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EL ALTIPLANO, RELATO DE UN ESCRIBA EN PRIMERA PERSONA

Este es un relato en primera persona. Bolivia lo motiva por el castigo a su noble pueblo como el peronista cuando le arrebataron su gobierno con bombardeos en 1955. Golpes de ayer y  hoy en el Altiplano, luchas de ayer y hoy en Chile.

Por Armando Vidal

La causa boliviana por su salida al mar y el centenario que se avecinaba de la Guerra del Pacífico (1879/1884). más los golpes militares,  fueron asuntos de una pasión inevitable en tiempos de Videla y Martínez de Hoz.

Me dediqué a ellos apenas volví de Venezuela al diario en el que trabajé toda mi vida. Bolivia y Chile, hoy, son dos noticias hermanadas y permanentes. Conmocionan, estremecen Y preanuncian victorias imposibles de calcular.

En Bolivia, porque su pueblo está como los peronistas en 1955. A ese pueblo, en un plan diabólico, le robaron su gobierno, y además con furia racista lo matan, atormentan, encarcelan  y persiguen. En Chile, porque su pueblo está como en la Argentina antes de la irrupción del peronismo en 1945, gesta obrera en paz que cambió la historia. 

La Generación de la Dignidad chilena pelea en las calles parea terminar con la hipocresía, mentiras y  opresiones en beneficio de una rancia oligarquía andina. Basta ya con el fantasma de Augusto Pinochet y de su constitución impuesta a una dirigencia política irrepresentativa y pusilánime.

Con sus pueblos, me une el amor compartido con Venezuela. Con la Venezuela democrática de 1975 y 1976, y con la Venezuela democrática chavista de hoy, la que resiste el ahogo al que la somete Estados Unidos y a la que encima le piden que no muerda como en el cuento del negro enterrado hasta el cuello en la arena contra el león.

Estoy con Bolivia, por lo que voy a contar líneas abajo y en la nota siguiente, y con Chile por lo que hoy lucha su gente contra un régimen sostenido por las armas, el dinero y la prensa cómplice. Y  por lo que gracias a Venezuela hicimos periodistas argentinos y chilenos residentes en Caracas y entusiastas defensores de la paz en la misión triunfante de 1978 de monseñor Antonio Samoré, cuando volvimos a nuestros respectivos países.

Nada hubiera sido posible en mi caso  de no haber tenido como trabajador la confianza de aquel diario que me permitió ser y hacer, hoy en el bando -y banda- del neoliberaismo.

* Primero, el balcón del Palacio Quemado

El 14 de febrero de 1979 estuve en el balcón del Palacio Quemado, ante una formación militar que cubría toda la Plaza Murillo, en La Paz, Bolivia. A las 12, hora exacta, se cumplía el centenario del desembarco de las tropas chilenas que el 23 de marzo ocuparían la localidad de Calama, entonces en Atacama, Bolivia y hoy en Antofagasta, Chile, sin haberse mudado del lugar.

La razón de mi presencia en ese lugar fueron mis artículos a favor de la causa boliviana -guardo un diploma por ello- que la Guerra del Pacífico (o del Salitre) condenó al encierro, tema del que tomé conocimiento por los exiliados chilenos y peruanos en Venezuela. 

El entonces general activo boliviano David Padilla Arancibia es ese presidente de facto que, de uniforme, encabeza la ceremonia de cinco minutos con un toque de clarín desgarrador en un homenaje que paralizó toda actividad en Bolivia, como previamente se había acordado.

Cinco minutos, un siglo.

No era el único periodista en el palco: también estaba Carlos Otero, del diario La Nación, un enviado especial como yo con el que desayunábamos y cenábamos juntos y el resto del día competíamos. Carlos, prematuramente fallecido expresaba en general el ideario mitrista pero en nuestras charlas transmitía una comprensión de los procesos sociales infrecuente en los pensadores de la elite porteña como suelen ser los editorialistas de La Nación. Y él era también uno de ellos. 

Fue él quien, en otro viaje, julio de 1978, varios meses atrás, me avisó,  que el ex tres veces presidente y aspirante a una más Víctor Paz Estenssoro estaba furioso conmigo por las cosas que escribía acerca de su tardanza para sumarse a la compaña en las elecciones del 9 de ese mes, convocadas por el dictador Hugo Banzer, por las presiones sociales internas y las no tan visibles de Estados Unidos,  donde vivía el fundador del Movimiento Nacionalista Revolucionario. 

Carlos venía de entrevistarlo y yo iba a verlo. Pese a que la entrevista estaba convenida, Paz no quería recibirme pero para su sorpresa se encontró conmigo en su despacho. Estaba nervioso, tenso y molesto. Dijo que tenía otro compromiso y lo repetía cada vez que contestaba una pregunta que le hacía.

Paz Estenssoro, que entonces tenía 70 años y era el político más importante de Bolivia desde los años cuarenta, justificaba con su actitud  la mala fama que tenía entre los que lo conocían bien. 

Y eso dicho aparte de las simpatías que me había despertado Hernán Siles Zuazo, su ex compañero de fórmula en 1952, que me abrió las puertas de su casa, me brindó un trato respetuoso y se puso a disposición para futuros encuentros que, lamentablemente, no se produjeron.

Encabecé la nota con la presión norteamericana que Paz Estenssoro admitió, hice una referencia al pasar al tenor de la entrevista y cerré diciendo que  el ex presidente iba a llegar tarde a la cita. Un reportaje de casi una página con un dibujo del gran Menchi Sábat que puso su atención en los dientes afilados del candidato. 

Eso publicó Clarín el 7 de julio, el mismo día que, en La Paz, los diarios locales publicaban una solicitada de Paz Estenssoro en la que denunciaba al periodista Armando Vidal, del diario Clarín de Buenos Aires, como un agente del dictador Hugo Banzer.

Ése era Paz, el candidato que Estados Unidos quería en el gobierno y no a Siles, el ex periodista a fines de los cuarenta de Associated Press en Buenos Aires, motor de la revolución de 1952, en tiempos en que Perón entrelazaba relaciones con el  viejo militar Getulio Vargas en Brasil y con el general Carlos Ibañez del Campo, en Chile, ambos presidentes. 

Incluso él, el propio Siles, llevó el dinero que en Buenos Aires le dieron para financiar la revolución del 9 de abril de 1952 para lograr que el ejército le entregara el gobierno a la fórmula triunfante en la elección integrada por Paz Estenssoro y el propio Siles Zuazo (1).

Las elecciones bolivianas fueron un muestrario de irregularidades, maniobras y descontroles, en las que seguramente Siles sacó más votos, secundado por Paz pero que según el gobierno ganó el candidato oficialista, que era el ministro del Interior, el aviador Juan Pereda Asbún. Una absoluta falacia por lo que la cuestión terminó en un escándalo, el gobierno anuló todo y, días después, un sorpresivo golpe acordado con Banzer puso a Pereda Asbún en la presidencia y al desalojado fuera de escena por varios años.

Terminó ese capítulo y comenzó el gobierno de facto de Pereda envuelto en improvisaciones hasta que el 24 de noviembre del mismo año se acabó su aventura por un golpe  de fines institucionalistas, el de Padilla Arancibia, comandante general del ejército que había nombrado el propio Pereda.

En el año del sensible centenario de la guerra, fueron convocadas a elecciones libres con las máximas garantías de seguridad y respeto a la voluntad popular para realizarse el 1º de julio. 

Padilla lo definió de entrada. No iba a ser un cuartelazo más (2) sino la decisión de entregar el gobierno al mandatario elegido por el pueblo en elecciones limpias y transparentes.. Y en las que, como en las frustradas del año anterior, Paz Estenssoro y Siles, los principales candidatos, iban enfrentados. Paz, al frente del MNR y Siles, con un alianza en torneo del Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNRI). 

Las elecciones, como fueron en la Argentina hasta la reforma constitucional de 1994, eran indirectas: los que elegían al presidente eran los representantes votados por cada sección departamental. 

Y el resultado lo único que dejó en claro fue que Paz Estenssoro y Siles Zuazo debían llegar a un acuerdo que los uniera, como en 1952, para enfrentar juntos, en el año del centenario de la Guerra del Pacífico, una realidad demasiado compleja para uno solo. Grandeza de patria, entre dos soldados de la guerra contra el Paraguay (1932/1935), guerra entre petroleras extranjeras, una en cada país, y que perdiera Bolivia.

Un acuerdo en el que todo indicaba que debía ceder Paz Estenssoro, el candidato predilecto de Estados Unidos, porque si bien había sacado más representantes, Siles Zuazo había sacado mucho más votos. 

Pero no hubo acuerdo, motivo por el cual el Congreso votó para presidente al titular del Senado, Walter Guevara Arze, al que, incluso, le fijó un plazo de un año en espera de ese acuerdo que nunca llegó.

Fue a Guevara Arze, el ex canciller de Paz Estenssoro en 1952, él a quien el general Padilla Aranciabia le puso la banda presidencial.

Guevara Arze vivió con el soplo de rumores golpistas en la nuca y en particular con un mayor, Alberto Natusch Busch, bajo influencia de Paz Estenssoro que se cansó de desmentirle a Padilla que él estuviera involucrado en alguna conspiración. 

Paz prefería el golpe antes que apoyar a Siles, incidencias que Banzer, por su lado, seguía desde Buenos Aires en su condición de embajador en la Argentina. 

Y así el 1º de noviembre de 1979 estalló el golpe  que de Natusch Bush que se llevó puesto a Guevara Arze y a Padilla, ex canciller de Paz  y, como Siles, luego su enemigo. 

Igual que Pereda Asbún,  que había sido ministro del Interior, Natusch Bush lo había sido de agricultura, ambos de Banzer,  aquel joven que estudió en el Colegio Saint George de Quilmes, Argentina, luego fue militar proyanqui, después dictador y comenzaba su carrera de político.

Lo que vino después fue la locura de Natusch Bush, que se cuenta en una nota aparte.

Un respiro, un poco de oxígeno después de tanta irracionalidad en el Altiplaano.

(1) Testimonio por primera vez revelado  en un texto de Siles Zuazo a este periodista en la entrevista realizada con motivo de su candidatura en la campaña electoral de 1978. La única vez que lo dije fue en un programa "En qué nos parecemos". Radio Gráfica, conducido por Vivian Elen y Enrique Martín, 26/10/19.

(2) Danza hacia atrás de golpes: Padilla Aranciabia derrocó (24/11/78)  al gobierno de Juan Pereda Asbún. Pereda Asbún derrocó (21/7/78) a Hugo Banzer. Banzer derrocó (1971) al general izquierdista Juan José Torres. Torres derrocó (1970)  al general Alfredo Ovando Candia. Ovando Candia derrocó (1969)  al civil Adolfo Siles Salinas, hermanastro de Siles Zuazo, que había quedado a cargo del gobierno en su condición de vicepresidente por la muerte en un accidente del general René Barrientos, presidente constitucional, elegido el 3/7/66. Barrientos, como vicepresidente de la República de Bolivia, derrocó (3/11/64)  a Víctor Paz Estenssoro, que había iniciado su tercer mandato el 4/8/64. Hasta 1964, la sucesión de presidentes constitucionales había sido: Víctor Paz Estenssoro (1952/1956), Hernán Siles Zuazo (1956/1960) y Víctor Paz Estenssoro (1960/1964).