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PERÓN ,TRISTEZA FINAL

Incomprendido por los jóvenes tras su retorno definitivo en 1973, el autor arriesga aquí que una suma de factores encadenados llevaron al tres veces presidente de los argentinos, Juan Domingo Perón, a morir de tristeza en 1974. En buena medida, el periodista habla como testigo. Lo que hoy es una estatua inmortal, en aquellas circunstancias Perón era un abuelo en soledad.

Por Armando Vidal

Hubo un último Perón del último Perón. Ese último Perón tuvo marcada en su alma la infinita tristeza de saber que pese al amor de su pueblo, las minorías lo condenaban a sembrar sangre, sangre hasta en las fiestas de su pueblo, como el día del regreso definitivo, el 20 de junio de 1973. Desde la sangre argentina derramada en Ezeiza entre argentinos hasta su muerte.

Desde la sangre argentina derramada en Ezeiza entre argentinos hasta su muerte, el 1º de julio de 1974, transcurrieron 375 días en que Perón, pese a su sonrisa cada vez más lejana, lloraba por dentro. Juan Domingo Perón asumió su tercera presidencia el 12 de octubre de 1973, cuarenta años atrás (NdE: ahora ahora cincuenta). Lo hizo con su uniforme de TTe. Gral, y no formuló ningún discurso ante la Asamblea Legislativa. Extraño proceder que en ese momento no llamó tanto la atención.

Había algo profundo en su ánimo, en el alma de ese hombre elegido por muchos y condenado por no tantos, sangre pegada en su corazón desde aquel día que pisó para siempre su tierra de la cual había sido expulsado por una coalición cívica militar que mató, encarceló y torturó a miles de argentinos.

Perón era otro. Él mismo lo decía. “Soy un león herbívoro” . El primero que le creyó fue su viejo enemigo del pasado, el radical Ricardo Balbín, el que saltó la tapia para ir a verlo en Gaspar Campos, el que recibió los escupitajos a la salida, el que fue muchas veces al mismo lugar.

Tanto dolor le había enseñado a Perón que dividir era restar y que la Argentina, frente a tanto tiempo perdido, necesitaba una fuerza que amalgamara una imprescindible unidad para emprender la construcción de un país soberano.

Costaba entender a Perón, especialmente en los sectores juveniles que habían ganado la calle coreando su nombre y, también, siguiendo los impulsos que provenían de las directivas del gran exiliado cuando operaba desde Madrid contra los usurpadores uniformados que ocupaban la Casa Rosada en la llamada Revolución Argentina (1966/1973).

Esa también fue la razón del viaje, además de aceptar el desafío de Lanusse, el 17 de noviembre de 1972. Lograr que comprendieran sus intenciones. Hay que insistir en lo dicho en otros artículos en esta misma página. Peron viajó para lograr un acuerdo con Balbín, de modo que la UCR no fuera la opción electoral de la dictadura del Gral. Alejandro A. Lanusse, pese a que estaba colaborando con su gobierno a través del ministro del Interior, Arturo Mor Roig.

Muchos periodistas llegaron del extranjero con tal motivo. Uno de ellos, un veterano francés, hablaba con quien esto escribe mientras Perón  mantenía un encuentro con el resto de los partidos políticos en el gran salón de la confitería Nino, ya desaparecida, de Martínez.

- Está viejo el general y se nota-,dijo el francés.

 - ¿Viejo?

- Viejo, sí, me hace acordar a Charles De Gaulle, con su pelo teñido y porte militar.

Y sí, hasta eso costaba entender: que Perón ya no tenía edad para afrontar lo que le esperaba, tarea de cuya complejidad había tenido suficientes muestras.

Pero le faltarían otras como el asesinato de José Rucci, el 25 de septiembre de 1973, a los dos días de su aplastante triunfo electoral. Probablemente por eso, aquel 12 de octubre, Perón no habló en el Congreso.

Estuvo callado, como lo estuvo en el escenario del Teatro Nacional Cervantes el día en que el PJ proclamó la fórmula presidencial Perón-Perón, o sea él con Isabel Perón, la protectora de José López Rega.

Desde la platea, donde estaba como periodista quien ahora evoca aquel momento, Perón aparecía solo entre muchos que lo rodeaban en el escenario. Estaba de pie y con la vista perdida. Fue una mañana triste para él.

En Uruguay, a una semana de la tragedia de Ezeiza, un autogolpe del presidente Juan María Bordaberry, transformó la democracia oriental en una dictadura militar, con la disolución del Congreso y de los partidos políticos. Y del otro lado de los Andes, el 11 de septiembre, el golpe de Augusto Pinochet y el suicidio en acción –pleno ataque aéreo a la Casa de la Moneda- del presidente socialista Salvador Allende. Dos flancos, dos mazazos.

Perón ganó las elecciones del 23 de septiembre con el 61,85 por ciento de los votos (sin contar los votos canalizados por el FIP de Jorge Abelardo Ramos que significó el 7,8 por ciento), en tanto que la fórmula radical (Ricardo Balbín- Fernando de la Rúa) obtenía el 24,42. Sólo entre esas dos expresiones políticas el voto por la paz superaba el 90 por ciento del electorado.

Pero grupos minoritarios, enajenados y funcionales a otros intereses seguían matando. Acciones que en el caso de la guerrilla del ERP eran lisa y llanamente una locura criminal como el ataque al Regimiento de Tanques de Azul del 19 de enero de 1974, donde mataron al jefe y también a su mujer, luego de lo cual vino el golpe cuartelero del jefe de la Policía en Córdoba contra el gobernador Ricardo Obregón Cano, que terminó con la renuncia de éste, del mismo modo que lo había hecho Oscar Bidegain, el gobernador bonaerense tras los hechos en Azul.

Ambos, como el propio Héctor J. Cámpora, el primero en renunciar por la tragedia de Ezeiza, eran parte de la generación fundacional del peronismo que tenían hijos y por ende estaban sujetos a sus influencias.

No sólo Perón no tenía hijos: no tenía a nadie en quien confiar. Estaba solo, triste y bajo la carga de Isabel, que consentía y López Rega que hacía y deshacía. Médicos confiables y amigos, peronistas históricos como Jorge Taiana (padre) y Pedro Cossio lo habían comprobado más de una vez. El Brujo, por caso, les impedía el acceso a Perón.

Perón estaba solo y casi abandonado. Una noche, contado esto por el médico Edgardo Schapachnik, sonó el teléfono en la guardia del Hospital Argerich, y sin instrumental suficiente debió salir corriendo en una vieja ambulancia con un auxiliar para atender en Olivos al mismísimo Perón.

Aun así, Perón pensaba en el futuro, motivo de su histórico discurso ante la Asamblea Legislativa del 1º de mayo de 1974 cuando dio los lineamientos de un modelo para la Nación, tema que proponía analizar junto con la oposición (“ahora que son más las cosas que nos unen que las que nos separan”), tras lo cual fue a la Casa de Gobierno desde cuyo balcón habló en un acto en el que los jóvenes montoneros –encabezados por Mario Firmenich- tenían la intención de retirarse como desplante al viejo general. Primero lo provocaron con sus cánticos, Perón les respondió y ellos se fueron con la intención de sus responsables de pasar a la clandestinidad.

Perón veía cómo se acrecentaban los factores de inestabilidad y el desgaste que le generaba como cuando convocó a los diputados de la JP rebeldes que no querían votar una ley que extremaba las penas contra la guerrilla, entre ellos el flaco Carlos Kunkel, luego el ultraverticalista veterano K en Diputados, incapaz de aceptar divergencia alguna y de intervenir desde su banca en un debate franco.

Así fue como aquellos jóvenes le dijeron no a Perón y renunciaron a sus bancas.

El 12 de junio, agobiado, habló al país en un último gesto de reclamo de comprensión acerca de lo que para él significaba el enorme peso de gobernar. Dio claramente a entender que iba a dar un paso al costado si no lo lograba. Esa misma tarde hubo una movilización a Plaza de Mayo para expresar su apoyo al viejo general, quien aprovechó la ocasión para pronunciar un discurso sin aristas, como el de un padre que, cercano al final, habla con sus hijos. Dijo que su heredero era el pueblo, viajó luego al Paragüay, volvió enfermo y murió.

Fue impresionante la muestra de dolor del pueblo argentino y aumentada con relación a la muerte de Evita, en 1952, porque sin Perón lo que se avecinaba era lo que paso a paso había venido siendo preparado: el rodrigazo. la Triple A y el golpe militar del 24 de marzo de 1976.

Treinta años después, en su trascendente y leido discurso de asunción ante la Asamblea Legislativa, como haría al año siguiente en el mismo escenario,  Néstor Kirchner no mencionó como correspondía a Perón.

Una tristeza más.  

Presentación de esta misma nota hace diez años: Incomprendido por los jóvenes tras su retorno definitivo y olvidado treinta años después por quienes se decian sus seguidores, el autor arriesga aquí que una suma de factores encadenados llevaron al tres veces presidente de los argentinos, Juan Domingo Perón, a morir de tristeza en 1974