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QUÓRUM, EL NÚMERO PRIMERO

Convulsionan las sesiones de dura disputa cuando todo depende de la voluntad de un único legislador que si ocupa su banca se transforma en la llave que permite sesionar y votar. Y si hace lo contrario termina redoblando la tensión entre las fuerzas en pugna. Quórum, antes que las palabras, primero los números: 129 en la Cámara de Diputados, 37 en el Senado.

Por Armando Vidal

La confrontación como obra y el Congreso como teatro incluyen al quórum como capítulo de la tragedia o comedia de la política argentina, según se prefiera. La historia de la desesperación entre el que quiere consagrar y el que quiere impedir –papeles en que los actores van cambiando, según la voluntad soberana del pueblo transformado público- registra muchos episodios en este ya superado cuarto de siglo de democracia. Y tal como se perfilan las acciones, el Bicentenario en su tramo de apertura augura algunos más. Que los golpes militares sean ya para las generaciones nuevas la protohistoria de esta realidad, no resta preocupación a ese modo de dirimir las pujas en una etapa sin capacidad de diálogo, ni respeto a la palabra ni confianza alguna por lo tanto en sus resultados.

Complejo modo de funcionar en democracia en la Argentina, ahora y también antes. Rubén Rabanal, el padre del periodista, portador de un apellido grabado por las calles de Pompeya, fue un buen diputado radical en 1973 y también diez años después.

Falleció joven, devorado por una enfermedad, a la que distrajo por unas horas cuando con sus últimas fuerzas dio quórum en apoyo a su partido y al gobierno de Raúl Alfonsín. Fue para que el bloque que entonces presidía el entrerriano César Jaroslavsky consiguiera aprobar el tratado de paz y amistad con Chile por el Beagle, resistido por el peronismo Así lo registró la sesión del 30 de diciembre de 1984. El 23 de enero, Rubén, el hijo de Don Pancho, murió sin haber llegado cumplir los 50 años.

El 25 de septiembre de 1992, los diarios registraron en tapa el abrazo festivo de varios diputados del bloque justicialista con Jorge Matzkin, su presidente. Celebraban la votación el día anterior de la privatización de YPF, duramente resistida por el radicalismo y otros bloques de la oposición que habían boicoteado la formación del quórum.

El imperativo de lograr esa ley, impulsada por un avasallador ministro Domingo Cavallo, incluía entre los menemistas a un incipiente duhaldismo y al más bisoño aún kirchnerismo. Y tuvo también a un diputado que cuesta comparar con Rabanal pero que igual que él estuvo en su banca con su último aliento a la hora clave dar quórum. Era el formoseño Julío Acevedo, al que muchos fueron a saludar en señal de reconocimiento por lo que para ese hombre empequeñecido, pálido y calvo implicaba estar allí. Poco tiempo después moriría.

Quórum, maldito quórum, pensaba Matzkin en los tiempos en que desafiaba a los radicales a que salieran detrás de las cortinas y dieran el número reglamentario que él no conseguía con fuerzas propias.

Todo había seguido igual, con sus gritos y con los radicales escondidos, después del escándalo en que culminó el intento de aprobar la privatización de Gas del Estado con truchos en las bancas. Una operación organizada tal cual un arrebato de delincuentes oportunistas, frustrada por la actuación de un grupo de periodistas parlamentarios.

 Si la irregular aprobación de la ampliación de miembros de la Corte Suprema de Justicia, en la madrugada del 5 de abril de 1990 había sorprendido a los cronistas, la que se intentó esa tarde del 26 de marzo de 1992 con Gas del Estado no tomó desprevenidos a algunos de ellos.

En esa sesión que presidía Alberto Pierri (cuyo funcionario responsable del control de los presentes es quien ahora como director de Protocolo de la Cámara acompaña hasta el recinto a los jefes de Estado, como hizo el 1º de marzo con Cristina Kirchner), había cinco intrusos. Juan Abraham Kenan, el único aprehendido en la acción por los periodistas, era uno de ellos. El maldito quórum para Matzkin –y por el resultado más maldito aún para los futuros jubilados- también precedió la privatización del sistema previsional con la creación de las AFJP, finiquitadas por una ley de este gobierno quince años después.

Luego de varios intentos frustrados quien dio quórum y encima votó a favor fue un diputado que había llegado para hacer lo contrario: Juan Carlos Sabio, del partido Blanco de los Jubilados, un tránsfuga solitario que tenía una historia oculta en Mar del Plata que lo vinculaba al gremio del SUPE del que había sido su tesorero.

Matzkin respiró porque con ello llevó a los radicales a sus bancas, tarea a la que también había contribuido el persistente esfuerzo de un diputado que estaba de licencia ocupando un cargo menor en el área del Poder Ejecutivo y que iba y venía hasta que, luego de cinco intentos frustrados de lograr número, se sentó en su banca y volvió a ser legislador.

Era el cordobés Oscar González, médico, un simpático y obediente político. “Detengan al avión” llegó a exclamar en vano Pierri porque luego de varias horas de espera por otra ley de apuro un diputado justicialista (¿Juan Fajardo o Félix Pesce?) había decidido volver a su provincia. Cualquier empleado de todo bloque oficialista sabe lo que es buscar diputados en las horas cruciales.

Los registros aquí consignados son todos de la Cámara de Diputados porque en el Senado no hubo hechos equivalentes hasta ahora, salvo el protagonizado días atrás por el ex presidente Carlos Menem. Único cambio en el afán de lograr por un solo instante la mayoría absoluta de una Cámara, que es lo que significa el quórum.

Título: Quórum, tremenda palabra

Fuente: Revista Newsweek, 5/3/10