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TAL VEZ FUE ASÍ

No por taquígrafa la firmante de esta pintura describe una jornada de trabajo de 1973, un tiempo quizás lejano, sino por su sensibilidad, casi tanta como su memoria. Juntos y separados, igual que en el presente, los taquígrafos corren todas las veces para los documentos y los periodistas, algunas, para sus títulos. Aquí, en el Senado, atraviesa la escena Marcos Diskin que corre por las suyas hacia algún lado. El bello título de esta evocación también le pertenece a la autora.

Por Silvia Bravo

Sólo luz artificial en la oficina de taquígrafos del Senado de la Nación y en la sala contigua, la de periodistas; la boiserie y el olor siempre agradable de la madera, y el timbre, que por suerte dejó de sonar después de martirizar tímpanos durante horas.

Sólo los taquígrafos, que ven a los periodistas siempre de espaldas, por la ubicación de las máquinas de escribir de éstos, o de perfil cuando hablan con el colega de al lado; las taquígrafas, todas nuevitas y todas con largo de falda debajo de la rodilla –nada de pantalones o minifalda, por lo menos para las sesiones, por indicación de la secretaria administrativa de la Cámara- y las previsibles bromas de los periodistas: “chicas, ¿de qué colegio de monjas son?”.

Sólo los nervios porque hay que volver al recinto y la Lexicon 80 humea casi siempre con la versión de uno o más turnos atrasados; el consecuente apelativo de carretón o lentejón, que llega entre risas desde la otra punta del salón. Sólo las dudas acerca de si se escribió “cuero crudo” o “cuero curtido”; el ordenanza Alberico, que acerca, piadoso, una medialuna y un café con leche, en vajilla con escudo y cucharita con sello de Plata Lappas; y el 47-3081, que no para de sonar y cuya atención es vivida como castigo por la pareja de taquígrafos que ocupa el escritorio donde está el aparato.

Sólo los periodistas que van y vienen y Marcos Diskin que siempre pasa como una tromba; los correctores, en la oficina de adentro, feroces bromistas si pescan alguna “perlita”; los autores de la perlita, que imaginan venganzas no menos feroces; el director, que alucina rebeliones de los más jóvenes; los chimentos políticos y de los otros, inocentes y no tanto; las bandejas con la cena fría de la Confitería del Molino, que por fin llegan y que es imprescindible encomendar al cuidado del compañero más cercano para que no desaparezcan misteriosamente mientras se toma el turno en el recinto.

Sólo las tablitas movibles de madera negra, con número de turno y nombres, que a las cuatro menos veinte de la madrugada no sirven para nada porque a esa hora nadie sabe ni cómo se llama; el cierre de la pollera de una taquígrafa que se rompe justo cuando llega apurada a la puerta para ir al recinto, que algún taquígrafo de los “viejos” le avisa y de paso la felicita y ella se pone colorada, y evocará el percance con ternura cuando treinta y seis años después un periodista de aquella época –también flamante en el Congreso y pelirrojo- le pida navegar en sentido contrario al tiempo.

Sólo las taquígrafas que protestan contra compañeros varones (algunos) y periodistas (algunos) por el estado calamitoso en que dejan el baño, todavía unisex; en los ceniceros, las virutas de los lápices 2B ó 3B, Staedtler o Koh-I-Noor, a los que hay que sacar punta prolijamente y a menudo; un exraño mundo de rasgos finos y gruesos, círculos, elipses y ganchitos sobre hojas de papel deviene texto sobre otras hojas de papel.

Sólo que no hay un minuto de respiro, no hay descanso: la sesión está en su apogeo.