A+ A A-

PAPEL PRENSA, PRE MAGNETTO

El escándalo en torno de Papel Prensa tiene un entramado de antecedentes previos a la irrupción de Clarín y sus socios para quedarse con la empresa y en este caso vinculado con otro gobierno peronista: el último de Juan D. Perón y su ministro José Gelbard, todo aquí contado por una reconocida periodista y escritora que investigó la cuestión hace más de diez años, mientras trabajaba en ese diario.

Por María Seoane (*)

Como contó el periodista Juan Gasparini, (David) Graiver (Dudi) –por esa época director del Banco Central, cargo que ocupaba por pertenecer a la CGE-, armó una sociedad llamada Galerías Da Vinci, integrada, entre otros, por Lidia Papaleo, su mujer, el contador Rafael Ianover, un primo hermano de Lidia Brodsky, a su vez cuñada de Graiver porque estaba casada con su hermano Isidoro, y Yolanda Rubinstein, a su vez presidente del holding Egasa SA, que manejaba todas las propiedades de Dudi.

La cara visible de la sociedad era Pedro Martínez Segovia, primo y socio de (José Alfredo) Martínez de Hoz en el bufete de abogados que, en se momento, asesoraba Dudi. Pero el testaferro de Graiver era Ianover.

Todos ellos integrarían el nuevo directorio de Papel Prensa, en el que Dudi pondría unos 4 millones de dólares.

Algo más: Martinez Segovia participaba, en esos días, como accionista –y futuro miembro del directorio- en la compra del Banque por I` Amérique du Sud (BAS) con sede en Bruselas, pergeñada por Graiver, entonces admirado por el establishment como el más joven y brillante financista del país.

Graiver le había ofrecido a (José Ber) Gelbard la participación en el negocio con un porcentaje cercano al 15% y la colocación en el directorio de un testaferro que sería su propio contador Manuel Werner.

En el directorio de Papel Prensa habría un técnico leal: Miguel Cuervo que trabajaba a las órdenes de (Orlando) D´Adamo. Gelbard, que contaba con la venia de Perón para forzar el traspaso de la empresa, aceptó parcialmente la propuesta de Graiver: no quiso tener acciones pero si comisiones por favorecer a sus amigos.

El verdadero socio de Graiver sería Werner, quien ya había levantado vuelo propio en varios negocios. Gelberd no sólo inició conversaciones con (César) Civita sino también con sus asociados –Doretti y Rey, de Ingeniería Tauro-, que se plegaron para pasar a asociarse con Graiver.

Con la decisiva ayuda de Gelbard que se materializó en un préstamo del Banco Industrial, en diciembre del ´73 Graiver se quedó con el 26 por ciento de Papel Prensa, por una suma cercana a los 4 millones de dólares. Más adelante, un decreto firmado por Gelbard y Perón declararía prioritaria la producción de papel fibra larga y productos afines. En agosto del 74, Gelbard lograría que la empresa tuviera decisivos beneficios impositivos por acogerse a la ley de Promoción Industrial, la 20.560.

A partir de su control sobre la empresa, en enero del 74, Graiver incrementó geométricamente sus negocios: otorgó parte de las grandes obras de construcción de la planta (3.000 toneladas de hierro y 20.000 toneladas de hormigón armado) a Ingeniería Tauro, de Rey y Doretti, uno de cuyos directivos era el contador de Gelbard, Manuel Lito Werner, quien pasó a integrar el directorio de Papel Prensa con Graiver.

También a través del Banco Industrial y la decisiva intervención de Gelbard, Graiver consiguió un préstamo blando para construir la planta impresora de La Opinión de (Jacobo) Timerman. El grupo Civita, finalmente, emigró al Brasil. (…)

 El `77 fue para Gelbard un año sin respiro en el que la cacería del régimen se desplegó sin tregua contra él y sus viejos socios o amigos, contra sus negocios y sus obras. Fue, para los argentinos, el año en el que el terror de Estado se desplomó sin límites de razón o de moral.

El año en que el estado de bienestar construido a lo largo de medio siglo –y que Gelbard había intentado reproducir con Perón- comenzaría a ser desguazado en su base industrial por el aperturismo sin límites de Martínez de Hoz. Fue un año de chacales, de negocios socios, de guerra sucia.

En la búsqueda del botín de la “subversión” los heraldos de (Guillermo) Suárez Mason y (Eduardo Emilio) Massera se concentraron en el caso Graiver.

A principios de febrero, Gelbard tuvo dos malas noticias: el secuestro y posterior muerte en la tortura de Rubinstein, el cuñado de Broner y mano derecha de Dudi (Graiver), y que los Graiver habían sido obligados a vender su parte en Papel Prensa por Martínez de Hoz y su pariente Martínez Segovia, ex socio de Dudi en el Banque del´ Amérique du Sud (BAS) y presidente de Papel Prensa.

Las acciones terminarían siendo ofrecidas por el Estado a Fapel, la empresa que constituyeron tres diarios: La Nación, Clarín y La Razón.

Pajarito Suárez Mason y Massera habían resuelto lanzarse a la caza de la fortuna de los Montoneros. Massera tenía toda la información que sus muchachos del GT 3.3.2 de la ESMA, comandados por el capitán Jorge Tigre Acosta, habían obtenido en la mesa de torturas de montoneros desarmados. Lo primero que hicieron en marzo fue detener a toda la familia Graiver, que había sido inculpada por un ex jefe de finanzas de Montoneros. No había intención de hacer justicia con las detenciones.

Se trataba sólo de una carrera donde todo valía para llegar primero al botín. Suárez Mason ordenó a Camps “chupar” a toda la familia Graiver. Juan Graiver fue secuestrado el 8 de marzo de 1977. Una semana después corrieron la misma suerte Lidia Papaleo y las secretarias de Graiver, Silvia Fanjul y Lidia Angarola. El 17 les tocó el turno a Isidoro Graiver y su mujer.

En la tortura de Papaleo en el Pozo de Banfield, a cargo del comisario Miguel Angel Etchecolaz, director de Investigaciones de la policía de Camps –que incluyó la violación y amenazas con frases como “burguesita traidora”-, la viuda de Dudi admitió que Montoneros enviaba emisarios una vez por mes a las oficinas de Egasa para recoger partidas de dinero que teóricamente constituían los intereses que producía el capital de los guerrilleros. “Dónde está la plata de los montos, turrita”, le gritaba Etchecolatz a Lidia Papaleo, sintetizando sin eufemismos la patriótica aspiración de sus jefes.

 (*) En 2010, la autora era directora de radio Nacional.

Fuente: El burgués maldito, Ed. Sudamericana. Pags 292/3 y 419. Editado en 1998, cuando Seoane trabajaba en el diario Clarín.