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CON EL CORAZÓN EN LA BANCA

El miércoles 14 el Senado debe definir en el recinto si aprueba o devuelve con modificaciones a Diputados el proyecto que iguala derechos ante la ley a las parejas homosexuales con los matrimonios convencionales, punto central que divide a los legisladores. Otra posibilidad es el rechazo liso y llano de la norma por simple mayoría, lo cual impediría volver a tratar el tema hasta después de marzo. Esta nota cuenta algunos casos en los que el corazón estuvo sobre las bancas, en particular el del senador que votó la ley del perdón para los asesinos de su hijo.

Por Armando Vidal

En apoyo de una ley que iguala derechos y no distingue sexos en la contracción del matrinonio, un diputado habló desde la banca de su hijo homosexual de un modo que ayudó a la comprensión de una de esas razones que el corazón entiende mejor.

Con el recurso de la libertad de acción –al que recurren muy ocasionalmente los bloques mayoritarios pero nunca en asuntos políticos- la sesión de Diputados fue realmente especial, por sus palabras y también por sus números que resumieron todo en la madrugada del miércoles 5 de mayo: 127 a favor, 110 en contra, 4 abstenciones.

La modificación al Código Civil pasó ahora al Senado, la Cámara de los reposos pero también de los responsos, aunque no religiosos, como sucedió en un par de ocasiones desde 1983. Una, en el albor del gobierno de Raúl Alfonsín (ley gremial, 1984); otra, en el de Cristina Kirchner (retenciones, 2008).

El Senado remitirá ahora comisión el tema en su próxima sesión y se dispone a tratarlo después del mundial de fútbol (1). Cualquier modificación, obligará al retorno del proyecto a Diputados que podrá imponer su versión original, con los dos tercios de los votos.

La voz de ese padre, que parece arrullar la ley, fue la Ricardo Cuccovillo, un diputado socialista bonaerense llegado con la renovación del año pasado, quien con naturalidad infrecuente en los políticos por la íntima referencia que hizo, estremeció al recinto, al público y a su propio hijo, que lo escuchaba como uno más desde las galerías. Un voto por convicción y por amor.

Hace unos años hubiera resultado una osadía no sólo su palabra y la voluntad mayoritaria que la acompañó sino hasta pensar en una legislación cuya mero enunciado habría desquiciado aún más, si eso hubiera sido posible, a Ramón Camps, el general de la muerte, el que parangonaba homosexuales con judíos y marxistas.

Por ejemplo, sin ir más lejos, en los tiempos del antecedente vinculante más inmediato, que proviene de 1987, cuando se aprobó la ley de divorcio tratada en medio de las convulsiones militares y las leyes de la impunidad.

El país todo –no sólo el Congreso de la Nación- estaba atrapado en ese clima de rostros tiznados que finalmente llevarían al gobierno de Alfonsín a claudicar con su política sobre derechos humanos y a promover una virtual amnistía con un nuevo cambio en el Código de Justicia militar, que ya hoy tampoco existe.

Por ese cambio todos los responsables de crímenes aberrantes quedaron comprendidos en el principio de la obediencia debida que transfería la responsabilidad a los mandos superiores, con lo cual, de un plumazo, fueron sobreseídos de inmediato unos 150 altos oficiales, entre ellos Alfredo Astiz y Jorge Acosta.

En ese país, que ahora parece tan lejano, hubo otro padre, otro buen padre que habló también con el corazón sobre la banca. Fue el senador radical Adolfo Gass, respetado político fallecido a comienzos de este año, obligado por circunstancias, que no quiso eludir, a tratar una la ley que, en lugar de promover la justicia, amparaba –sin admisión de prueba en contrario- a gran cantidad de asesinos cultores del terrorismo de Estado. Entre esos asesinos, los de su hijo Sergio, un sociólogo especializado en economía.

Médico, ex jefe de obstreticia y de maternidad del Hospital de Tigre, del que también fue su director, Adolfo Gass tuvo durante muchos años por colega y amigo al padre de Ana María González, la amiguita a la vez desde la infancia de Sergio y, después, como integrante de montoneros.

De no haber sido por las consecuencias del golpe de 1955 –simiente de la violencia que vendría después- la bella Ana María y Sergio, cuatro años mayor, hubieran tenido otro destino.

Ella era aquella estudiante que puso una bomba de trotyl bajo la cama del jefe de la Policía Federal de la dictadura, general Cesario Cardozo, aprovechando la amistad que tenía con la hija. Sergio era su compañero en la vida y en la militancia. No mucho tiempo más tarde, una noche murieron juntos, acribillados en un barrio del norte del conurbano mientras esperaban el colectivo. Gass tuvo que exiliarse en Venezuela.

Diez años después y a cuatro del retorno de la democracia, el amable senador comenzó a quedar atrapado en una red de la que no quiso salir para no desairar a su amigo Alfonsín y a su partido, a quienes priorizó por encima del repudio interior que le generaba el acto.

Primero fue la ley de punto final de 1986 y luego, ese 4 de junio del año siguiente, la ley que exigían los asesinos de Sergio. También votaron a favor de la impunidad otros radicales emblemáticos y queridos como el senador Hipólito Solari Yrigoyen, que cargaba con sus propias cicatrices. “Es una decisión dolorosa que uno tiene que tomar” dijo Gass, dolorido, resignado y bebió la cicuta, que le arrebató el alma.

Votos a conciencia, apropiados algunos, duros y conflictivos otros, como también lo fue el de un coherente diputado peronista que se oponía a una ley de política económica en la que tenia interés especial el menemismo.

Decididos a torcer su voluntad apretadores oficiales llegaron incluso a amenazarlo con la divulgación de lo que escondía: su condición de gay. Pero él, a conciencia, votó igual por la negativa.

Votos, todos, que nunca se olvidan.

(1) En la comisión de Legislación General del Senado, el 6 de julio se votó por mayoría a favor del reconocimiento legal del enlace civil pero sin derecho de adopción, mientras que el dictamen de minoría convalidaba la sanción de la Cámara de Diputados.

Fuente: Newsweek, 12/5/10.