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GRANDES DEUDAS - ÉTICA PÚBLICA

Único, imperdible, tenía que ser él, Chiquito, el maestro de la selva misionera, uno de los fundadores de Ctera, el amigo de Alfredo Bravo, el peleador contra todo lo que semeje elitismo, enojos de los que no se salvaron Néstor y Cristina, enojos de especialista porque nadie escucha todo lo que sabe sobre ríos, represas, inundaciones, pueblos fantasmas, kibutz criollos, naturaleza. Aquí revela la forma en que  debe actuar un alto funcionario frente a un intento de coima. Una acción al estilo de un político peronista valiente y honrado. Realmente, de película.

Por Héctor H. Dalmau

Realizar una aceptable carrera política, pensando en todo momento en no ser uno más, ni otro igual, me ha deparado esfuerzos de imaginación, que me quitaron el sueño muchas noches. Claro que en esos desvelos no la pasaba mal, porque siempre me dio placer andar de contramano en la política. Un camino paso a paso, comenzando por los estamentos municipales.

Y siguiendo por los provinciales, nacionales e internacionales en los que a Dios -¿quién si no?- se le antojó meterme como peludo de regalo para los demás.

Los que me conocen tienen registro de todo o parte de ese camino, como el editor de esta página, primigenio crítico de muchas acciones mías no comprendidas, como haber evitado que Antonio Cafiero fuera presidente del bloque justicialista, recién llegado a la Cámara de Diputados (1985), lo que se daba por descontado por la prensa porteña. Y también, varios años después, por haber aceptado en el gobierno de Carlos Menem (1992) ser subsecretario de María Julia Alsogaray, familia a la que siempre rechacé desde que se padre firmó el decreto Nº 4161/56 de la mal llamada Revolución Libertadora, medida de duro recuerdo para los peronistas.

Encima, con reacciones desde mi banca cada vez que Alvaro Alsogaray, diputado como yo desde 1983, me daba pie en el recinto con alguno de sus reaccionarios discursos, a los que le respondía con la evocación del decreto que prohibió el uso de todo símbolo peronista, con castigos penales hasta por silbar la siempre impresionante Marcha Peronista.

No escribo para hacer alarde de nada sino de dar cuenta, ahora, a esta altura de mi vida, de lo que hice con decisión y determinación, más allá del resultado de mis acciones.

Como por ejemplo, en 1987, en plena rebelión carapintada, afrontar el pedido del Presidente Raúl Alfonsín de ir a ver en misión secreta a Aldo Rico a Campo de Mayo, dispuesto a todo -y cuando digo todo; digo todo- para lo cual llevaba en el bolsillo interior derecho de mi saco, mi inseparable defensor que alguna vez me salvó la vida.

Quienes me conocen saben que los avatares de mi camino no han generado relatos de fantasía sino de hechos concretos y verificables. Y para disipar toda duda, juro por el eterno descanso del alma de Isaac Rojas que digo la verdad.

Vamos a un caso concreto, por hablar de uno a tono con estos tiempos.

Como subsecretario de Ambiente Humano de la Presidencia de la Nación, ocupaba el edificio que fuera de la Junta Nacional de Carnes y en el que mi despacho era el más grande y con el baño más lindo.

La referencia al sitio es pertienente porque estaba a disposición de todos mis compañeros de trabajo, que accedían por una de las tres puertas habilitadas para entrar a mi oficina (la cuarta estaba medio escondida, como pensada para salir por un pasillo de escape).

Así las cosas, eso de ver a los empleados bajo mi dirección entrar a mi despacho para ir al baño no dejaba de ser divertido, dado que  saludaban con pasos acelerados y  cara de decir no llego y al salir lo hacían con  pasos acompasados, la sonrisa de oreja a oreja y la satisfacción de haber llegado a tiempo al confesionario de las liberaciones.

Mientras trabajaba en mi amplísimo escritorio, o atendía a importantes visitantes,  los observaba, como un divertimento.. En ese marco, tan cálido como una escena del neorrealismo italiano, un día mi secretario me pasa por el intercomunicador una llamada de la Unión Industrial Argentina.

Atiendo sin saber con quién iba hablar cuando una voz de bella secretaria, me dice que me pasaría con el "señor presidente" de la organización, para mí más poderosa que importante.

Y entonces con una voz y tono que semejaba una mezcla de Videla con  el Jorobado de Notre Dame, el personaje de ocasión se autoinvitó a que yo lo recibiera a las 10 de la mañana del otro día. Así de llano y directo fue. Al toque le dije que aceptaba gustoso.

Dato que hay que consignar aquí antes de seguir: desde hacía más de un mes, gracias al informe de un funcionario de la Aduana Nacional y apoyándome en la ley de Residuos Peligrosos, de la cual había sido coautor cuando era diputado, estaba rechazando la entrada al país de elementos mecánicos transformados en desechos en sus países de origen, que habían comenzado a entrar y eran vendidos de inmediato. Un negocio más que redondo: allá en el país de las geishas eran basura y pagaban para que se los llevaran y aquí, luego de una manguereada y algunos arreglitos, un lavado de cara, los vendían y ganaban en cada operación el dos mil por ciento. Un flor de negocio.

Esa noche sí que no dormí. Y más temprano que de costumbre subí al subte pensando en el escenario en el que iba a desarrollarse la obra que había planeado.

Ni bien entré llamé a todos mis colaboradores, incluyendo al cafetero, y tras acomodar sillones, sillas, banquitos y todo aquello que pudiera servir de asiento como para formar una especie de platea de cine de barrio, con aquellas películas que seguían la otra semana con el muchacho siempre en peligro y/o la rubia asustada.

Toda esa gran platea frente a mi escritorio, con el baño atrás, por supuesto.

Llego entonces la hora y  fueron anunciados los señores de la visita con el público, un público sentadito y en silencio, algo, dicho sea de paso, que como maestro nunca logré de mis alumnos en la querida escuela de la selva misionera en la que estuve veinticinco años.

Recibo a la importante delegación del poder y ubico a sus miembros a lo largo del gran escritorio, y paso yo al lugar preferencial de la platea frente a ellos.

Un escenario impensado y una escena incómoda para los visitantes que parecían no entender nada, como tampoco mis compañeros de trabajo.

Ante la no reacción de los poderosos caballeros, rompo el silencio y les digo:

 - Señores, soy todo oídos, los escucho.

En la calva del portavoz de ese grupo, el clásico portavoz desencarajinador, comenzaron a brotar algunas gotas de sudor, que al principio quiso disimular con un dedo, pero después secaría con su pañuelo. Y apelando a su oficio, con voz de pontífice  dijo:

- Señor Subsecretario: El señor presidente y los directores a los que acompaño, lo visitan para tratar un tema muy importante, por lo cual creemos que a prima facie, se debería tratar personalmente con usted.

 – ¡Ah! los señores quieren hablar solamente conmigo...

 - Si fuera posible...

- Posible es, pero sería inútil, ya que del tema sobre el cual están interesados, los que saben son las personas que me acompañan en mi gestión y que ustedes ven, ya que en esta Subsecretaría compartimos el refrán  que diceque el que sabe, sabe y el que no es jefe, razón por la cual, en caso de quedarme solo con ustedes, qué podría decirles yo, que soy el jefe....

Rápido como laucha envenenada, el desencarajinador respondió que ellos estaban obligados a ciertos protocolos y que tal como la situación estaba planteada, se veían obligados a retirarse para tratar este asunto en una reunión de la comisión directiva.

- Me parece perfecto que respeten lo estatuido-, contesté.

Y sin tender sus manos para un saludo franco se fueron en fila india los cuatro encabezados por el desencarajinador, quien abrió la puerta de salida, dando paso a los otros tres, todos ensimismados en su bronca y silencio.

Mientras desaparecían tras la puerta, parado y con cara de loco clavé la mirada en mis empleados para que contuvieran la risa hasta que los ilustres visitantes hubiesen tomado el ascensor.

Y después de explotar las carcajadas, les di a mis amigos las gracias por haberme evitado el mal momento de tener que echar a las puteadas a los visitantes que venían a ofrecerme las consabidas coimas que se tratan en privado con los funcionarios corruptos.

Continuará en el próximo número...

(1) Dalmau, diputado por Misiones, fue la voz cantante de un movimiento de diputados del interior que enfrentó el ímpetu de la llegada al bloque de las grandes figuras que, además del político de San Isidro -que había llegado por fuera de la estructura del PJ bonaerense enfrentando la lista que encabezaba Herminio Iglesias-, incluía al porteño Carlos Grosso y al cordobés Juan Manuel De la Sota. En lugar de Cafiero, el máximo cargo de la bancada quedó en manos del mendocino José Luis Manzano, que ya venía ejerciéndolo en lugar del gremialista Diego Ibañez que tras de la ruptura que se produjo siguió al frente de un bloque peronista de menor número, en tanto que Herminio, su hermano y un tercer peronista compusieron un bloque propio, lo mismo que los peronistas de Guardia de Hierro presididos por el diputado Carlos Ferré que eran cinco en ese momento. 

Actualizado (Lunes, 17 de Abril de 2017 01:15)