tres primeras juntas de la dictadura.

Allí se popularizó una expresión desconocida para la mayoría de los periodistas: obediencia debida. Que que suena a obediencia de vida pero que no es lo mismo. Obediencia en la vida militar es acatar y cumplir una orden. Una orden que tiene límites porque no es de cumplimiento ciego. Todas las órdenes deben ser cumplidas, salvo la de consumar “hechos atroces y aberrantes” como asesinar, secuestrar y torturar. Un especificación incorporada a la ley por propuesta del entonces senador Elías  Sapag, del Movimiento Popular Neuquino. Los Sapag sabían en carne propia de lo que se trataba. 

Un tema que es historia y presente porque los juicios a los genocidas están todavía en trámite ya que la ley sobre la obediencia debida, que en 1987, tras el levantamiento de Semana Santa, se modificó para amparar a los asesinos, fue derogada en 2000 y tres años después, gobierno de Néstor Kirchner, anulada.

El peronismo tuvo una activa participación en el debate. Muy propicio para lo que significaría después el proceso interno de la llamada renovación peronista, que el gobierno de Carlos Menem se fagocito de entrada.

* El conductor

En la Cámara de Diputados, la figura señera de su presidente, el radical balbinista Juan Carlos Pugliese, fue par y páter porque él sabía lo que había significado la furiosa pelea del pasado entre radicales  y peronistas. Y por eso fue el primero en comprender a Perón en los preámbulos de su regreso definitivo. Y por eso Balbín hizo lo que hizo.

Pero, claro, la irrupción de Alfonsín en el gran escenario electoral de 1983 no correspondió con ese cauce. Primero, porque Alfonsín había enfrentado a Balbín en una interna que perdió en 1972 y cuya consigna era “el que vota a Balbín vota a Perón”, en tanto Balbín decía “el que gana gobierna y el que pierde ayuda”.

Alfonsín le peleaba la conducción de la UCR a su viejo maestro, en tanto que Balbín pensaba en la armonía de las afinidades y diferencias con el peronismo.

Y fue Balbín tal fiel a esa convicción personal que en la campaña en la que perdería las elecciones con Héctor J. Cámpora, el 11 de marzo de 1973, no apeló nunca al voto antiperonista, a diferencia de lo que haría Alfonsín diez años después.

Eso sí: en 1993, otros díez años, Alfonsín cedería ante la obsesión de Carlos Menen de lograr su reelección para lo cual tenía que cambiar lo que decía la Constitución. Y lo logró. ¿Por qué cedió Alfonsín y firmó el Pacto de Olivos? Para no volver al ´55, que era lo que decía Balbin y él combatía. Alfonsín lo dijo así.

Fue en Quilmes, en la presentación del libro Democracia y Consenso, 1997, en el Círculo de Periodistas de la ciudad, por entonces ubicado en las cercanías de la esquina de Manuel Quintana y la Av. Córdoba (actual, Av. Presidente Juan D. Perón). Lo dijo ante la pregunta inicial de quien escribe estas líneas y conductor del acto por invitación del Gaucho José Llamas (!).,

Sigamos con los radicales, aquellos radicales, no los de hoy que se parecen más a los radicales de la Unión Democrática, de 1946.

Fueron los radicales los que enfrentaron al peronismo menemista. Y lo hicieron de frente. Y eso que, por un tiempo, tuvieron como jefe de bloque a Fernando de la Rúa, de triste papel cuando se produjo el escándalo del diputrucho (26 de marzo de 1992)  por el intento de la conducción del bloque del PJ de aprobar la privatización de Gas del Estado. Fracasaron por la acción de periodistas parlamentarios. Y lo hicieron como correspondía la semana siguiente.

¿Qué es lo que enfrentaron los radicales? Enfrentaron el modelo hoy llamado neoliberal que Menem asumió in totum apenas ganó las elecciones en 1989 y precipitó la salida acordada de Alfonsín seis meses antes de finalizar su mandato. Y fue precisamente Alfonsín el que al pactar con Menem la reforma a la Constitución frenó la resistencia radical a votar la ley que declarara la necesidad de esa reforma.

Con Menem, en la segunda presidencia (1995/1999), el Frente Grande, con la figura de Chacho Alvarez, más el radicalismo, partido con base en todos los distritos, ocuparon un espacio mayor porque el peronismo comenzaba a pagar el precio de un gobierno asociado a lo peor; adentro, con el antiperonismo expresado por la Ucedé y, afuera, con los Estados Unidos, incondicionalmente, al punto de involucrarse con el envío de naves al Golfo Pérsico, en una misión de paz con la que los yanquis invadieron y destruyeron a Irak. 

Los atentados a la embajada de Israel en Buenos Aires, 1992 y a la sede de la AMIA/DAIA, 1994, pertenecen a ese capítulo. Sangre de argentinos por un gobierno argentino cipayo, gobierno con apoyo de los grandes medios y de los votos mayoritarias en las elecciones de 1991, 1993, 1994 (la constituyente) y 1995.

Nada podía surgir de allí  en 1999 y tampoco con Eduardo Duhalde, el bonaerense que había acompañado la fórmula de Menem en 1989 y que, en 1991, Menen se sacó de encima para reemplazarlo por su hermano, Eduardo al frente del Senado y hacer del ex intendente de Lomas de Zamora gobernador de la provincia.

Conclusión: en 1999, ganó la fórmula de la Alianza, De la Rúa-Chacho Álvarez, fuerza que había ganado las parlamentarias de 1997. Ganó por los efectos de la herencia menemista con la entrega de las empresas públicas,  desnacionalización, dolarización,  parálisis productiva, contrabando de armas, voladura de un cuartel y, en la calle, la protesta social.

* La traición de la Alianza

Pero el  gobierno de la Alianza, por el canto de las sirenas y el coloniaje cultural del delarruismo, traicionó el voto popular y siguió la misma política ¡con Domingo Cavallo como ministro de Economía!, el mismo superministro de Economía de Menem y, antes, el canciller del envío de las naves al Golfo.  

Como consecuencia de la escandalosa ley gremial de De la Rúa en el 2000, concebida para flexibilizar las leyes de defensa del trabajador, renunció Chacho Álvarez al cargo de vicepresidente y eludió el final anunciado. Al año siguiente, el gobierno radical perdió las elecciones intermedias y en el final del 2001 estallaron la economía, la política y las instituciones y la Plaza de Mayo y alrededores de tiñeron con sangre. De la Rúa huyó en helicóptero y renunció.

Asustados por las derivaciones del conflicto, los mismos factores de poder que habían limado a Alfonsín para entronizar a Menem, buscaron a un hombre dúctil de escasa formación y dispuesto siempre a cumplir con el poder para llevarlo a la presidencia. Y Duhalde, entonces senador nacional, fue Presidente para completar el mandato de De la Rúa. Que tampoco cumplió.

* Masacre y nueva huidas

Tras la Masacre de Avellaneda, con los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán por la policía bonaerense –el gobernador era Felipe Solá-, en junio de 2002, Duhalde convocó a elecciones presidenciales, en las que participó Carlos Menem y sacó el 24 por ciento. Y para sumarse a la lista de prófugos (De la Rúa, Duhalde y ahora él) Menem no se presentó en la segunda vuelta para tornar irrepresentativo al segundo candidato más votado que había obtenido el 22 por ciento.

Y así, Néstor Kirchner, gobernador santacruceño – sólo conocido por su apoyo a Menem en su momento- fue el nuevo Presidente. Que  asumió la Presidencial el 25 de mayo de 2003 con un discurso de neta raíz camporista a los treinta años exactos de la asunción de Héctor J, Cámpora en ese mismo lugar. Sorpresa que se transformó en un rumbo inesperado.

Ahí está el embrión de la oposición de hoy, atenuada en buena medida por la obra del entonces jefe de Gabinete Alberto Fernández en su relación con los medios predominantes, comenzando por Clarín, hasta que Cristina sucedió a Néstor, en el 2007 y empezaron los aprestos bélicos.

El conflicto con el campo por las retenciones móviles, al año siguiente, fue la primera batalla.

¿Quién salió en segundo lugar, con la mitad de los votos de Cristina? La chaqueña aporteñada Elisa Carrió, que tuvo por jefa de campaña a Patricia Bullrich, la piba de la Embajada.

Tras el choque con el campo y la derrota del gobierno por haber confiado en una alianza con el radicalismo que había llevado al mendocino Julio Cleto Cobos como vicepresidente y quien, como titular del Senado, votó en contra del PEN que integraba y rechazó con su desempate la ley de las retenciones, Cristina correspondió con el envío de la ley de medios audidovisuales al Congreso, finalmente aprobada el 10 octubre de 2009, día  que puede consignarse como el natalicio de lewfare en la Argentina.

Esa oposición que repudió la fiesta del Bicentenario como lo haría con la vacuna diez años después es la misma de hoy porque sus representados, el gran poder concentrador de la economía, super bien atendidos por el gobierno de Mauricio Macri, no admiten la derrota electoral de 2019, tras la genialidad de Cristina de elegir primero que nadie a Alberto Fernández como Presidente.

Tienen los ojos en las elecciones parlamentarias de octubre y la vacuna viene en auxilio del gobierno. Por eso braman y se revuelven en su rabia, en su encono, en su odio y veneno

El que gana, gobierna y el que pierde … golpea.

 (1) Un dirigente y candidato radical a intendente de la época. El hijo menor de los Llamas, de la calle Torcuato de Alvear y Tucumán. Empresario de origen humilde formado de chico en el comité de Félix Feo, a metros de su casa. La evocación no puede dejar de mencionar a su hermano mayor, Carlos Llamas, amigo de la infancia de quien escribe, transportista que saltó del carro al camión y que murió en un accidente en plena juventud.