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DIEGO Y EL HOMBRE DEL FARO
Este texto fue la base de una intervención grabada en el programa de “Acá para allá”, que conduce Emiliano Vidal, los sábados de 12 a 13, por Radio Gráfica. Evoca un episodio de hace quince años en Rusia determinado por la incomprensión del lenguaje y la mala voluntad hasta que el amor por Maradona transformó todo en hermandad. De paso, también el significado del vodka que un senador ignoraba para beneficio de un periodista que aprovecha para transmitirlo.
Por Armando Vidal
Hoy es un día más en la elaboración del duelo por Diego. Y así será por mucho tiempo en el que habrá homenajes y recuerdos mientras van surgiendo nuevos documentos, testimonios y filmaciones que potencien su permanente recuerdo. Es que la pelota no se mancha ni se detiene en la búsqueda de su dueño.
Maradona, la convoca y guía; Maradona, palabra universal que es un documento de presentación. Nombrás a Maradona en el lugar más remoto y todo se abuena, tal como dice Víctor Hugo Morales, el Artigas del periodismo rioplatense.
La pelota fue y es de Maradona pero la voz de la pelota, digamos de paso, es de Víctor Hugo, orgullo de conocerlo y tratarlo gracias a vos Emiliano.
Aporto aquí un testimonio a la causa eterna llamada Maradona.
Abril de 2005, en la tarde de sol que se va yendo estoy solo ante el mostrador de un bar del Aeropuerto de Moscú. No hay nadie por ahí de la delegación argentina que acompaña la visita a Rusia de Daniel Scioli, vicepresidente de la Nación, por razones diplomáticas -120 años de relaciones- y comerciales que reclamaban un mayor compromiso de la Argentina con el papel del capitalismo estatal que Moscú le venía reclamando.
La integraban también senadores como el el radical Rodolfo Terragno y misionero Ramón Puerta, a quien recuerdo muy bien por algo que me quedó grabado en ese viaje. Másy tres periodistas parlamentarios, yo era uno de ellos - aunque el que me eligió fue el secretario de redacción de Clarín, Ricardo Kirschbaum, convite que me alegro haber aceptado porque al principio me rehusé.
Los otros periodistas eran Martín Dinatale (entonces en La Nación, hoy en Infobae) y el acreditado de la agencia Télam en el Senado de la Nación.
Había un cuarto periodista, era -es- un empresario que omito mencionar y que eludió en todo momento ser parte del grupo. Tenía sus razones. Estaba presente el recuerdo del despido de periodistas, tras el frustrado intento de dirigir un diario alternativo a La Nación y Clarín con los que al final terminaría poco menos que asociado.
* El vodka del desprecio
La visita incluía una reunión en la Legislatura que era protocolar y que no incluyó a los periodistas, que igual andaban por ahí. Cuando finalizó el encuentro salieron todos y viniendo hacia donde está yo escucho que una legisladora rusa le dice en perfecto español al senador Ramón Puerta que cuando le vuelvan a servir vodka "tómeselo de un trago" porque hacerlo de otro modo "es un desaire, una falta de respeto".
No se qué hizo Puerta pero si se que hice yo esa misma noche, cuando en la embajada con funcionarios rusos presentes me sirvieron vodka por ser la persona mayor de los presentes. Era toda una ceremonia y sin preaviso
Vino el mozo de impecable presencia, igual que la fina bandeja en la cual estaba la copita de vodka, se detuvo ante mí, en firme y elegante postura, mientras el entorno acalló las voces, señal evidente de que se trataba de algo más o menos serio, de la que yo no hubiera tenido idea sino fuera por lo que le había pasado a Puerta. Eso sí: en mi vida había tomado vodka, y con los ojos en el mozo que me miraba con delicada sonrisa, pensé muero por la Patria y con gran estilo me la mandé de un saque.
Surprise, no era fuego como temí, la siguiente sorpresa era que el mozo me estaba sirviendo otra, con lo cual se había acabado mi libreto y tenía que tomar una decisión propia. ¿Achicarme yo? Jamás. Y fue la segunda, entre comentarios elogiosos y algún aplauso. Y creo que hubo una tercera pero no estoy muy seguro, hasta diría que sí pero lo cierto es que a partir de ahí no me acuerdo nada más.
Vodka, en ruso, quiere decir agua bendita y estoy en condiciones de afirmar que en efecto es así. Tiene el sabor del agua pero no es insípida y mucho menos indiferente a la guerra y a la paz.
* Volvamos al mostrador
Estaba en el mostrador del bar del aeropuerto de Moscú, íbamos a San Petersburgo, había consumido una latita de cerveza y se avecinaba la hora de embarcar. Le pido al encargado, el único que había detrás del mostrador, que me cobre y me dice que debía pagar con rublos, no con dólares, sólo rublos que yo no tenía y no había nadie de la delegación a quien pedirle que me cambiara o prestara ese dinero.
Insistí en vano hasta que alguien, un ruso grandote, llegó mostrador como si estuviera apurado y se dirigió al mozo que estaba hablando conmigo casi sin hablar, pagó y se fue sin mirarme pese a que yo estaba al lado. Volví entonces a decirle al encargado cómo podía hacer para pagarle y me respondió que el hombre había pagado su consumición y también la mía.
Tuve la impresión que lo había hecho no tanto para hacerle un favor a un turista extranjero sino para que terminara el diálogo con el encargado del bar simplemente porque a él le molestaba.
Y entonces fui a buscarlo a la mesa que ocupaba. Me dirigí con toda corrección en inglés para pedirle que aceptase los dólares de la cerveza; levantó la mirada de lo que estaba leyendo y me dijo ¡no! Una y otra vez.
Me fui resignado y medio enojado cuando en el ómnibus que nos llevaba al avión que nos llevaría a San Petersburgo me lo encontré y lo volví a encarar.
Le dije que ya que no quería aceptar los dólares que al menos aceptara en agradecimiento un billete de mi país como recuerdo. Era un billete de diez pesos, el de la cara de Belgrano, que sigue en circulación -Macri no pudo con él- y cuando se lo doy y él lo toma y lo mira le dije que era de la Argentina. Y él, el grandote que parecía malo, con la cara más llena de ternura que se puedas imaginar, me dijo:
-- Ma-ra-do-na—y me palmeó el hombro con la otra mano como si fuera un abrazo mientras repetía Ma-ra do-na y miraba el billete.
Y entonces me dijo que iba al trabajo a un lugar que me sonó a Vladivostok que queda al este pero que era el último hacia el norte, en el confín ruso, según creí entender. Y dónde él era … el encargado del faro.
Enterado de la muerte de Diego, imagino al hombre, hoy, con unos sesenta y pico de edad en la soledad más absoluta, con el billete de Maradona, la cara de Belgrano y un 10 bien marcado a la vista.
Fuente: Radio Gráfica, 28/11/2020. Programa De acá para allá. Sábado, de 12 a 13.
