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MIEDO Y PRESIÓN SOBRE LA ANSES

Retrato al estilo del neorrealismo italiano, porque se trata de gente tallada de pobreza y cansancio, en la fila tan interminable como la noche de espera en una sede de la Anses por los trámites por la asignación anhelada para los hijos y el miedo de que falten papeles para lograrla.  

Por Juan Pablo Morales

Teodófilo Segura mira incómodo cómo amanece desde el fondo de unos ojos hinchados. Estuvo toda la noche parado, sin dormir, apoyado contra las rejas que cierran la sede de la Anses en el barrio porteño de Flores. Es el primero de una fila que se pierde, como si fuera interminable, en el fondo de la avenida Eva Perón. Comparte la espera con otras 700 personas.

Nadie sabe qué más hacer para sostenerse de pie. Algunos revisan cien veces los mismos papeles, otros piden que les sirvan más café, la mayoría se despabila preguntando qué les van a pedir, aunque los carteles con los requisitos se repiten por decenas, estampados en las ventanas. La gente desparrama murmullos nerviosos, como si en esas oficinas de Flores anidara la última oportunidad. Un símbolo de miles de historias similares que se repiten, desde hace una semana, en buena parte de los edificios de la Anses en toda la Argentina.

A Teodófilo le pica el yeso del brazo izquierdo. Si le preguntan qué le pasó, contesta como si el mundo se le hubiera caído encima. Antes era costurero, trabajaba en negro 12 horas por día y cobraba 600 pesos, que le alcanzaban para pagar una pieza en Pompeya y comprar algo de comida para su mujer y sus cuatro hijos.

Ahora ya no tiene sueldo; se quedó sin plata y están a punto de echarlo de la pieza de Pompeya. "¿Sabe el tesoro que serían 180 pesos para mis hijos?", pregunta sin esperar respuesta. Una señora que escuchaba en la fila no pudo contenerse: "Pero ¿usted tiene documentos argentinos?". Teodófilo hace evidente el acento boliviano: "Sí, señora. Vivo en la Argentina desde hace 15 años. Tengo todo acá".

Pero Teodófilo sabe que miente. Desde hace dos años, no lleva nada que considere de valor cuando sale de noche. La última vez, un muchacho intentó clavarle una faca por un puñado de pesos.

Son las 7. Un grupo de policías se acerca a las puertas del edificio; pide paciencia; trata de ordenar la entrada. Todavía falta una hora para que abran. Una mujer de trenzas negras corre apuradísima hasta Teodófilo. Es su mujer, Villanueva. Viene con los documentos de los seis.

Varios lugares más atrás, Luis Benítez acomoda la espalda contra un árbol. Salió a la 1 de Ciudad Oculta. Espera en Flores desde las 3. Hace dos años que no tiene trabajo. Vive de pedir sobras en panaderías y restaurantes.

Sabe de hambre: en 2001 vivió los peores días de su vida, según dijo. En aquella época compró un carro y se hizo cartonero. Lo usó hasta 2004, cuando consiguió trabajo como albañil. Tuvo dos hijos, que pudo alimentar hasta 2007. Ese año sintió que empezaba a repetir una historia que ya había vivido antes.

* "Yo no sé robar"

Son las 7.30. La gente patea los cartones que algunos usaron para aguantar el frío de la madrugada. Luis sonríe: "¡Qué lástima que vendí el carro!".

Se pone serio de repente: "Porque quiero comprarles una camisa a mis hijos. No quiero robar, porque no sé. Y para eso hay que saber".

Una mujer interrumpe enojada la charla. Cree que está frente a un empleado de la Anses. Grita enojadísima: le aumentaron el monotributo y acaban de anunciarle que no la van a recibir si no viene por los trámites para la asignación universal: "¡¿Por qué no me quieren atender?! Me rompo el alma, trabajo por horas. Yo también tengo derechos..."

Una inmigrante paraguaya la mira sin hablar. Se llama Elba. Tiene 30 años. Aprieta en un abrazo a Carlos, su hijo de 2. Vive en Villa Bermejo, en Lugano. Está preocupada: quiere los 180 pesos, dice que los necesita, pero tiene miedo de que por eso le saquen los 300 que ya le da el gobierno de la ciudad para comprar leche y pañales. Nadie sabe qué tiene que hacer. Son las 8.

La fila en la avenida ocupa más de dos cuadras. Los policías dejan pasar a las primeras cuatro personas. Entra Villanueva. En menos de un suspiro, ya está afuera. Le falta hacer las fotocopias de todos los documentos. Las colas, entonces, se empiezan a multiplicar. A la que había frente a la Anses se le suman otras dos en un par de las librerías vecinas. Teodófilo saluda cansado a Villanueva. Se va a dormir a Pompeya.

Luis sigue esperando. Mira ansioso cómo Elba se prepara para entrar. Una vez adentro, todavía preocupada, ella insiste en el mostrador en la pregunta que había repetido decenas de veces en la puerta: "Si me anoto, no voy a perder el plan que tengo, ¿no?" La empleada que la atiende es sincera: "No sé absolutamente nada".

Algo parecido pasa en el resto de los mostradores de la oficina. Los empleados anotan a toda la gente que pueden, casi sin exigirles nada. Cargan datos y más datos. Sólo reciben documentos y fotocopias, siempre que sean argentinos. No importan los certificados de escolaridad, que sean beneficiarios de otros planes o los calendarios de vacunación. "Eso se verá más adelante", dicen todos. Lo importante ahora es acortar la fila que parece interminable. Entra Luis. Sale sonriente dos minutos después: anotó a sus dos hijos.

Villanueva, en cambio, está acongojada. A su documento le falta un sello del Ministerio del Interior. No puede anotar a nadie. Corre para tomar el colectivo y llegar al centro antes del mediodía. Ya son las 10.30.

Esta noche, Teodófilo tampoco va a dormir.

Volanta y título: Colas en la Anses/ Las largas noches de espera

Fuente: La Nación, 15/11/09