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LOS VEINTE AÑOS DEL DIPUTRUCHO

Los veinte años del escándalo del diputrucho obligan a un repaso de lo sucedido y publicado en su momento, incluyendo este relato de una intimidad en el diario Clarín, el de la mejor cobertura del episodio y de todo lo que pasaría. Fue el 26 de marzo de 1992 y no hay que olvidarlo.

Por Armando Vidal

No hubo respuestas porque no hubo preguntas.

¿Preguntar en Clarín el viernes 27 de marzo de 1992 por qué en la crónica de ese día con la firma de quien también lo hace aquí habían cambiado los tiempos de verbos para “bajarle el tono”, como se dice en la jerga, a un hecho concreto y taxativo, de enorme gravedad institucional, del que era testigo y protagonista el propio periodista del diario?

Hubiera sido una tarea inútil.

Por eso, había que evitar que lo que había pasado muchas veces en asuntos menores no sucediera esa vez, en el resonante caso que luego tomaría el nombre de diputrucho que en estos días cumple veinte años.

Además de haber estado quien esto escribe donde correspondía en el momento que correspondía a la hora de la trampa en la Cámara de Diputados, que presidía el duhaldista Alberto Pierri, su acierto complementario fue pasar por el diario al final de la agitada jornada.

No podía dejar liberada a la suerte el relato final de la información que horas antes había escrito.

Fue cuando los editores ya no estaban –tampoco el secretario general- y quedaban sus viejos compañeros gráficos, los mismos que antes armaban ramas de plomo y que, en esa etapa de la evolución técnica de la industria, pegaban como figuritas los textos de la computadora con sus respectivas medidas sobre la plana diagramada de cartón fino.

El taller estaba en el primer piso, debajo de la Redacción. Como siempre, Mario Pegolo y el Gordo Reyes, lo recibieron con el cariño de cada reencuentro y al rato, a su pedido, le trajeron al ex jefe de Política y en ese momento de Parlamentarias las páginas (eran las 6 y 7) que ya estaban listas para pasar a impresión.

Las dos páginas conformaban lo que se llamaba una falsa doble con una volanta a seis columnas que decía: Habría votado junto al bloque Justicialista la privatización de Gas del Estado, con un título de una línea: Escándalo por un intruso en Diputados. Y un logo, que se repetiría en ediciones posteriores: Escándalo en el Congreso.

Incluía una foto de Juan Abraham Kenan, el intruso detectado y confeso, que había votado en la sesión del día anterior (foto tomada cuando se hacía el enfermo y era sacado en silla de ruedas de la presidencia de la Cámara, donde lo había llevado el diputado Julio Manuel Samid, para quien trabajaba). Y también un dibujo del momento en que, sentado en la última banca a la izquierda del recinto, levantaba la mano en señal afirmativa en la votación clave), datos extraídos de la misma crónica.

Abajo había una foto de un sonriente Alberto Pierri, presidente de la Cámara de Diputados y conductor de la sesión tramposa, que acompañaba un texto titulado con el pedido de la UCeDé de que se realizase una nueva votación, como finalmente ocurriría una semana después. Era una iniciativa del diputado Federico Zamora, quien luego integraría una comisión “investigadora” del episodio que meses después ratificaría en todo sus términos la versión periodística.

Por esto mismo era muy importante que Clarín no anduviera con medias tintas en la primera publicación que iba hacer del escándalo.

Rápidamente el autor de estas líneas marcó los cambios para que la crónica recuperase su texto original y no los introducidos por el editor (o editores) con que se quería presentar la noticia, tarea ésta que, por su parte, sí estaba en línea con el título de tapa a la cual él no tenía acceso y tampoco vio en ese momento.

La tapa, que ilustra este comentario, no necesita mayores explicaciones. Dividida a lo alto en dos mitales iguales, el primer bloque y a la vez mitad lo ocupaba la gran noticia, seguida, abajo, por la unidad de las centrales sindicales. La otra gran mitad, de arriba a a abajo, la ocupaba, con foto, la detención Mike Tayson condenado por violación a seis años de cárcel.

Esa fue para Clarín la más compleja edición, más bien condicionada por las particularidades del caso que por otras razones que, en un diario poderoso y de múltiples negocios, tampoco pueden desconocerse.

Esto lo demuestra el respeto posterior del diario a la amplia producción del firmante a partir del episodio que lo trasformó en un tenaz perseguidor de los responsables y que hizo que se adelantara a la Cámara en cada paso con la que el oficialismo, que era mayoría, quiso cubrir las apariencias.

El diario, justo en decirlo, ni alentó ni frenó el cometido de este periodista que sería destinatario, a fines de 1992, de la explosión del enojo de Pierri,  apenas fue reelegido en el cargo por un año más, pese a sus responsabilidades en el episodio, como continuaría sucediendo hasta 1999 cuando fue reemplazado por el radical delarruista Rafael Pascual.

No es de extrañar: reglas de la política, uno de cuyos principales componentes es la desmemoria.

Por eso, uno de los responsables del encubrimiento de la operación de asalto al recinto de aquel 26 de marzo de 1992 fue el mismo que el 1º de marzo de 2012 condujo a la presidente Cristina Fernández de Kirchner, a firmar el libro de honor del Congreso de la Nación. Hace veinte años era un empleado colaborador de Pierri en la verificación de las asistencias en las bancas de los diputados, el que tenía sus fotos para su más fácil verificación, y ahora es el director de Protocolo, Juan Carlos Cora.

El mismo que en un momento quiso hacer desaparecer el expediente con todas las actuaciones del escándalo, intento frustrado por quien esto mismo escribe, que desde entonces guarda una copia de ese expediente porque teme que desaparezca del archivo.

Los actos de grave corrupción en democracia deberían ser equivalentes a los crímenes en dictadura. Y no estar sujetos a los beneficios del olvido y el perdón como en este caso.

¿Y hablando de dictadura, cómo esperar que después de todo lo padecido por la última, los golpes anteriores y las democracias mutiladas por la proscripción del peronismo fueran los propios peronistas capaces de semejante latrocinio?

Pero para ese día del 26 de marzo de 1992 había un antecedente, el de la madrugada del 5 de abril de 1990, cuando el bloque oficialista, entonces presidido por José Luis Manzano, logró la aprobación de un modo irregular de la ley de ampliación de miembros de la Corte Suprema de Justicia, que daría lugar así al control del alto tribunal para convalidar la política de las privatizaciones que ya estaba en trámite.

Con su amigo y colega Alberto Dearriba, de Página /12, alrededor de las 4 y media de la madrugada, había dejado el palco de periodista, doblegados ambos por el cansancio de una jornada que había comenzado unas quince horas antes y cuando ya, obviamente, los diarios no esperaban nada para sus ediciones que hacía rato estaban en la calle.

Por eso, en la reiniciación de la sesión de privatización de Gas del Estado, el autor de estas líneas estuvo en el palco a las 16 y 30 en espera de la votación a mano alzada lo que reclamaba un quórum de 130 diputados en sus bancas, en especial porque los radicales, principal fuerza de oposición, estaban ausentes discutiendo en el bloque el anuncio de la jugada el día anterior. Y que era lo que en ese momento el justicialismo iba a realizar: votar sin más discursos porque había logrado la noche anterior el cierre del debate.

Lo que pasó a partir de ese momento se cuenta ampliamente en las notas que se publican en esta misma página y que puede resumirse así:

 * Descubrimiento, detención y confesión de un extraño que no era diputado y sin embargo ocupó una banca y votó como si lo fuera.

* Escándalo por lo sucedido a partir de la intervención de los periodistas que habían realizado aquella acción, uno de los cuales, jefe de la sección Parlamentarias de Clarín, era un cronista parlamentario con experiencia y, además, el primero en acorralar al intruso con preguntas cuyas respuestas consintieron en la admisión del hecho.

*Investigación posterior que determinaría que, además de Kenan, hubo otros falsos diputados. Ellos fueron Luis Balaguer, Daniel Locaso, Fernando Ocampo y Francisco Ayán, todos ellos colaboradores de diputados justicialistas. El único diputado que reaccionó airado y echó al empleado desleal (Ocampo) fue el diputado Felipe Solá.

* Pierri, como ya se dijo, siguió siendo presidente de la Cámara a lo largo de toda la gestión de Carlos Menem, o sea hasta diciembre de 1999.

* El diputado Fernando de la Rúa, que era el presidente de la bancada radical y cuya actuación en el hecho fue favorable al oficialismo, sería después senador, jefe de la ciudad autónoma de Buenos Aires y presidente de la Nación.

* El diputado Julio Manuel Samid completó su mandato sin ser expulsado del cuerpo.

* La Justicia finalmente se pronunció y los hizo responsables a Samid por su responsabilidad política y a Kenan por usurpación de títulos y honores, un delito menor.

* Desde aquel 26 de marzo de 1992, los periodistas parlamentarios no pudieron ingresar más al recinto ni a su hemiciclo.