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OTRA VEZ SOPA, DICE NATALE CONTRA LACLAU

Aquí el autor, hombre de reflexiones académicas y ejercicios prácticos en el viejo partido de don Lisandro de la Torre, lo cruza fuerte a Ernesto Laclau por su reivindicación del populismo. “Otra vez sopa” dice con desdén sobre el pensador que vive en Londres “sin soportar las penurias criollas” acota con cierta envidia.

Por Alberto A. Natale (*)

Esta es una vieja historia que, en la Argentina algunos cenáculos adictos al gobierno han puesto de moda.

Una historia que se remonta, por lo menos, al siglo XVIII, que fue saldada en sus facetas conflictivas hace al menos un par de cientos de años, pero que en el siglo XXI, esa vocación argentina de despreciar el futuro y aferrarse al pasado, pone otra vez sobre el tapete.

Para referirnos a un libro de Ernesto Laclau, debemos anteponer algunos pensamientos infinitamente más trascendentes.

 

Como toda historia tiene nombres propios. Seguramente no son los únicos, pero la simbolizan.

Juan Jacobo Rousseau, en su Contrato Social. había sentado las bases de la soberanía del pueblo que, por medio de lo que él llamaba la voluntad general, tenía a su cargo gobernar el Estado.

Nunca quedó claro si por voluntad general Rousseau entendía la voluntad de la mayoría o un concepto mucho más filosófico, algo así como la recta voluntad. Lo cierto es que contribuyó fuertemente a darle un mazazo a las monarquías absolutas de su época. Pero, claro, si esta voluntad general todo lo podía, de allí al poder absoluto de la mayoría, dominante y excluyente, había un solo paso.

Por eso se la cuestionó, al extremo de que se llegó a encontrar en ella el origen de los modernos totalitarismos, como resaltó el profesor Talmon, de la Universidad de Jerusalem.

Quien puso las cosas en su lugar fue Montesquieu cuando explicó los principios fundacionales de la separación de poderes, porque era una verdad eterna –decía- que todo aquél que tiene poder tiende a abusar de él.

Por eso había que constituir un sistema de frenos y contrapesos, en el que el poder limitara al poder.

Unos se encargarían de legislar, otros de administrar y otros de juzgar.

A partir de Rousseau, con la doctrina de la soberanía del pueblo, y de Montesquieu con la separación de funciones limitando al poder, se fundaron las bases del moderno constitucionalismo que es la doctrina liminar que conforma las democracias contemporáneas, base de la libertades públicas.

Desde entonces hasta hoy, el constitucionalismo, que se institucionaliza en las democracias representativas, triunfó sobre los embates ideológicos propinados por los fascismos de toda laya que soportó durante el siglo XX.

Pero en la Argentina el pasado nunca termina de pasar.

Entonces, ahora, los amigos del gobierno, esos que conforman su círculo ideológico, se embelezan con Laclau, un compatriota que hace tiempo habita en el hemisferio norte, atalaya desde el que se puede otear las vicisitudes criollas, sin soportar sus penurias cotidianas.

El susodicho ha publicado un libro, La razón populista, que con un estilo al menos macarrónico, mezclando lo propio con lo ajeno, llega a una conclusión basada en cierto pensamiento de Chantal Mouffe, justamente la persona a quien primorosamente le dedica el libro. José Ortega y Gasset decía que la claridad es la cortesía del filósofo. No es éste, por cierto, el tenor del libro referido, todo lo contrario.

La afirmación que hace Laclau, que interesa remarcar por sus connotaciones políticas en la Argentina presente, es aquella que sostiene que la democracia, no necesariamente debe basarse en el gobierno de la ley, la separación de poderes, las libertades individuales, sino que también puede haber democracia en la medida en que haya identidad entre gobernantes y gobernados y soberanía popular, sin que sean necesarias las otras condiciones.

Es decir, volviendo al comienzo, -en palabras mías- Rousseau sin Montesquieu. De esto al absolutismo no falta nada.

 “La articulación entre liberalismo y democracia es considerada como meramente contingente”, dice Laclau, de donde deduce que “otras articulaciones contingentes son también posibles”.

Al leer esto uno no puede obviar un pensamiento parecido, si bien más absoluto, de Carl Schmitt: “El derecho público del Estado nacionalsocialista ha de ser consciente de que la prioridad absoluta de la dirección política es una ley fundamental positivamente en vigor del Estado moderno. Forma parte de la aplicación consecuente de esta ley fundamental el que la separación liberal-constitucional del legislativo y del ejecutivo desaparezca y que el gobierno tenga un auténtico y formal derecho legislativo”.

En la materia, la filosofía política del nacionalsocialismo alemán se emparenta con la del comunismo soviético, cuando éste afirma que “Si bien el principio de legalidad se impone a las administraciones y a los ciudadanos, no está impuesto a los gobernantes. Admitir lo contrario sería reconocer la autoridad de principios constitucionales o morales superiores a los gobernantes, reconocer una noción de derecho natural que la teoría soviética repudia enteramente”.

¿Otra vez sopa?, podríamos preguntarnos, evocando tantos pensamientos reaccionarios que a lo largo de varias décadas del siglo veinte alentaron, de manera negativa, en buena medida, varias de nuestras frustraciones políticas, aquéllas que en definitiva han causado nuestra decadencia.

Sí señores, otra vez sopa, porque el hombre, y particularmente el argentino, es el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra. Bien cabe el dicho: vino nuevo en odres viejos.

(*) Constitucionalista. Académico. Fue diputado nacional (1985-2005) y convencional constituyente (1994)

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