A+ A A-

AGUIRRE NUNCA DIJO NADA

Este bello texto sobre la muerte de Carlos Aguirre sorprendió al editor porque desconocía todo lo que decía, pese  haber trabajado a sus ordenes más de cinco años en la sección Internacionales. Desde la redacción le habían pedido la nota a quien desde 1983 era jefe de Parlamentarias y él se lo pidió a Eichelbaum, que había pasado a su equipo.

Por Carlos Eichelbaum (*)

Hacía ya algunos meses que, en la redacción de Clarín, se extrañaba su calidez culposa, esa a la que sólo le permitía ser vestida de un estilo hosco, cortante, capaz de engañar y hasta asustar a algunos compañeros recién llegados. Ahora, desde ayer (NdE: 7/9/2004), Carlos Aguirre decidió dejar de estar de manera un poco más contundente. 

Aunque no podrá conseguir, en quienes lo conocieron, dejar de estar del todo.

A pocos días de haber cumplido 73 años, el prosecretario de Clarín, uno de los últimos grandes maestros de periodismo, murió en Paso del Rey (en Moreno), el pueblo al que quiso como si hubiera nacido allí, y no en Coronel Brandsen, en un sanmartiniano 17 de agosto de 1931.

Tal vez no lloren hoy en ninguna willaya de Orán ni en alguna callejuela de Argel. Será porque no saben que con Aguirre se fue uno de los mejores, más apasionados e informados cronistas de la guerra de la independencia de Argelia.

El mismo, con esa modestia sin artificios del trabajador de prensa que repudió todo vedetismo, se había encargado de sepultar en el olvido aquella investigación, en Francia y en el Magreb, hasta 1962, con la que recogió los datos con los que escribió un libro legendario sobre la revolución y el pueblo y los dirigentes que la protagonizaron: Argelia, año 8.

Como trabajo de investigación periodística comprometida, sin pretensiones de neutralidad, Argelia, año 8 es un texto digno de Rodolfo Walsh. Ninguna casualidad si se tiene en cuenta que lo hizo mientras cubría la corresponsalía en París de la agencia cubana de noticias Prensa Latina, la que fundó en 1959 junto a otros periodistas cubanos, latinoamericanos y argentinos, como el mismo Walsh, Jorge Masetti y Rogelio García Lupo.

Pero ese compromiso, como el que siempre lo ligó al peronismo, y desde él y su profesión a una etapa importante del desarrollo del Sindicato de Prensa, nunca tuvo ni una pizca de dogmatismo.

Aguirre era, en el fondo, una extraña especie de anarquista católico, curiosamente identificado, encantado, con dos figuras clave, y más bien malditas, de la cultura francesa que tan duramente cuestionó en su costado imperial: el novelista colaboracionista pero genial Louis Ferdinand Céline y el poeta Léo Ferré.

En todo caso, reservó las aristas más intransigentes de su carácter para otras dimensiones de su vida: su fe católica; su fanatismo riverplatense y su nacionalismo popular.

También para el rigor en el trabajo periodístico, desde que, como cronista, transitara en los 50 las redacciones de El Pueblo, El Líder y Democracia. O participara en la creación y lanzamiento de varias experiencias fundamentales y variadas del periodismo argentino, como el diario Crónica, del que fue secretario general, o las revistas Primera Plana y Gente.

Un rigor, una lucidez y una capacidad de trabajo a las que se recurría con alivio en Clarín —al que había llegado a fines de 1973-  en esas noches en las que, en la sección Internacionales, había que replantear sobre el cierre toda la edición por alguna noticia que cambiaba la historia.

También en estos últimos años en los que, superada largamente la edad de la jubilación, seguía resolviendo problemas de último momento en la coordinación del cierre de las ediciones.

Acotada por su horror al protagonismo, la historia profesional de Aguirre aparece así en toda su magnitud. El, como mucho, apenas solía dedicar a esa historia algún sarcasmo, alguna humorada ácida, que desmentía en la alegría y el entusiasmo de su trabajo.

No había ironías ni rispideces, en cambio, en los contados momentos en los que traslucía su amor por su esposa Noemí y por su hija María Victoria, y su devoción por su nieto Juan.

Los restos de Carlos Aguirre serán sepultados hoy, a las 11.30, en el cementerio de Moreno.

Para sus compañeros, no hay circunstancia que sepulte sus ejemplos.

(*) Carlos Eichelbaum trazó este retrato insuperable en la sala de Periodistas de la Cámara de Diputados. Y no quiso que llevara firma porque no quería expresar sólo su propio sentimiento sino el de todos los compañeros del inolvidable Carlos Aguirre. Es hora que lleve su firma.

Fuente: Clarín,  8/9/2004.