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TRAMPAS A MEDIANOCHE

En la noche del cierre del primer periódo de sesiones ordinarias de la recuperada democracia, los diputados querían aprobar una alta pila de proyectos, muchos surgidos de sus promesas de campaña. En esa carrera contra la hora -las 24, en punto-, un pícaro peronista sin mucha idea de lo que era ser legislador, quiso pasar como alambre caído al radical Juan Carlos Pugliese, titular de la Cámara. Fracasó con la trampa urdida. Un rato antes, con la complicidad de un empleado radical, tampoco habían podido con Jorge Vanossi, quien detectó  extraños movimientos en el tablero.

Por Armando Vidal

Fue el 30 de septiembre de 1984. El presidente de la Cámara de Diputados Juan Carlos Pugliese, radical, estaba en su despacho convocado por su secretaria Astrid Gallina por una cuestión que reclamaba su presencia. Pugliese que diez años antes había sido senador nacional, veinte años antes diputado en ese mismo lugar y, encima, convencional constituyente en 1957 sabía que el recinto –ese recinto- tenía la personalidad colectiva de un adolescente. Y que podía manejarse con rienda suelta sólo hasta el momento de hacer lo contrario.

Era respetado pero también temido por esa capacidad de conducción.

Esa noche era la del último día del primer período de sesiones ordinarias del restablecimiento de la democracia como forma de gobierno. El también radical Roberto Silva, vicepresidente 1º -a quien le complacía alborotar el avispero de tanto en tanto con ocurrencias desde el estrado que terminaban con un retorno precipitado de Pugliese-, y el peronista Adam Pedrini, vicepresidente 2º, no estaban en el recinto.

Por eso, tuvo que presidir la sesión el ocupante del siguiente cargo de jerarquía (en aquellos tiempos no existía la vicepresidencia 3ª). Era Jorge Vanossi, presidente de la comisión de de Asuntos Constitucionales, también radical.

Los diputados de todos los bloques estaban interesados en sacar los proyectos de sus respectivas autorías, esas iniciativas que generalmente se corresponden con promesas de campañas.

Llegaba la primera rendición de cuentas de la tarea cumplida y ninguno de ellos podía volver a su pueblo sin al menos haber reclamado una obra, pedido un informe o expresado el agrado con que la Cámara vería la realización de tal o cual asunto todo lo cual reclama un proyecto aprobado.

Como es de práctica en los hábitos criollos, la tarea había sido dejada para último momento. Si no se hacía antes de la medianoche de ese 30 de setiembre –con la reforma constitucional de 1994, el plazo de las ordinarias se extendió hasta ese mismo día de noviembre-, la gran mayoría de los legisladores iban a volver a sus distritos con las manos vacías.

En tal caso, habría que esperar hasta mayo con la apertura de un nuevo período de sesiones ordinarias (desde 1995, comienzan el 1º de marzo) ya que en las sesiones extraordinarias sólo se pueden tratar los asuntos del PEN razón por las cuales convoca al Congreso.

Vanossi miraba y repasaba el recinto, que en tales circunstancias tiene algo de fin de curso, algo de trámite en el aeropuerto mientras llaman una vez más para embarcar y un poco también de los últimos minutos de una asamblea gremial, política, universitaria o de consorcio de vecinos.

No le complacía la misión porque, a diferencia de la cátedra, estaba en el frente pero sin poder hablar y al sólo efecto de que pudieran hacerlo otros. Se limitaba a mirar y rematar con el clásico ``aprobado'' tras cada votación en la por el apuro los diputados no levantaban bien la mano, y algunos ni eso.

El quórum lo marcaba el tablero: 128 (la mitad más uno de los 254 del total porque todavía no había nacido la provincia de Tierra del Fuego, que incorporaría tres miembros más).

- ¿Qué pasa con el tablero?, inquirió Vanossi al ver oscilaciones que le llamaron la atención siendo que en el recinto, curiosamente, todos estaban sentados.

Un empleado de extracción radical allegado a la presidencia de la Cámara, el mismo que luego continuaría su cometido en la era del peronista Alberto Pierri, se le acercó con una sonrisa un poco más para que no escucharan otros oídos en el estrado.

Vanossi giró un poco su asiento para tenerlo de frente y fulminarlo con la mirada.

 - ¿A qué se debe éso?-, preguntó.

 - Bueno, en fin...,- balbuceó el ayudante lo que era toda una respuesta.

- No jodan, entienden bien, ¡no jodan! ordenó Vanossi, que en la intimidad suele expresarse con un lenguaje crudo.

Desde ese momento comenzaron las sospechas que la cantidad de traseros en las butacas podía no corresponderse con las que cantaba el tablero. No se agotó allí esa noche de sorpresas.

De pronto, el reloj de la Cámara se paró a tono con lo que decía una leyenda que, como tal, provenía de otros tiempos. Nunca se documentó pero esa extraña circunstancia en el tramo final de la sesión que desde hacía rato había vuelto a manos de Pugliese quedó asignada a una picardía del peronista santafesino Ignacio Luis Rubén Cardozo, no en vano conocido como Buscapié Cardozo (el luego menemista relevado en el manejo de los bonos solidarios y mejor conocido por sus andanzas como embajador en Paraguay y cónsul en Miami).

Igual que a Vanossi, a Pugliese tampoco lo pasaron.

- Informo a la Cámara que me voy a guiar por mi propio reloj-, dijo.

Y, para terminar con los mitos de las trampas a la medianoche, con el pulso de su muñeca, a las 24 en punto levantó la sesión.