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LÁGRIMAS, CANTOS Y SONRISAS EN EL ADIÓS A NÉSTOR

Impresionó tanta la respuesta de la gente tras la noticia del adiós anticipado del ex presidente Néstor Kirchner que, en el año del Bicentenario, la Argentina cumplió con el paradigma esperado de hechos de mayúscula trascendencia como en 1810 y 1910. Lágrimas, cantos, jóvenes y sonrisas en un velatorio popular sin miedo al futuro, que pareció diseñado por ese político irreverente que entró en la historia para sorpresa y preocupación de algunos.

 Por Armando Vidal

Un relámpago inesperado surcó la mañana de sol con la noticia de la muerte del ex presidente Néstor Kirchner. Pareció paralizarse el sondeo hacia el futuro de los miles y miles de censistas a lo largo y ancho del país.

Desde radio Continental, minutos después de las 9.15 de ese 27 de octubre inolvidable lo anunció sin preámbulos el siempre cuidadoso Víctor Hugo Morales.

Cierta sensación de desgarro e incomprensión atravesó el corazón de muchos argentinos.

El más combativo de los políticos criollos, después de Juan Domingo Perón a su misma edad, moría de un fulminante paro cardíaco. Murió en su tierra, en el hospital público de un pueblo que era su paraíso.

 

Desde el mismo momento en que desde el sur lejano se irradiaba ese temblor de emociones y amarguras, la política tal como aparecía concebida desde siete años atrás insinuaba cambios para el oficialismo y la oposición.

Para el oficialismo, porque Cristina quedaba sola; para la oposición porque presentía lo que eso significaba con miras a las elecciones dentro de un año.

Lentamente comenzó a tejerse la primera reacción de apoyo al gobierno –necesario porque la Presidente necesitaba ese abrazo- por parte de la primera fuerza que toda gestión peronista necesita: la de la CGT.

Sostén por lo que falta del mandato, sostén para un nuevo mandato si  ella,  así lo decidiera, tal como se espera.

Luego, emergió la gente que peregrinó hacia Plaza de Mayo, la Plaza de las luchas y también la de los sueños.

La oposición, frente a la muerte, humanizó su voz. Julio Cleto Cobos, el vicepresidente intruso, estuvo prudente. Y no desafió la ira popular como hubiera significado ir a la ceremonia de la Casa Rosada. Tampoco lo hizo el ex presidente Eduardo Duhalde, en aceptación, como Cobos, de las sugerencias del jefe de Gabinete Aníbal Fernández.

En este año del Bicentenario cargado de mensajes –igual que en 1810 y 1910-, la jefa de Estado Cristina Fernández de Kirchner fue el centro de cada gesto, de cada grito, de cada invocación realizada por la gente en el incesante desfile ante el féretro, lo que fue transformando una ceremonia de dolor íntimo y profundo en una manifestación de fe en que el camino seguiría en la dirección planteada por el pertinaz e incansable patagónico muerto.

Por momentos parecía una asamblea de opiniones coincidentes, a tono con la personalidad y deseos del que fuera el más irreverente de los presidentes argentinos.

Llegar hasta allí, tras horas de largas filas, para decirle “gracias” a Néstor y “fuerza” a Cristina concedió a ese coro de jóvenes, veteranos y chicos un protagonismo donde lo colectivo se detenía en lo individual cuando alguien del desfile decía o hacía algo que conmovía a la destinataria, que humilde y cálida se acercaba, agradecía y besaba.

Reconocimiento y amor exhibidos por televisión, en uno de los mejores espectáculos de todos los tiempos, en especial para aquellas pantallas que acompañaban las imágenes con un suave acorde de pesar como fondo, en lugar de huecas parrafadas de relatores de lo obvio.

Si las señales de la sociedad ayudan a comprender la necesidad de pensar en grande, como pedía Perón, el oficialismo deberá concentrar sus fuerzas y sus más lúcidos exponentes, en tanto que la oposición tendrá que dejar de actuar como conglomerado en beneficio de los propios medios de comunicación enfrentados al gobierno por la ley de medios audiovisuales y Papel Prensa S. A.

Y así como Cristina estará obligada a superar la enorme ausencia de Néstor, el radicalismo, comenzando por Ricardo Alfonsín, deberá superar la presencia de Cobos en su calculado papel de golpista solitario.

Dolor por la muerte de Néstor, expectativa por la coronación de la obra a cargo de Cristina y fe plena en la victoria por parte de la multitud que lloró y rió un viernes de sol y lluvia en Buenos Aires. Y en un largo atardecer de Río Gallegos, tierra natal de ese relámpago sobre la política argentina.