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ALFONSÍN, POR RAFAEL MICHELINI

La pérdida de Raúl Alfonsín fue también resaltada desde el Uruguay dado el gran peso que tuvo cuando era presidente de la Argentina y allá resistía la dictadura. Lo cuenta con un profundo reconocimiento un senador del Frente Amplio, que carga con la pérdida de su padre, Zelmar, también senador como él, asesinado en la Argentina en 1976.

Por Rafael Michelini (*)

Para algunos, tal vez haya sido sólo un presidente argentino más, para otros, quizás sólo un dirigente político, pero para la inmensa mayoría de los que vivimos intensamente, cada instante, de aquel tiempo de lucha por la democracia en todo el cono sur de América Latina, don Raúl Alfonsín fue la ESPERANZA. Así con mayúsculas. Alfonsín representó como nadie la esperanza de un tiempo nuevo, de terminar con los horrores vividos y sufridos por todos.

La esperanza de recuperar para siempre la libertad perdida. Fue una esperanza democrática no sólo para los argentinos, también para los chilenos, bolivianos, paraguayos y por supuesto, en primer lugar, para los uruguayos.

Ahora, frente a su muerte, aunque se escriban cientos de artículos sobre su vida, se recopile su larga trayectoria e incluso se estampe en hoja satinada su extensa obra política y pública, nada puede representar mejor a este grande de la política latinoamericana, que esa gran imagen de esperanza que supo irradiar, por toda esta geografía, al asumir la presidencia de la República Argentina.

A miles de nosotros, su presencia se nos metió en el alma y sin que él lo supiera, lo llevamos por la vida agradecidos, sabiendo que nos trajo primero que nadie esa bocanada de aire fresco, de libertad, que por fin pudimos respirar.

Su asunción fue la tabla de salvación para muchos, después del horror vivido en las dictaduras del cono sur. La esperanza de que el dolor quedaría atrás, que podíamos reconstruir nuestras vidas, que era posible ganarle a las bestias, que era posible recuperar la justicia y nuestra dignidad. Todo eso, contenido y oprimido durante tanto tiempo, encontró en su imagen un ícono, que quedó grabado a fuego en cada uno de nosotros, más allá de lo que el mismo pudiera sospechar.

Alfonsín estuvo siempre presente en la vida de los uruguayos. Demostrando su compromiso y su solidaridad, en medio de la persecución y el horror desatado por la dictadura argentina, cuando él también era perseguido, arriesgando su libertad y su vida. Estuvo presente junto a los uruguayos, cuando en el marco del Plan Cóndor la represión de la dictadura uruguaya se trasladó a la vecina orilla.

Con toda su solidaridad, frente a los asesinatos del Toba Gutiérrez Ruiz y de Zelmar Michelini y ayudando solidariamente a Wilson Ferreira, para que pudiera refugiarse en un lugar seguro, fuera del alcance de las garras asesinas.

Pero también estuvo, ya siendo presidente, en el apoyo efectivo a las fuerzas democráticas uruguayas, a sabiendas de que eso podría traerle problemas políticos y diplomáticos. No era imaginable que Wilson pudiera cruzar el charco, en un barco lleno de uruguayos y jaquear a la dictadura uruguaya, si no hubiera estado Alfonsín al mando del gobierno argentino.

También para nosotros, los uruguayos, Alfonsín reafirmó ese sentido de esperanza, de que era posible vivir en libertad y que en poco tiempo, aquí en Uruguay, tenía que volver a reinar la democracia. La propia dictadura uruguaya se tornaba débil ante la fuerza y la cercanía de la democracia de un Alfonsín que día a día se agrandaba más.

Fue la esperanza de que podíamos reconstruir nuestros países, que podíamos vivir en libertad, que nuestras diferencias las podíamos resolver pacíficamente y que la voz del pueblo volvería a ser soberana. Nada se hubiera podido construir después, sin aquellos primeros pasos democráticos, que se dieron en un marco de enorme dolor por el horror sufrido.

Alfonsín encarnó y simbolizó todo ese proceso y lo llevó adelante con sabiduría. Sabiendo que en los primeros meses de su gobierno, no solo ponía en juego la libertad de su pueblo, sino que de sus avances también dependían las posibilidades democráticas de los países vecinos.

Allá a lo lejos, estaba la luz en el camino de la esperanza de nuestros pueblos y fue él quien la encarnó por encima de otros procesos y otras figuras democráticas de la región, en aquel tiempo. Nadie le disputa ese lugar. Le está reservado, porque fue él, con su conquista democrática, quien trajo consigo un alivio de libertad a nuestras vidas.

Aquellos que lo conocimos, que estuvimos en decenas de oportunidades con él, nunca dejamos de agradecerle el color de esperanza con que iluminó ese mundo oscuro, en el cual estábamos sumergidos.

Las anécdotas que nos relataba, incluidas algunas que incluían a Zelmar como protagonista, siempre atraían nuestra ferviente atención y nos tenía prontos para escucharlo.

Su aire campechano, su calidez humana y su voz grave, le daban una imagen protectora, que sabía dirigirse con cariño y dedicación hacia los más jóvenes. Por eso era muy difícil discutir con Alfonsín, rebatir sus argumentos, en las instancias de la Internacional Socialista donde concurría habitualmente.

Ahora que ya no está físicamente, ahora, con nuestras democracias ya afianzadas, con la libertad recuperada, con nuestros derechos e instituciones funcionando normalmente, ahora, que prácticamente nadie imagina en nuestro horizonte atropellos y embestidas autoritarias, su imagen se agranda aún más por los tiempos vividos.

Muchos reiterarán a lo largo de las próximas semanas y meses, diferentes aspectos de la biografía de Alfonsín. Algunos ingenuamente harán hincapié en aciertos o errores políticos de su gobierno, que desde todo ángulo resultan insuficientes para explicar la dimensión de este gran demócrata. Para mí, Alfonsín fue la esperanza. La esperanza de generaciones, de pueblos.

Alfonsín fue un símbolo democrático que nos acercó a un tiempo nuevo, renovó nuestro entusiasmo, nuestra confianza, nuestra lucha y, por ello, le debo un eterno agradecimiento.

(*) Senador uruguayo (Frente Amplio), hijo de Zelmar Michelini

Fuente: wordpress.com (Blog de Cacu)

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