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TAQUÍGRAFOS

TAQUÍGRAFOS

  • Escrito por Silvia Bravo
  • Categoría de nivel principal o raíz: CONGRESO, POR DENTRO
  • Categoría: TAQUÍGRAFOS
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RETRATO EN LOS SETENTA

Lectura para pasear con ella, la autora, por el Senado de la Nación, en un tramo de la historia que envuelve hoy el interés de jóvenes periodistas y que está identificado como los setenta, contado aquí desde los días de sol, antes de las siniestras sombras que se cernían sobre el futuro cercano. Todo, con detalles que acrecientan el interés de este viaje hacia aquellos dias.

Por Silvia Bravo (*)

En 1973 hubo cambios en la República Argentina. Con sol radiante, el 11 de marzo se hicieron las elecciones generales después de los casi siete años de Onganía, Levingston y Lanusse. Por primera vez pudieron votar varones y mujeres que cumplían veinticinco años.

En el Congreso de la Nación volvió la actividad, con las sesiones, las reuniones de comisión y las mil tareas parlamentarias y administrativas imprescindibles para el pleno funcionamiento institucional. En el sector del Palacio correspondiente al Senado fue necesario rediseñar espacios destinados a despachos y también bancas en el recinto, todo ello para albergar a mayor número de legisladores -tres por distrito: dos por la mayoría y uno por la minoría. No fue fácil poner en movimiento una maquinaria parada tantos años. En todas las dependencias se convocó a antiguos empleados con experiencia y también ingresó mucha gente nueva.

El cuerpo de taquígrafos no fue una excepción pero sí un caso especial. El ingreso se producía por concurso público de oposición, debido a la especificidad técnica de la función: registrar los plenarios de la Cámara y elaborar el diario de sesiones. El hecho de haber sido desmantelado en 1966 –igual que los demás cuerpos legislativos de taquígrafos- más, en el caso del Senado, la ampliación de la cantidad de vacantes, dio lugar a dos llamados a concurso.

La novedad fue que, por primera vez en su larga historia, se permitió la inscripción de mujeres –y lo mismo ocurrió en la Cámara de Diputados y en el Concejo Deliberante. En los diversos concursos se presentaron muchísimos jóvenes que debían superar estrictas pruebas, lo cual obligaba a demostrar una sólida preparación que coronaba muchos meses y aun años de constante ejercitación.

El primer concurso en el Senado se realizó en marzo de 1973 y entraron seis taquígrafos, entre ellos dos mujeres. Su debut en el recinto –como “segundos” de las parejas encabezadas por los taquígrafos más experimentados- se concretó en la primera sesión preparatoria previa a la asamblea legislativa del 25 de mayo, cuando asumió Héctor J. Cámpora.

El segundo concurso se llevó a cabo el viernes 7 de septiembre y lo ganaron cuatro mujeres y tres varones. El primer día de trabajo de este segundo grupo fue el de la primavera, tibio y soleado. En un plantel de 31 taquígrafos no constituía un dato menor el hecho de que aproximadamente la quinta parte estuviera compuesta por mujeres. De manera entre formal e informal surgieron algo así como dos equipos.

Los taquígrafos que habían ingresado hasta 1966 –y unos pocos de ellos estaban desde fines de los años 40- integraban, por edad y experiencia, el equipo de “los viejos”, aunque los más jóvenes de ellos superaran en pocos años a los mayores de los recién ingresados, que como es dable suponer revistaban en el equipo de “los jóvenes”.Nunca antes se habían incorporado tantos taquígrafos cuyas edades oscilaban entre los 17 y los 25 años. Esto tenía un porqué: quien aspiraba a concursar debía acreditar que había finalizado los estudios secundarios; los 25 años eran el tope fijado en el llamado a concurso.

Casi todos estudiantes universitarios, aportaron frescura, aires nuevos… y la inexperiencia propia de quienes desempeñan una tarea por primera vez, pero también el deseo, en la palabra y en los hechos, de perfeccionar su desempeño. “Los viejos” eran buenos maestros. También exclamaban, divertidos: “¡Tenemos un corralito!”, entendiendo el término en su acepción más común y afectuosa, sin el menor sentido premonitorio de lo que muchos años después significaría.

Pero además, las mujeres no sólo formaban parte de ese corralito imaginario sino que tuvieron que demostrar su disposición y capacidad para atravesar los trajines de sesiones maratónicas. Y lo hicieron sin el menor esfuerzo o por lo menos sin más esfuerzo que cualquiera de sus compañeros varones “jóvenes” o “viejos”.

Pruebas al canto: las larguísimas e inolvidables sesiones en que se trataron, por ejemplo, el proyecto de ley de asociaciones profesionales o el de convenio colectivo de trabajo o el de ley universitaria. Lo cierto es que en un organismo con larga tradición masculina, también los hombres debieron modificar algunas costumbres inherentes a un ámbito laboral de esas características.

Así, la convivencia no presentó mayores sobresaltos, con los encuentros y desencuentros propios de las relaciones interpersonales, la alegría ante el descubrimiento de afinidades y el tendido de redes de compañerismo. Supongamos ahora, por un momento, que es viernes 21 de septiembre de 1973 y que están juntos los trece nuevos integrantes del cuerpo de taquígrafos del Senado de la Nación. Es día de tablas –como los miércoles y los jueves- pero ya se anunció que no habrá sesión.

Con un futuro en tiempo presente podemos decir que el domingo 23 habrá elecciones y ganará la fórmula Perón-Perón, y que el martes 25 asesinarán a José Ignacio Rucci. La Historia y las historias continuarán, y Fukuyama no tendrá razón. Aquí están, jóvenes, esperanzados, sonrientes y preparados para la foto, con sus lápices en ristre: Alicia, Carmen, Clara, Cristina, Daniel, Enrique, Gabriel, Guido, Norma, Rafael, Roberto, Rodolfo y Silvia. Son los taquígrafos del 73.

(*) Silvia Bravo fue taquígrafa del Senado de la Nación durante varios años. En la actualidad trabaja en la comisión de Cultura de la Cámara.

  • Escrito por Silvia Bravo
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TAL VEZ FUE ASÍ

No por taquígrafa la firmante de esta pintura describe una jornada de trabajo de 1973, un tiempo quizás lejano, sino por su sensibilidad, casi tanta como su memoria. Juntos y separados, igual que en el presente, los taquígrafos corren todas las veces para los documentos y los periodistas, algunas, para sus títulos. Aquí, en el Senado, atraviesa la escena Marcos Diskin que corre por las suyas hacia algún lado. El bello título de esta evocación también le pertenece a la autora.

Por Silvia Bravo

Sólo luz artificial en la oficina de taquígrafos del Senado de la Nación y en la sala contigua, la de periodistas; la boiserie y el olor siempre agradable de la madera, y el timbre, que por suerte dejó de sonar después de martirizar tímpanos durante horas.

Sólo los taquígrafos, que ven a los periodistas siempre de espaldas, por la ubicación de las máquinas de escribir de éstos, o de perfil cuando hablan con el colega de al lado; las taquígrafas, todas nuevitas y todas con largo de falda debajo de la rodilla –nada de pantalones o minifalda, por lo menos para las sesiones, por indicación de la secretaria administrativa de la Cámara- y las previsibles bromas de los periodistas: “chicas, ¿de qué colegio de monjas son?”.

Sólo los nervios porque hay que volver al recinto y la Lexicon 80 humea casi siempre con la versión de uno o más turnos atrasados; el consecuente apelativo de carretón o lentejón, que llega entre risas desde la otra punta del salón. Sólo las dudas acerca de si se escribió “cuero crudo” o “cuero curtido”; el ordenanza Alberico, que acerca, piadoso, una medialuna y un café con leche, en vajilla con escudo y cucharita con sello de Plata Lappas; y el 47-3081, que no para de sonar y cuya atención es vivida como castigo por la pareja de taquígrafos que ocupa el escritorio donde está el aparato.

Sólo los periodistas que van y vienen y Marcos Diskin que siempre pasa como una tromba; los correctores, en la oficina de adentro, feroces bromistas si pescan alguna “perlita”; los autores de la perlita, que imaginan venganzas no menos feroces; el director, que alucina rebeliones de los más jóvenes; los chimentos políticos y de los otros, inocentes y no tanto; las bandejas con la cena fría de la Confitería del Molino, que por fin llegan y que es imprescindible encomendar al cuidado del compañero más cercano para que no desaparezcan misteriosamente mientras se toma el turno en el recinto.

Sólo las tablitas movibles de madera negra, con número de turno y nombres, que a las cuatro menos veinte de la madrugada no sirven para nada porque a esa hora nadie sabe ni cómo se llama; el cierre de la pollera de una taquígrafa que se rompe justo cuando llega apurada a la puerta para ir al recinto, que algún taquígrafo de los “viejos” le avisa y de paso la felicita y ella se pone colorada, y evocará el percance con ternura cuando treinta y seis años después un periodista de aquella época –también flamante en el Congreso y pelirrojo- le pida navegar en sentido contrario al tiempo.

Sólo las taquígrafas que protestan contra compañeros varones (algunos) y periodistas (algunos) por el estado calamitoso en que dejan el baño, todavía unisex; en los ceniceros, las virutas de los lápices 2B ó 3B, Staedtler o Koh-I-Noor, a los que hay que sacar punta prolijamente y a menudo; un exraño mundo de rasgos finos y gruesos, círculos, elipses y ganchitos sobre hojas de papel deviene texto sobre otras hojas de papel.

Sólo que no hay un minuto de respiro, no hay descanso: la sesión está en su apogeo.

  • Escrito por Clarín
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OFICIO

Los taquígrafos hablan en esta nota con sus propias voces y no con los signos extraños de sus veloces lápices Faber ni con la maquinitas que los imitan y que ellos manejan con velocidad de un rayo. Comparan tiempos y aseguran que, ahora, los textos son más fieles a las vulgaridades que suelen emplearse en los debates. "Hay una decadencia generalizada", asegura uno de ellos.

Las manos se mueven rápido y sostienen con firmeza el lápiz, trazando sobre el papel garabatos que para otros carecen de significado. Suelen pasar inadvertidos en la vorágine de los debates parlamentarios, pero siempre están allí, atentos a cada palabra.

Lejos de ser una especie en extinción, los taquígrafos constituyen una pieza clave de la actividad legislativa. "Somos bichos raros", reconoce Alberto Barcia (66), director del área en la Legislatura porteña (ex Concejo Deliberante), donde trabaja desde 1958.

Los taquígrafos registran todas las sesiones y aquellas reuniones de comisión que lo solicitan. Trabajan generalmente en parejas. Cumplen turnos de sólo cinco minutos, son reemplazados y salen a "traducir" lo que anotaron. Al cabo de unos 45 minutos, cuando ya se ha completado la rotación, reingresan al recinto. El texto final es controlado por los revisores.

Rubén Marino (49) es, desde octubre de 2000, el director del Cuerpo de Taquígrafos del Senado, al que ingresó hace 25 años. Antes, cuenta Marino, se procuraba "embellecer el texto". Pero ahora, explica, "hay una tendencia a respetar la textualidad, la riqueza del discurso improvisado".

Esto obedece a dos razones: el abandono de las concepciones puristas en el manejo del idioma ("ahora se aceptan más malas palabras", afirma Marino) y la búsqueda de agilizar la confección de la versión definitiva.

 "Hoy el lenguaje es más vulgar", admite el jefe de los taquígrafos de Diputados, Horacio González Monasterio (55). "Hay una decadencia generalizada, y los legisladores no son más que un reflejo de ella", agrega.

Los cuerpos de taquígrafos de ambas cámaras del Congreso se crearon en 1878, aunque la primera versión taquigráfica de una sesión data de 1824.

Gabriel Larralde, que integró la primera formación en Diputados, adaptó al español el código del inglés Isaac Pitman. Creó así el sistema que lleva su nombre y aún es el más usado en el país. El objetivo es registrar el mayor número de palabras con la menor cantidad posible de trazos. Para eso se usan líneas rectas o curvas que representan sílabas.

Todos los sistemas, además, funcionan por fuga de vocales. De esta manera, un taquígrafo puede captar 180 palabras por minuto, el doble que un experimentado dactilógrafo.

Aunque existen modernas máquinas mecánicas y electrónicas, en la Argentina el grueso de los especialistas sigue trabajando con lápiz y papel. La tecnología más sofisticada está lejos, todavía, de los devaluados presupuestos locales. La velocidad y la fidelidad en la transcripción son los atributos más valorados. Y en ellos se apoyan los taquígrafos para explicar por qué su presencia no puede ser sustituida por un grabador.

"Lleva mucho más tiempo desgrabar la cinta, puede haber problemas de sonido y, además, en el recinto pasan cosas que exceden lo verbal", señala González Monasterio.

El sueldo de un taquígrafo parlamentario oscila entre 800 y 3000 pesos.

En Diputados trabajan 46 personas; en el Senado, 33; y en la Legislatura, 25. A diferencia de lo que ocurre en el mundo desarrollado, aquí la técnica se usa poco y nada en la Justicia. Volanta, título y bajada: Una tarea que logra sobrevivir al avance de la tecnología/ Taquígrafos: un oficio que perdura / Registran todas las sesiones y son una pieza clave de la vida parlamentaria.

Fuente: Clarin.com, 12/1/04. Artículo sin firma.